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Nuestra guerra con Portugal

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Nuestra guerra con Portugal en el siglo XVII
por Juan Domínguez Fontela

I

             Muerto desastrosamente don Sebastián I en la batalla de Alcazar Qhivir, a la que imprudentemente se había lanzado contra el parecer de sus más reflexivos consejeros, quedó su reino en el estado más lamentable, no sólo por las pérdidas que aquella derrota ocasionó, sino también, muy especialmente, por los trastornos que consigo traía el prematuro fallecimiento del monarca, sin dejar sucesor legítimo e inmediato en el trono de sus mayores.
               Es cierto que en un principio remediose este estado de cosas empuñando el cetro regio el cardenal D. Enrique, tío del malogrado D. Sebastián, pero su edad avanzada le impidió encauzar los negocios del estado lusitano y fue motivo para que los pretendientes a la herencia de su vacilante corona luchasen entre sí con desesperados esfuerzos y con perjuicio de la unidad de fuerzas necesaria en aquellas críticas circunstancias, porque desde el momento en que el anciano cardenal subió al trono quedó abierto, por decirlo así, un período de agitación y turbulencias clandestinas, durante el cual los prohombres portugueses en todo pensaban menos en prepararse para defender su independencia.
               Por eso es que, cuando nuestro sagaz monarca Felipe II, aspirante legítimo al trono lusitano por ser hijo de Carlos V y de su esposa Dª Isabel, la cual era hija de D. Manuel I, bisabuelo de D. Sebastián, declaró a la muerte de D. Enrique, en 31 de enero de 1580, que siendo claro y terminante su derecho a la corona de Portugal, exigía a los lusitanos su inmediato reconocimiento, encontráronse estos completamente desprevenidos y no tuvieron otro remedio sino someterse al cetro de Castilla. Y si bien el pueblo y sus gobernadores forcejearon en un principio por sacudir este dominio, tuvieron, sin embargo, que conformarse con su suerte, viéndose impotentes e inermes para sustraerse a las hábiles disposiciones del monarca español, y sobre todo, para oponerse con éxito a las rápidas operaciones militares dirigidas por el anciano Duque de Alba, en tierra, y por el Marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán, por mar.
               De nuestra comarca de La Guardia partieron también muchos de sus hijos a formar parte del ejército y armada expedicionarias, especialmente en aquella compañía que capitaneaba D. Fernando de Castro, Conde de Lemos, y que estaba constituida en parte por gente reclutada en la antigua provincia de Tuy1[i]
               La instrucción autógrafa de Felipe II ordenaba que el obispo de Tuy acudiese con su gente a disposición del Conde de Lemos
              Los tercios reunidos en la ciudad de Pontevedra, bajo las órdenes de D. Sancho de Ávila, Maestre de Campo, corriéronse también a la frontera para unirse al resto del ejército invasor mandado por el Conde de Lemos. D. García Sarmiento de Sotomayor, Señor de Salvatierra, vino con sus vasallos a formar parte de aquel. Lo mismo hicieron otros señores en cumplimiento de las órdenes concretas del monarca español.
              Los frutos de esta empresa no se hicieron esperar, pues en breve Monzón, Valladares, Melgazo y otras plazas fronterizas a Salvatierra, cayeron en poder de D. García Sarmiento, mientras que frente a nuestra región desarrollábanse con rapidez los sucesos siguientes:
        D. Gómez Correa, Señor de la Casa-Torre de Goyán, introdújose con sus vasallos en las riberas limítrofes y conquistó con poco derramamiento de sangre la plaza de Vilanova de Cerveira, siéndole entregadas las llaves de la fortaleza de Francisco de Faria que mandaba la guarnición de aquella.
              El mayorazgo de La Guardia, D. Antonio Ozores y Sotomayor, vecino de esta villa, capitaneando un puñado de guardeses se fue sobre Caminha, que estaba en poder de los partidarios del pretendiente D. Antonio, Prior de Crato[ii]. Con ellos tuvo que sostener violenta acción por la resistencia que hicieron. En la refriega recibió D.

Antonio Ozores dos heridas de ballesta en el pecho y una lanzada en el costado, pero la energía de nuestros paisanos derroto a los portugueses, causando la muerte del gobernador de Caminha, D. Álvaro Pita, que mandaba a aquellos. Con esta brillante acción se entregó Caminha, siendo enarbolada en sus murallas la bandera hispana[iii].
              Si bien D. Felipe fue jurado rey de Portugal en Lisboa, en 11 de septiembre de este año, no por eso se aquietó el revoltoso Prior, sino que durante varios meses tuvo en movimiento a las tropas españolas. En nuestra comarca hubieron de adoptarse muchas precauciones pues, al ser derrotado el ejército de aquel, anduvo fugitivo por el norte de Portugal, llegando hasta Viana do Castelo, donde sus partidarios le ocultaron primero y de donde le facilitaron más tarde la fuga para Francia.
              El Conde de Lemos, D. Fernando de Castro, había venido a La Guardia y estaba hospedado en la casa del sacerdote D. Álvaro Ozores, párroco dimisionario de Salcidos, y allí acudieron D. Gómez Correa para presentarle las llaves de la fortaleza de Cerveira, y D. Antonio Ozores, las de Caminha. Tivieron lugar estos sucesos en 1580.
Con motivo de estos acontecimientos habíase levantado en la boca de la barra del Miño una pequeña fortaleza para atacar el castillo de la Insua, pero la rápida conquista de Caminha hizo innecesaria aquella construcción, por lo cual, abandonada de los españoles, pronto quedó destruida por la acción del mar frecuentemente agitado en aquellos sitios.
 

[i] La instrucción autógrafa de Felipe II que se conserva en el archivo de Simancas, legajo número 100, dice así en la carpcta:= Relación de los distritos que se han señalado a los señores que tienen sus estados en la frontera de Portugal= Dentro, entre los varios estados fronterizos se dice al margen de la relación: Conde de Lemos. La entrada ha de ser por las villas y lugares que son de su distrito. En la relación: Al Conde de Lemos, las villas y lugares de sus estados y tierras y las villas y lugares del obispado de Tui y los demás de las fronteras de Portugal, desde la parte de Salvatierra hasta la mar y puertos de ella en el reino de Galicia. Han de acudir con sus gentes los condes de Salinas, Robadavia, Altamira y el obispo de Tuy, y la ciudad de Santiago y La Coruña. Sarmiento con su gente de Salvatierra y la de las villas y lugares de su distrito.
[ii] Los partidarios del Prior de O’Crato eran conocidos con el nombre de Antonianos. En la iglesia de la Guía, hoy parroquial de este título en Randufe, de Tuy, se conserva una borrosa inscripción grabada en una lápida de granito con el escudo de la familia Montenegro al la do, sobre la puerta lateral del lienzo norte de la misma que dice así, desligados sus nexos y siglas:
SACELLVM·HOC·VENERABILE·PAVLVS·PEREIRA·ET / CASTRO·CALDAS·NOBILIS·VIR·ANTONII·CALDAS·PEREIRA·DE·SOSA / EX·EQVESTRI·NOVILISSIMI·ORDINIS·CONMENDATORIS·FILII·IN·IVRE·PONTIFICIO / CAESAREVS· CONSVLTVS · ET ·IN · PORTVGALIAE·BELLO·CON / TRA·ANTONIANOS·ET·ANGLOS·EXERCITUS·AVDITOR·ET / CASTRORVUM·MAGISTRATVS·EXTRVERE·CURAVIT·ET·FABRICA / RE·CENSVIT·DEOQVE·ILLVD·CVM·ARA·ET·DIVAE·MARIAE·REGI / NAE·COELORUM·DICAVIT·ANNO·1603.
              Dicha capilla fue empezada a construir en 1601 por el citado Paulo Pereira de Castro, canónigo Doctoral de Tuy con licencia del Cabildo y estaba dedicada a la Virgen de los Remedios.
Por ser pequeña y pobre fue reedificada por D. Antonio Miguel Montenegro Tabares y Sotomayor en 1789, siendo inaugurada y bendecida en 1796. Al restaurarla conservaron dicha inscripción de la primitiva capilla.
[iii] Los sucesos de Cerveira y Caminha constan en un detallado expediente informativo que se conserva en el archivo de la casa Torre de Goyán custodiado hoy en los Pazos del distinguido caballero de Vigo, D. Joaquín Botana y Cadaval.

II

              Dominado el reino de Portugal por los españoles, nunca los lusitanos se encontraron satisfechos con la suerte que Felipe II les impuso, por lo cual constantemente se manifestaron reacios a la unidad ibérica y dispuestos a reconquistar los fueros de su patria. Y estas disposiciones no permanecieron ocultas, sino que en más de una ocasión se dieron a conocer públicamente en ruidosos actos de rebeldía durante los reinados de Felipe II, III y IV.
              Es verdad que, merced a la dominación española, la mayor parte de las autoridades civiles y militares era allí enviadas por nuestra nación y que en las poblaciones fronterizas verificábanse intercambio de familias estableciéndose muchos portugueses en Galicia y demás regiones rayanas, y viceversa; pero estas relaciones nunca fueron generales y amistosas.
              El odio estaba latente desde las guerras de Dª. Teresa, doña Urraca, D. Enrique de Borgoña y D. Alfonso en el siglo XII, en cuya época el territorio de La Guardia, como parte integrante de la antigua provincia civil y eclesiástica de Tuy, era dependiente de Portugal; y especialmente con motivo de las luchas en el siglo XIV entre los reyes de Portugal D. Fernando y don Alfonso con los monarcas hispanos D. Pedro, D. Enrique II el Bastardo y D. Juan I, en las que tomaron parte los señores jurisdiccionales de nuestra villa. De ahí que, si bien la fusión ibérica era política y efectiva, no lo era afectiva y cordial.
              En el reinado de Felipe IV, debido a la perniciosa política del Conde de Olivares, fue cuando los portugueses se dispusieron a sacudir por completo el yugo de Castilla, para ellos absolutamente insoportable. El despótico gobierno de Miguel de Vasconcellos y Diego Suárez, secretarios de Estado de la Vi-reina Dª. Margarita de Saboya y ciertos agravios y exacciones violentas de los últimos años, fueron la chispa que, aplicada al fuego latente de odios y rencores comprimidos, hicieron explosión en la mañana del 1º de diciembre de 1640 con la proclamación de D. Juan de Braganza como monarca IV de los de este nombre en las Dinastías de Portugal independiente.
             Bríos y energías necesitaba España para frenar aquel arranque del pueblo lusitano, pero el desgobierno general de nuestra patria no acertó a providenciar los medios oportunos para reprimir aquel movimiento, así que, favorecidos nuestros vecinos por las deplorables circunstancias consiguientes a la inhábil política de los ministros de Felipe IV y especialmente a causa de las guerras de Cataluña y Países Bajos, consiguen ver reconocida su independencia nacional por las demás potencias de Europa.
              Vamos ahora a referir los diversos sucesos militares de que la comarca de La Guardia fue teatro durante los veintisiete años que duró la guerra con Portugal.

             Tan pronto como el Duque de Braganza fue proclamado y coronado Rey de Portugal, hizo los nombramientos para cubrir todos los cargos y empleos necesarios para el régimen de la nación. Para el cargo de Gobernador de las armas de la provincia de Entre Duero y Miño, que es nuestra vecina al otro lado de este río, destinó a D. Gastón Coutinho. Posesionado este de su cargo, la primera disposición que adoptó, después de visitar personalmente la raya fronteriza desde Vianna a Melgazo, fue organizar las tropas de que disponía, formadas en gran parte por el paisanaje reclutado en leva forzosa, y restaurar levantar trincheras fortificando a Camiña, Vilanova de Cerveira y Valenza.
             Pasó también personalmente al castillo de la Insua. Situado en la barra del Miño y dándole un carácter estratégico de que carece, hizo levantar en ella un reducto, dándole los varios elementos de combate y defensa que juzgó necesarios para la custodia y guarnecimiento de la boca del Miño.
             En este mismo año, el referido D. Gastón mandó a Frey Luis Coello da Silva que con gente militar de la plaza de Vianna, embarcada en una galeota con dos lanchas y en algunas barcas de menor porte, cayese sobre la villa de La Guardia y la quemase. Creyendo sin duda, D. Gastón, que la empresa era facilísima y que su persona no debía descender a una empresa tan baladí, se quedó muy tranquilamente en la Insua esperando la llegada de sus victoriosos comisionados; pero los habitantes de La Guardia hicieron vigorosa resistencia a los atrevidos lusitanos y obligaron a reembarcarse a los pocos que habían saltado a tierra. Al conocer el Sr. Coutinho el desastre de esta aventura militar y, sobre todo, cuando vio que los triunfos de tan gloriosa hazaña se reducían a dos míseros botecillos o gamelas que había amarrados en una de las calas de nuestro puerto de La Guardia, dice un historiador que el arriesgado general “irritouse moito deste desconcerto”. Sin duda esperaba que le llevasen consigo cautivos a todos los habitantes de nuestro pueblo.
          El ridículo éxito de esta aventura convenció a los portugueses de que era necesario venir mejor preparados y que ñla empresa de conquistar y reducir a cenizas a La Guardia no era tan fácil, pues tardaron varios años en repetir el intento.
                Tal fue el primer chispazo del fuego bélico que los hijos de La Guardia sintieron.
             Con motivo de esta situación, agriáronse los ánimos y muchos porugueses que al amparo de la unión ibérica se habían establecido en La Guardia tuvieron que retirarse a Portugal, sucediendo lo mismo con los hijos de nuestra comarca que lo habían hecho en Camiña y Vianna do Castello, plazas entonces comerciales de gran vida mercantil y marítima. En La Guardia, así como también en las mencionadas poblaciones lusitanas quedan todavía apellidos importados recíprocamente durante los sesenta años de la pacífica unión peninsular. En 1665, como veremos, era gobernador del Castillo de Santa Cruz un hijo de Portugal, fiel servidor de la dinastía austríaca.


III
Operaciones del año 1613
 
               En este año fue nombrado Gobernador de las armas de la provincia de Entre Duero y Miño el Conde de Castell-Mellor, quien salió de Lisboa para encargarse de su mando en 27 de marzo. Sus propósitos eran dar la mayor amplitud e intensidad a las operaciones militares contra España en pro de la independencia lusitana. Con este motivo alcanzaron en este año mucha importancia y actividad las que se realizaron en La Guardia y su comarca.
               Una de las primeras disposiciones de aquel fue completar las fortificaciones de las plazas fronterizas de Portugal, en el río Miño, como son Melgazo, Monzón, Lapella, Valenza, Vilanova de Cerveira y Camiña, por encontrarlas medio derruidas y destituidas de los medios de defensa precisos para en casos de ser atacadas. Hizo también restaurar los muros de la Insua en la barra del Miño, dotándola de guarnición necesaria para conservar, según decía, el dominio de este río.
               Era en este año Gobernador de las armas de Galicia D. Martín de Redín, Prior de Navarra, de la Orden de San Juan, el cual no cesó un momento, desde que se encargó de su gobierno, de tomar cuanta disposiciones juzgó necesarias para la defensa de los pueblos que el monarca español le había confiado.
               En nuestra comarca, además de las pequeñas obras que emprendió en el Castillo de Santa Cruz, y en el de Goyán, para ponerlos en estado de defensa hizo restaurar el antiguo reducto que en 1580 habíamos levantado en la Barra del Miño en oposición al fuerte de la Insua.
               Este reducto fue lo primero que atacó el Conde de Castel-Melhor en este año de 1643, pues no bien los españoles acabaron sus trabajos, mandó al Capitán Thomé de Pazos con sesenta mosqueteros en dos gabarrones a la playa gallega con orden de atacar a nuestra gente y derruir el reducto, pero esta, desde la orilla del mar, auxiliada por el fuego nutrido que desde el reducto se hacía, hizo retroceder a los soldados portugueses que desistieron de sus intentos.
               Algo más afortunado en su empresa fue el Capitán Cristóbal de Mourinho de guarnición en Camiña, quie, al frente de cuatrocientos soldados, cayó sobre el lugar de Tamuje, situado en la parroquia de San Miguel de Tabagón, en el punto en que aquel río desemboca en el Miño, y después de una heroica resistencia hecha por nuestro paisanaje, sin elementos militares, sin armas, y

sin municiones, lograron los portugueses apoderarse de aquella entonces pobre barriada.
     Seguidamente se retiraron a Portugal convencidos de la inutilidad de sus conquistas no sin haberse antes entregado al saqueo en las humildes viviendas de aquellos lugareños.
Poco después de estos sucesos fue nombrado Gobernador de las armas de Galicia, para suceder al Prior de Navarra, el Cardenal Spínola, Arzobispo de Compostela.
      Una de las empresas de este en nuestra comarca, fue la conquista de Vilanova de Cerveira, plaza fuerte fronteriza a Goyán. Para este objeto dispuso buen número de barcos cargados de soldados, los cuales hicieron ademán de atacar a Lanhelas, frente a Tabagón. Engañados por esta estratagema acudieron allí las tropas regulares portuguesas y gran número de paisanos armados, pero tan pronto como el Gobernador de la plaza de Goyán juzgó oportuno, dio orden para que saliera del punto conocido  con el nombre de Barca de Goyán otros barcos conduciendo unos mil quinientos soldados españoles hacia la orilla portuguesa.
              Cuando el Capitán mayor de la plaza de Vilanova. Gaspar Méndez de Carballo, se apercibió de las maniobras de sus contrarios salió con dos compañías de infantería, las cuales luchando cuerpo a cuerpo con nuestras tropas ya desembarcadas, fueron en poco tiempo dispersados, no sin dejar el campo sembrado de cadáveres, entre ellos el del mismo capitán Gaspar Méndez que los mandaba. Nuestras tropas, no hallando nuevas resistencias en su triunfal carrera, llegaron hasta el lugar de Cortes, que redujeron a cenizas con objeto de privar de vituallas al enemigo. Tuvieron lugar estos sucesos el 24 de Septiembre del referido año.
              Dispuestos a conquistar a Vilanova de Cerveira, llegaron los españoles al día siguiente al pie de sus muros. Allí pusieron fuego a muchas casas de los arrabales de la villa y dispuestos a todo trance a tomar la playa, arrimaron a sus murallas algunas escaleras y comenzaron a atacarla, pero los habitantes de la plaza y guarnición favorecidos por el paisanaje de las aldeas vecinas, hasta los que habitaban la cuenca del Coura, obligaron a nuestros soldados a levantar el cerco, habiendo perdido la vida en la refriega buen número de combatientes de una y otra parte.
              El Conde de Castel-Mellor, noticioso de estos sucesos, vino con sus tropas a los lugares referidos, pero cuando llegó ya los nuestros habían pasado el río Miño.

Año 1644

               Al empezar este año dispuso el Conde de Castel-Mellor que el Capitán mayor de Camiña, Ruy, o Rodrigo Pereira de Sotomayor, llevando consigo a 200 hombres embarcados en varios galeones, atacasen el reducto quye nosotros teníamos en la Barra del Miño, frente a la Insua, y que el año anterior había sido atacado por los portugueses, sin éxito alguno, como ya dejamos referido, como estos lo encontraron abandonado, pues su guarnición tuvo que acudir a otros puestos más necesitados , y más dignos de defensa que aquel mísero fortín, les fue fácil a los portugueses conseguir su intento, sin que encontrasen oposición alguna por parte de nadie, y llegándose a él echaron por tierra sus débiles paredes compuestas de frágil mampostería.

Empresa más difícil fue para los portugueses apoderarse de la pequeña aldea de la Barca de Goyán, guarnecida por unos doscientos soldados. Con objeto de conquistar este lugar, vino personalmente de Salvatierra a Vilanova el Conde de Castel Melhor y dando quinientos soldados al Maestre de Campo Diego de Melho Ferreira, le ordenó que pasase con ellos al lado de acá del Miño en barcos preparados sigilosamente para este efecto. De este modo pudo sorprender a nuestras tropas valiéndose de la

superioridad de aquellas con relación al exiguo número de los españoles; les fue fácil apoderarse de las trincheras que había a orillas del río, desalojar a los nuestros de las posiciones avanzadas y quemar las casas de aquellos lugares, que sus dueños habían desalojado. Tuvo lugar este suceso el día tres de marzo del año que venimos historiando. Entre las casas que los portugueses quemaron, fue una la solariega de los señores de la Casa-Torre de Correa, edificada en 1559 por D. Gómez Correa, canónigo de Tui y párroco de La Guardia.

Enterados los portugueses que se dedicaban a la tarea de quemar las casas de Goyán y destruir las trincheras de sus puestos avanzados de que el Gobernador de las armas gallegas, Marqués de Tabora, acudía en socorro de Goyán, desde la plaza militar de Tuy, con fuerzas de caballería e infantería, huyeron precipitadamente a su país, Al llegar el Marqués, comprendiendo que la defensa de las trincheras no había sido lo bastante enérgica que debiera para rechazar al enemigo y evitar su desembarque, hizo formar juicio sumarísimo al comandante de las fuerzas Diego Bermúdez y a su ayudante, recayendo sobre ambos sentencia de muerte, que el inflexible Marqués de Tabora hizo cumplir, haciendo ahorcar a ambos en una de las murallas del castillo de Goyán.


IV

               El Marqués de Tabora determinó castigar severamente estas incursiones de los portugueses para escarmentarlos y reprimir sus atrevimientos. Con este fin ordenó quemar los pueblos de Lanhelas, Seixas y Gondarem, situados entre las plazas de Cerveira y Camiña y en los cuales se provistaba el ejército y cuyo paisanaje había construido diversas trincheras en las que se parapetaban para dañar a los gallegos, bajo las órdenes del capitán de ordenanza Antonio de Acevedo.
 
               Con objeto de distraer la atención de los portugueses, el Marqués de Tábora hizo armar y tripular los barcos pesqueros y de transporte que pudo reunir en las riberas del Miño y puerto de La Guardia, desde esta villa a Tuy, y los distribuyó en tresd grupos: uno en nuestro puerto, otro en Forcadela y otro en aquella ciudad. Los de La Guardia, entrando por la barra del Miño, dirigiéronse al muelle de Camiña, donde se apoderaron y quemaron algunas embarcaciones que allí encontraron. Apercibido el gobernador de Camiña, Rodrigo Pereira de Sotomayor, de lo que acontecía, hizo jugar la artillería de la plaza contra los barcos de La Guardia que tuvieron que retirarse. Los que tripulaban los barcos salidos de Tuy y Forcadela pusieron las proas hacia Valenza y Vilanova de Cerveira respectivamente, ante cuyas plazas hicieron demostraciones de ataque disparando armas de fuego y haciendo ademanes de desembarcar, con lo cual consiguió el Marqués de Tabora un propósito, pues, atrajo a las plazas muchas de las fuerzas de que disponía el portugués.
 
               En este intervalo el mismo día, que era el 23 de abril del referido año, salió del lugar del Tamuje D. Luis Odriseo, sargento mayor del Tercio de don Antonio Saavedra, con mil infantes escogidos que embarcó en siete barcazas y otras varias embarcaciones y se dirigió a Lañelas. Viendo los habitantes el peligro que corrían, huyeron a incorporarse con una inmensa multitud de soldados y paisanos armados, reclutados aquel mismo día en las parroquias referidas y en otras de la comarca que acudían en defensa de la villa, y cayendo todos estos sobre los gallegos, bajo la dirección del capitán de ordenanza Antonio de Acevedo, entablose una rudísima batalla. Además de la ventaja de los portugueses por pelear en el suelo propio, les prestaba gran auxilio una pieza de artillería colocada en una de las alturas que dominan Lañelas. Auxilió también a estos en su empresa la llegada del general Duquizné quien, capitanenado un escuadrón de cien soldados de caballería, perfectamente equipados, venía recorriendo por orden de Call-Mellor las riberas del Miño. En vista de la superioridad de gente y de armamento retiráronse a Galicia los españoles, no sin que hubiese alguna lucha entre ambos contendientes. Con la precipitación del embarque perdieron los gallegos dos embarcaciones[i].
 
Desenado los nuestros tener un buen punto de ataque  y defensa fronterizo a Lañelas colocaron una pieza de artillería en lo alto del monte de la Magdalena en la parroquia de San Bartolomé de las Eiras, guarneciendo además con dos compañía de infantería del Tercio del Maestro de Campo D. Luis de Viveros, Gobernador encargado de los puestos situados desde el castillo de Goyán hasta el de la Santa Cruz de La Guardia y del coto y plaza de Santa María la Real de Oya, el cual era hermano del conde de Fuente Saldaña, que estaba con su tercio acuartelado en aquellos lugares. Est pieza situada en la Magdalena causaba gran daño a las embarcaciones portuguesas que pasaba a Camiña, por lo cual el Conde de Castell-Mellor ordenó al general Francisco de Francia Barbosa que pasase con 300 soldados a tomar aquellas alturas y a quemar el lugar vecino, lo cual tuvieron los portugueses en parte la satisfacción de conseguir, después de una heroica resistencia hecha por nuestras tropas, que no sufrieron aquella pérdida


[i] A esta refriega hace referencia una ampulosa inscripción conservada en la iglesia parroquial de Lañelas, transcribiendo una memoria de los libros parroquiales. No la copiamos por carecer de interés histórico.

sino a cambio de las vidas de muchos portugueses que sucumbieron en la acción. Fruto de su empresa fue el inutilizar el cañón que tanto les hostigaba.
Conocedor el Marqués de Tabora del gran servicio que podía prestarle el tener abundancia de lanchas que facilitara a nuestras tropas el paso del río, organizó un pequeño arsenal en el lugar de Pampillón, en las inmediaciones de la boca del Tamuje. Sabedor el conde de Castell-Mellor de estos aprestos, aprovechándose de lo indefenso del lugar, mandó a Francisco de Francia con quinientos hombres y a Rodrigo Pereira de Sotomayor, Gobernador de Camiña, con otros quinientos, que atacasen dicho punto, y quemasen o trajesen todos los barcos fabricados; embarcados estos con este fin, el día seis de agosto llegaron a la orilla española y se distribuyeron en dos cuerpos de ejército tomando respectivamente la dirección opuesta hacia los extremos del puente Tamuje. Este inopinado ataque desconcertó en un principio a los obreros empleados en el arsenal, quienes llevaban ya construidos treinta y cinco barcos. Apoderáronse de ellos los portugueses y seguidamente pusieron fuego a los almacenes de madera allí establecidos para la construcción de otros barcos.
Y al ver los portugueses que no hallaban resistencia en su empresa, ni enemigos con quienes luchar, pues, los inermes obreros carecían de elementos de combate, determinaron avanzar en los barrios de la Gándara y parroquias de Salcidos, Tabagón y O Rosal con propósitos de quemar sus casas y talar sus campos, pero enterado por un mensajero D. Luis de Viveros de lo que pasaba, reunió sus tropas y salió con ellas el encuentro de los portugueses.
Tan pronto como estos vieron el peligro que corrían dispusieron la retirada y corrieron hacia la boca del Tamuje en busca de sus barcos que habían traído y cautivado para huir, pero los nuestros no les dieron tiempo y entablándose un sangriento combate que duró unas cuatro horas, peleándose con encarnizado valor de una y otra parte, hasta que al fin, pasando por encima de los cadáveres de sus paisanos, pudo reembarcarse una porción muy menguada del ejército lusitano, quedando gran parte de este herido o exánime en el teatro de los sucesos. Otros muchos soldados encontraron su sepulcro en el fondo de las aguas del Miño al hundirse varias embarcaciones bajo el fuego de nuestros tiradores y no pocos por la precipitación en querer ganar y manejar el barco que les había de restituir a su suelo. Fueron heridos algunos de los jefes de la expedición, entre ellos el Gobernador militar de Camiña, siendo gravemente heridos el Capitán de aventureros Antonio de Quirós Mascareñas, Pedro de Betancor, Juan da Cuña, jefes de voluntarios, y los capitanes regulares Pedro Rodríguez de Sousa y Rodrigo Pereira. Quedaron muertos unos cincuenta soldados, ahogáronse casi todos lo tripulantes de un barco y se retiraron malamente heridos cincuenta combatientes.
Esta ruinosa aventura causó mucho pesar en el ánimo del Conde de Castell-Mellor y resolvió reservar desde entonces sus gentes para empresas menos arriesgadas y de más fáciles resultados.
Viendo el Conde de Tabora y el Gobernador D. Luis de Vivero cuan expuesta la Villa y la Barca de Goyán con estas y otras incursiones de los portugueses, hizo demoler en este año muchas casas de aquel lugar, para aprovechar sus piedras, maderas y tejas en el castillo de Goyán, cuya fábrica a la sazón estaba terminándose para defensa más segura y eficaz de aquella hermosa comarca. Con ello contaba también dejar lugares estratégicos desde donde pudiera ser combatida la plaza en caso de ser atacada, quedando así despejado todo el campo o zona de acción. Los vecinos a quienes estas demoliciones perjudicaron tuvieron que construir sus viviendas en otros lugares del interior.

V

               Terminadas las pequeñas escaramuzas que dejamos referidas en los párrafos anteriores y después de los infructuosos ataques de los portugueses contra los agentes del Cardenal Spínola y el Prior de Navarra en las plazas de Salvatierra y Monzón y lugares vecinos, iniciose un paréntesis de relativa calma en la guerra de Galicia con Portugal en nuestra comarca, paréntesis que duró unos trece años, salvo las ligeras acciones que mencionaremos relativas a los años siguientes:
 
               En diciembre de 1645 y primeros meses del año 1646 reunió cortes el rey de Portugal D. Juan IV y acordáronse importantes resoluciones para el gobierno de la nación. Entre ellas merece consignarse el acuerdo votado por el piadoso jefe de la casa de Braganza y el Parlamento, en que se adoptaba por patrona del reino lusitano y defensora de sus estados a la Virgen María en el misterio de la Inmaculada Concepción[i].
 
               Si bien en nuestra comarca no hubo en este periodo de tiempo lucha alguna con los portugueses, no por eso dejamos de sentir los efectos de la guerra por las que sosteníamos con Flandes y Cataluña y con nuestra eterna enemiga Francia.

El concejo de La Guardia, es decir, la villa con las parroquias que la integraban, tuvo que cooperar con los constantes servicios de dinero para la construcción y sostenimiento de las escuadras y demás gastos del ejército y para fortificaciones. De aquí salían frecuentemente nuestros mozos en levas forzosas para luchar en las diversas guerras que sosteníamos. Todo esto sin contar con lo que se gastaba y la gente que se empleaba en las fortificaciones de Santa Cruz, muros de la villa y guarniciones de la costa y del río, en las garitas y atalayas de donde se vigilaba por la seguridad de la región.
              En el año 1654 era Gobernador del castillo de La Guardia el Maestre de Campo D. Gabriel Sarmiento de Quirós y Sotomayor, Marqués de Mos y Caballero de la orden de Calatrava. Además de Gobernador del castillo de Santa Cruz y de toda jurisdicción de La Guardia, lo era del de Goyán[ii]. Así consta en un poder otorgado en esta fecha en el palacio de Mos y con motivo de otro poder otorgado por el Doctor D. Fernando Ibáñez y Carbajal con ocasión de profesar la hija de este Dª Francisca en el monasterio benedictino de esta villa.


[i] Como recuerdo de este voto esculpieron los habitantes de Camiña en amplios caracteres, aunque con muchos nexos y letras enclavadas, de fácil lectura, la siguiente inscripción en una gran lápida de granito, sobre la puerta de la villa que da frente a La Guardia.
1646
AETERNITATI SACRATVM INMACVLATISSIMAE CONCEPTIONI MARIAE, JOANNES
PORTVGALIAE REX VNA CVM GENERALIBVS
COMITIIS SE ET SVA REGNA SVB ANNO CENSV
TRIBVTARIA PVBLICE VOVIT ATQVE DEIPARAM IN IMPERII
TVTELAREM ELECTAM A LABE ORIGINALI PRESERVATAM
PERPETVO DEFENSVRVM JVRAMENTO FIRMAVIT VIVERE
VT PIETAS LUSITANA HOC VIVO LAPIDE MEMORIALE PERENNE
EXARARE JVSSIT
ANNO CHRISTI M DC XL VI
[ii] Referente a este Gobernador existe en la actual parroquial de Torroso (Redondela) la curiosa inscripción siguiente que perteneció a la antigua iglesia parroquial de San Nicolás. Está escrita con multitud de nexos y abreviaturas y mezcladas letras mayúsculas con minúsculas, todo lo cual hace dificilísima su lectura.
Transcrita en caracteres regulares dice así:
ESTA IGLESIA SE HIZO AÑO DE 1617 EN QVE LA IGLESIA DE TUY FUE LIBRE DE JUDIOS PUBLICÓ EL ESTATUTO DE ROMA DADO POR PAULO V // OBISPO D. JUAN DE VALDEMORA // LUIS PEREIRA ABAD QUE LA HIZO A SU COSTA // CON LICENCIA DE DON GABRIEL DE QUIROS SOTOMAYOR.
AÑO DE 1657
 
               Poco tiempo después de los sucesos referidos fue encargado de la provincia de Entre Duero y Miño el Maestre de Campo Diego de Melo Pereira, quien recibió orden del Rey D. Juan IV de Portugal de suspender toda clase de incursiones en el reino de Galicia, limitando su acción a defenderse en caso de que los españoles entrasen en Portugal. El poco éxito de las operaciones anteriores y la pérdida inútil de mucha gente en estas operaciones fueron causa de esta prudente resolución. Aunque en las cercanías de Salvatierra hubo en alguno de estos años pequeños encuentros en la comarca de Goyán y La Guardia viviose en la paz más completa hasta el año 1657.
 
               En este año, siendo Gobernador y Capitán General de Galicia D. Vicente Gonzaga, de la Casa de los Duques de Mantua, del Consejo de la Guerra de España, en primero de Mayo salió a campaña, sin artillería y con poca impedimenta por la raya seca y dirigiéndose a Castro Laboreiro, marchó después a Melgazo, Monzón y Lapela. Desde allí se dirigió a Valenza do Miño donde hizo demostraciones de asaltar sus murallas. En este mismo tiempo penetraban por la barra del Miño unas cuarenta embarcaciones con gran número de soldados y paisanos que habían salido del pequeño puerto de La Guardia. Habiendo llegado ante las murallas de Camiña, los cañones de la plaza, auxiliados por los soldados de guerra que tripulaban dos carabelas lusitanas situadas cerca de los muelles de la villa, entablaron un ruidísimo tiroteo contra los nuestros que, por ello, se vieron precisados a retirarse.
 

                 Pero el Capitán General había logrado su objetivo, pues, no era un intento formal conquistar ni a Valenza ni a Camiña, porque, mientras en ambas plazas se vigilaba  y peleaba contra los gallegos, estos montaban sigilosamente un puente de barcas entre ambas naciones más debajo de San Pedro de la Torre, lugar de Caracoes, y pasando a Portugal el mismo D. Vicente Gonzaga, con buen número de soldados de infantería y artillería y apoderándose de un lugar estratégico fabricó allí un Castillo Real a que dio el nombre de San Luis Gonzaga, en honor de su pariente el ilustre santo hijo de la Compañía de Jesús. Tuvo lugar el tránsito por el río Miño el día 18 de Junio, habiendo colocado las primeras piedras del castillo el día 21, festividad de aquel santo.
              Este castillo que todavía subsiste casi en ruinas equidista de Valenza y Vilanova una legua. En oposición a él levantaron los portugueses nueve torres atalayas que le circundaban, a la distancia de un tiro de cañón, pero los esfuerzos de las guarniciones de estos no pudieron evitar nunca, hasta el día que se firmó la paz, los daños inmensos que a los lusitanos, ora desde la nueva plaza, ora en sus excursiones, causaba la tropa española que guarnecía esta.
1658

 
               En 1º de Marzo de este año eligió S.M. el Rey para Capitán General y Gobernador de las armas de Galicia al Marqués de Viana. D. Rodrigo Pimentel, el cual trajo consigo por su Maestre de Campo a D. Baltasar Rojas Pantoja, soldado de grandes experiencias y méritos, al cual veremos más tarde jugando un papel importante en el sitio de La Guardia.
 
               En 6 de septiembre de este mismo año, organizado en la ciudad de Tuy el ejército que constaba de cuatro mil infantes, tres mil milicianos, dos mil gastadores y setecientos caballos, le puso bajo las órdenes del Marqués de Peñalba D. Bernardino de Meneses y ordenó su marcha hacia el castillo de San Luis Gonzaga donde estaba instalado el puente de barcas entre ambas naciones. El día 12 terminó de pasar el ejército a Portugal.
 
               La orden que traía el Marqués de Viana era atacar a los portugueses a fin de distraer las fuerzas vigorosas de que disponían en Badajoz y llamar la atención sobre Galicia.
 
               En cumplimiento de esta atacaron los nuestros seguidamente las atalayas que circundaban al castillo de San Luis Gonzaga y consiguieron tomarles tres de aquellas, haciéndoles perder más de cien hombres, mientras que nosotros perdimos unos veinte, entre ellos a D. Diego Suárez de Deza, Señor de la Casa de Tebra y Castrelos (Vigo) y a dos capitanes de infantería.
 
               El día 17 descubrieron al enemigo en la falda de una montaña inmediata al castillo de S. Luis. El Marqués de Peñalba salió inmediatamente con sus fuerzas a darle alcance y, habiéndose entablado la batalla, duró esta desde las tres de la tarde hasta la noche. El resultado de ella fue la pérdida de unos mil hombres entre muertos, heridos y prisioneros y entre ellos oficiales del ejército y caballeros de distintos hábitos, por parte de los portugueses, mientras que nosotros tuvimos sesenta y tres heridos y diez y ocho muertos.
 
               Consecuencias de estas batallas fue que los portugueses perdieron el fuerte de S. Jorge de Silva, todas las torres que habían levantado cerca de San Luis Gonzaga y los nuestros limpiando el país  de enemigos llegaron hasta Coura y Cobas de Puente de Lima. Rodeando seguidamente a Valenza se apoderaron del monasterio de Ganfey el día 29 y de las alturas del monte Faro.
              El día 30 comenzó el asedio de la plaza y torre de Lapela que cayó en nuestro poder con un riquísimo botín después de dura sentencia el día 6 de octubre. El día 7 comenzó el sitio de Monzón, que cayó bajo nuestro dominio el 7 de febrero del año siguiente, después de cuatro meses justos de lucha heroica por parte de sus defensores.

              El día 9 de febrero cayendo los nuestros sobre un grueso ejército que, acampado en la Vega de Puente de Mauro junto a Melgazo y montes de la Peneda, se dirigía contra las tropas españolas de Monzón, les obligaron a entablar la batalla en que perdieron los portugueses unos dos mil hombres, entre muertos y prisioneros, además del Fuerte Real. La presa fue valiosa, entre municiones de guerra y provisiones de boca. Entre los nuestros murió el Magistral de Tuy, D. Justo de la Mar, Capellán del ejército hispano, unos cuarenta soldados y doce oficiales.

              Salvatierra siguió la misma suerte que Monzón pues el 17 del mismo mes cayó en nuestro poder[i].

              En el mismo día 6 de Octubre de 1658 en que Lapela cayó bajo las armas españolas, aprovechándose los portugueses de la estancia de nuestras tropas en aquellos lugares, , dispuso la Condesa de Castell-Mellor, Dª Mariana de Almcaster, que ciento cincuenta soldados bien armados  del tercio de Rodrigo Pereira pasasen el Miño en San Miguel de Tabagón  y cayesen sobre el valle del Rosal; pero su atrevimiento les salió costoso, pues, apercibido el paisanaje y las mismas mujeres y niños del país, hicieron como que huían al interior hasta el Rosal, donde les esperaron y allí unidos a los habitantes de esta parroquia, cayeron todos sobre los portugueses desarmándolos y matando a casi todos. Los ocos que pudieron ganar el río y embarcarse para Portugal llevaron a la Condesa la triste nueva de su derrota.


[i] Los sitios y conquistas de Lapela, Monzón y Salvatierra están detalladamente descritos por el P. M. Gándara, capítulos XV y XVI de la segunda parte libro IV de su “Nobiliario, Armas y Triunfos”. Otras muchas obras, especialmente la citada del Conde de Ericeira los describen también. No lo hacemos nosotros por no pertenecer a esta región de La Guardia, a donde nos concretamos.
1662

               En los primeros días de septiembre de 1660 había sido nombrado sucesor del Vizconde de Via-Nova en el gobierno de las armas de la provincia de Entre Duero y Miño el Estribero Mayor del Rey de Portugal, don Francisco de Sousa, Conde de Prado, que tres años más tarde había de conquistar el castillo de La Guardia. El año 1661 lo dedicó en gran parte a operaciones militares en la Campaña de Valenza y hasta 9 de julio de 1662 no bajó con sus tropas por el distrito de Coura para dirigirse a la comarca fronteriza a nuestra región. Era este año Capitán General de los ejércitos gallegos el arzobispo de Santiago D. Diego Carrillo, al que dio S. M. como Gobernador de las armas, a D. Baltasar Rojas y Pantoja, Maestre de Campo que había sido de D. Rodrigo Pimentel.
 
               El día 12 de julio de 1662 echaron los españoles un puente de barcas sobre el Miño, enfrente a Lapela, sobre Caldelas de Tuy, y el día 20 otro al abrigo de las baterías de S. Luis Gonzaga, que dominaba a San Pedro da Torre, por los cuales pasó mucho ejército a Portugal. Combinadas con estas fuerzas salieron en este mismo día multitud de embarcaciones de los puertos de La Guardia , Bayona, Vigo y de varios pueblos de

Luis Gonzaga, que dominaba a San Pedro da Torre, por los cuales pasó mucho ejército a Portugal. Combinadas con estas fuerzas salieron en este mismo día multitud de embarcaciones de los puertos de La Guardia , Bayona, Vigo y de varios pueblos dela ribera derecha del Miño hacia Viana, Camiña y algún otro pueblo de la vecina nación. La noticia de estos movimientos, desconcertando los planes del Conde de Prado, le obligó a dividir su ejército en aquellos momentos en que le convenía tenerlo más compacto. Al frente de una división puso al Capitán de caballería
Diego de Caldas Barbosa con cien soldados de caballería y trescientos mosqueteros, dándole orden de recorrer la línea de la costa entre Camiña y Viana para impedir que el enemigo desembarcase, y reforzar las guarniciones de cualquier puerto atacado. Hizo también guardar las embarcaciones del puerto de Viana bajo la protección de los cañones de la ciudadela.
               Mientras tanto nuestras tropas avanzaban por el interior llegando hasta la comarca de Ponte de Lima y de Arcos de Vez. Después de varias escaramuzas sin importancia retiráronse los soldados gallegos a su país y los barcos a sus puertos. El Rey de Portugal en represalia de los ataques de los barcos españoles encargó al Conde de Atouguía que con sus fragatas atacase a La Guardia, Bayona y Vigo: hízolo así, pero toda su operación se redujo a gastar pólvora en salvas, sin causar daño alguno.
1663
Hasta el mes de octubre de este año no hubo en nuestra omarca suceso alguno digno de mención. En este mes dispúsose el onde de Prado a realizar algo ruidoso en pro de su nación. Y en efecto, el dúa 20 de este mes acampó frente a la isla Boega, del río Miño, entre Vila Nova y Lañelas con un ejército de cinco mil infantes y quinientos soldados de caballería. Allí le esperaba el general de artillería Fernando Sousa de Coutiño con un fuerte pie de ejército. En estos preparativos estuvieron hasta el día 25.
 
               En la madrugada de este día, comenzó a embarcarse todo este ejército con dirección a Goyán. No bien saltaron a tierra  saliole al encuentro un Tercio de infantería con dos compañías de caballería y entabló una ruda pelea, pero el continuo desembarco de las numerosas fuerzas lusitanas hizo retroceder a los españoles hasta los muros del Fuerte nuevo de Goyán, recientemente construido en sustitución del antiguo de la Barca de la misma localidad. Constaba aquel de cuatro baluartes que rodeaban una antigua torre. Había allí cinco piezas de artillería medio destrozadas. Las fuerzas del castillo constaban solo de doscientos hombres de varias armas, pero fue tan heroica la defensa que hicieron de sus puestos que la mayor parte de ellos perdió su vida en el fragor del combate, sin retroceder de su puesto, siendo uno de los muertos el mismo Gobernador de la plaza. Los mismos historiadores lusitanos reconocen el indomable valor de aquel puñado de valientes soldados y
paisanos de Goyán, a quienes solo la superioridad de los combatientes contrarios hizo víctimas de su honor legendario, al escribir con su sangre esta gloriosa página de la historia de la antigua villa gallega fronteriza de Vilanova.
        Tomado el fuerte, el Maestre General de Campo Francisco de Acevedo hizo restaurar sus murallas y construir cuarteles en su interior y al mismo tiempo que sus tropas, puestas a cubierto por aquellas, recorrían las aldeas y lugares circunvecinos poniéndoles a contribución y violentándoles a jurar obediencia a D. Alfonso, monarca lusitano.
            Terminada la fortificación de este fuerte hizo construir otro de cinco baluartes, capaz de mayor guarnición en una eminencia poco distante de aquel, el cual fue pronto guarnecido con tropas nuevas traídas de la provincia de Tras-os-Montes.
           D. Baltasar Pantoja, tan pronto tuvo conocimiento de estos sucesos, púsose en camino para Goyán, pero al llegar allí reconoció la insuficiencia de los medios de que disponía para entablar una lucha con que arrojar a los portugueses del suelo gallego y se contentó con fortificar la cumbre de las Medas en la misma parroquia para vigilar y estorbar los movimientos de los contrarios, quienes se contuvieron en sus correrías desde entonces.
         Ningún suceso digno de memoria tuvo lugar después de estos sucesos hasta el año 1665, de triste recuerdo para los hijos de La Guardia, según veremos a continuación.

VI.I
AÑO DE 1665
ASEDIO DE LA GUARDIA

En este año tuvo lugar en nuestra villa y pueblos de su comarca una serie de hechos los más interesantes de la relación histórica que venimos haciendo, especialmente el que se refiere a la conquisgta de La Guardia y de su castillo de Santa Cruz acaecida en el mes de Noviembre.
 
               El 7 de Septiembre ocurrió el fallecimiento del débil monarca Felipe IV, sucediéndole en el trono su hijo Carlos II, apellidado por la Historia El Hechizado, y último rey de la dinastía austriaca.
 
               Si el advenimiento de este a trono de San Fernando señala un grado más en la decadencia de nuestra patria, la guerra con Portugal siguió también esta desventurada ruta, no solo en la frontera de Extramadura, sino también en la raya seca de Galicia y en la comarca bañada por el Miño.
 
               Habiendo llegado a la corte lusitana noticias de que los gallegos para distraer las fuerzas del Alentejo intentaban salir de nuevo a campaña, resolvió don Alfonso V de Portugal adelantarse. Por esta razón, a principios de Octubre determinó movilizar sus tropas en la provincia de Entre Duero y Miño, donde seguía mandando el Conde de Prado, reforzándolas además con tropas de distintas armas, traídas de otras provincias.
 
El Conde de Schemberg que estaba en Alentejo, vino con las fuerzas extranjeras que mandaba y consistían en tres regimientos de infantería, uno de alemanes, dos de ingleses y uno de caballería francesa. El general Pedro de Magallanes trajo
quinientos soldados de caballería con mil quinientos de infantería, de la provincia de Beira. El Conde de Miranda, acompañado de su hijo Diego López de Sousa y del Marqués de Fontes, vino de Oporto con dos tercios de infantería. De la provincia de Tras os Montes trajo el Conde de S. Juan tres mil infantes y ochocientos soldados de caballería.
               Como maestres de campo tenía el Conde de Prado, al frente de estas tropas, que constituían un cuerpo expedicionario de doce mil infantes y dos mil quinientos caballos, al Conde de S. Juan y a D. Francisco de Acevedro, que gobernaban por semanas. Mandaba la caballería D. Pedro César de Meneses. Era general de artillería D. Fernando Sousa de Coutiño, y Sargento Mayor de Batalla Miguel Carlos de Tabora. Tenían el cargo de Maestres de campo los cuatro de la provincia de Tras os Montes: Sebastián de Veiga Cabral, Diego de Caldas, Francisco de Morales Enríquez y Manuel Pacheco de Melo. Los Maestres de Campo de la provincia del Miño eran Antonio Luiz de Sousa, Luis Manuel de Tabora, Manuel Núñez Leitón, y el Tercio de Fernando Sousa da Silva, gobernado por el Sargento Mayor Manuel Ferreira de Fonseca, Juan Filgueira Gayo y Juan Revelo Leite. Los tenientes generales de caballería eran Francisco de Tabora, de la provincia de Tras os Montes, Antonio de Maldonado, de la provincia de Beira, y Manuel da Costa Pessoa, de la provincia del Miño.
               Constaba la artillería de catorce cañones de gran calibre y además abundante provisión de municiones y otros elementos de combate. Los carros de transporte eran más que suficientes para su objeto.

(CONTINUACIÓN)
             Tales eran las fuerzas y preparativos que organizó con todo sigilo el Conde de Prado para atacar Galicia, mientras que nosotros, completamente descuidados, carecíamos de todo, especialmente en la comarca de Goyán y plaza de La Guardia, según veremos.
 
               El objeto inmediato de los portugueses era apoderarse de alguna plaza fuerte del reino de Galicia para tener segura base de las operaciones militares proyectadas.
 
               Hubo gran discusión entre los generales y maestres de campo acerca del punto por donde debían comenzar dichas operaciones. Proponían los más decididos atacar la ciudad de Tuy, como punto más importante y cuya conquista reportaría grandes ventajas para Portugal. Era también más fácil de atacar desde Valenza, pero el Consejo de guerra, fundándose en que era poco fortificada para poder sostenerse en ella, no se determinó a intentarlo y resolvió atacar a La Guardia, como punto más flaco y casi desguarnecido.
 
               En los últimos días del mes de Octubre púsose en marcha el ejército hacia Vila-Nova de Cerveira, cruzando el río y acuartelándose el día 28 en el castillo de Goyán, dominado ya por los portugueses, según hemos visto en el párrafo anterior. Allí se detuvo dos días para dar un descanso a las tropas y disponer los últimos detalles de la campaña.            
 
             El día 31 dividió el Conde de Prado su numeroso ejército en tres escuadrones o líneas de combate, componiendo la primera ocho tercios de infantería y diez y seis batallones de caballería que llevaban dos tercios formados en medio de cada uno de los
cuerpos. La segunda línea llevaba siete tercios y catorce batallones; el tercer escuadrón constaba de cuatro tercios de auxiliares y tres batallones de caballería.

              Descartada definitivamente la idea de atacar Tuy, el primer punto a donde el ejército se dirigió por las orillas del Miño y por los montes de la Magdalena que dominan a Goyán, fue al valle del Rosal. No hubo allí casa que no saqueasen, reduciendo a cenizas la mayor parte de ella, especialmente en las que sus pacíficos propietarios hicieron alguna resistencia, siendo una de ella el priorato de San Antonio, residencia de los monjes Bernardos de Oya, de la cual no quedaron más que las paredes maltratadas por el fuego. El derecho natural, y la inocencia de niños y mujeres que no pudieron huir fueron víctimas de las violencias de aquellas turbas lusitanas y extranjeras que sobre el tan hermoso, como indefenso valle cayeron aquel día. El 31 de Octubre será siempre de tristísimo recuerdo para las cuatro juradías del Rosal y para las parroquias de Eiras, Tabagones y Salcidos por los atropellos inauditos de aquel ejército sin moral y sin conciencia, contra las personas y haciendas, sin que hubiere medios para contenerle.

               El día 1º de Noviembre subió el ejército portugués, desde el valle del Rosal, por los lugares de Acevedo y Bonaval hacia las parroquias de Loureza y Buegueira, abrasando y saqueando todas sus casas y propiedades, llevando su barbarie hasta las más pobres y apartadas viviendas de aquellas sencillas gentes.
VIII
VIII

               En las primeras horas del día 12 de Noviembre llegó a La Guardia el resto del ejército portugués compuesto de las fuerzas que dejamos referidas. Como la villa era población abierta, fácil fue a aquel penetrar  por la antigua estrada y dominar en sus calles, ocupándola por completo, reduciendo así sus aspiraciones y empeños al castillo de Santa Cruz. Fácil era también esta empresa, pues, como aún hoy es fácil de ver, tratábase de un fuerte de pocas condiciones estratégicas y destituido de elementos de defensa, como hizo observar el Gobernador D. Jorge de Madureira en su vindicación ante el Capitán General de Galicia, el cual muy lejos estaba de ser “a mellor fortificação de Galiza” como decía en el “Mercurio Portugués” de Lisboa un cronista de los sucesos en su afán de revestir de gloria la conquista de esta villa.
 
               La guarnición del castillo era de unos mil seiscientos soldados de infantería, dos compañías de caballos montados y una de desmontados. La artillería constaba de diez cañones viejos y medio inútiles.
 
               El general portugués cercó el castillo asentando las tiendas y cuarteles para las tropas, alzó trincheras y baterías y distribuyó las fuerzas sitiadoras empezando a batir el castillo vigorosamente[i]. Quería a todo trance, por medio de esta conquista, justificar ante Portugal el buen empleo que había hecho de su campaña en Galicia del fuerte ejército que se le había encomendado, pues, sería vergonzoso que quince mil hombres solo pudieran citar las hazañas de quemar aldeas y pueblecillos indefensos y no conseguir apoderarse de la más pequeña plaza fuerte. Esta fue la principal causa que decidió al caudillo portugués a intentar apoderarse a toda costa del castillo de Santa Cruz.
 
               Acumuló para ello todos los elementos de su poderoso ejército: y en verdad no era gran hazaña con tan crecido número de soldados y aprestos de sitio expugnar un castillo defendido por débiles murallas; pero detrás de ellas latían valerosos pechos decididos a vender caras sus vidas, vidas lo que hacía terrible el ataque[ii].
 
               Oigamos ahora al Maestre de Campo y Gobernador de Santa Cruz, Jorge Madureira[iii] en su relación. Habla así al Capitán General de Galicia[iv].
 
               “Excelentísimo Señor: El castillo de La Guardia es un fuerte de cuatro baluartes, irregular por todas partes, con dos cortinas muy largas, una más que la otra, y dos tan cortas que no le pueden defender un baluarte al otro, y la fábrica de la muralla es de piedra y barro, la superficie de afuera y lo demás del grueso es de piedra  seca y tan delgada que acaba en el parapeto en tres palmos de grueso y tan bajo que en partes no daba por la rodilla y la muralla tan baja que por todas partes con facilidad se puede escalar, y no tiene foso. En esta plaza no había tierra con que poder hacer cortaduras porque para haberla era menester traerla de la campaña y le faltaba el terraplén a los baluartes y cortinas. El terreno en que está situada esta plaza es condenado por todas partes, de suerte que de las eminencias se manda toda plaza con la artillería y mosquetería, sin haber lugar reservado al rigor de ella.”
              “Demás de ser esta plaza de la calidad que refiero y estar tan mandada de las eminencias, tiene la villa a ochenta pasos de la plaza y el estar tan cerca no la puede mandar el castillo por estar en cuesta hasta el puerto, de suerte que solo la frente llegada a la plaza se descubre que lo demás de la villa cubierto y tan cerca como digo, por la otra parte hay un barranco donde pueden estar cinco o seis mil hombres formados así de caballería como de infantería, sin que de la plaza se descubran las puntas de las picas y no hay del barranco a la plaza ochenta pasos. Por las demás
partes hay otros hondos cerca de la plaza donde puesde estar la gente cubierta y aunque he trabajado de día y noche arrasando caminos y eminencias y metiendo tierra en la plaza no fue posible, ni lo será, remediar estas faltas.
              “Demás de esto mes es preciso decir que no ha habido razón ninguna para hacer esta plaza porque siempre que Su Magestad (Dios le guarde) manda gastar su hacienda y la de sus vasallos es con diferentes fines de su servicio, como guardar algún paso al enemigo , cubrir país, defender la campaña, guardar villa o puerto de mar. En el de La Guardia solo pueden entrar barcos y ha de ser con buen tiempo, porque, en se alborotando la mar, es menester bararlos en tierra porque no se hagan pedazos. En fin es una cala entre las peñas. Ninguna de estas rtazones hay para que esta plaza se fabricase, conque fue inútil el gasto que en ella se hizo y dar solo motivo al enemigo a que la fuese a buscar además que en todo aquel paraje, no hay terreno tan condenado como el donde está situada la plaza. El pozo que han publicado que podía dar beber a un ejército, aunque se limpió muchas veces ha faltado el agua de suerte que después que no nos pudimos valer de la que había llovido encharcada en la entrada encubierta fue menester dar vino en lugar de agua, como constará por todos los que se hallaban en la plaza y todo lo referido por cuantos lo han visto.”

“Luego que llegó a mí noticia que el rebelde quería pasar con ejército a este reino repetidas veces he pedido lo que era necesario para la plaza, así municiones como gente, instrumentos de fuego y otras cosas necesarias para que, si el enemigo la sitiase, como se verá en las cartas que he escrito al Señor Don Baltasar, Gobernador de las Armas de este ejército y al Señor Marqués de Penalba, general de la Caballería con quien me han mandado me correspondiese, y al señor general de la Artillería se envió relación de las municiones que había, de que resultó remitir aquella plaza un poco de pólvora y balas, de suerte que cuando el enemigo puso el sitio que fue en once de noviembre me hallaba con unos ciento cuarenta quintales de pólvora y pequeña cantidad de balas.”
              “Luego que el enemigo nos sitió el día referido se empezó a pelear con el por todas partes por la mucha cercanía en que se hallaba la plaza, con lo que domingo por la mañana que se contaron 15 de Noviembre, me hallé con 100 quintales de pólvora y menos balas, y juntando los oficiales que había en la plaza se resolvió que la artillería disparase poco solo lo que bastase a encubrir la falta que teníamos y las armas de fuego obrasen solo a tiro hecho encargando a todos con grande encarecimiento se portasen en esto con cuidado, de suerte que no faltando a lo preciso ahorrásemos las municiones lo posible como se ejecutó, si bien no se pudo excusar el gastar mucha por tener tan pegado al enemigo y no cesar en el trabajo de sus ataques y trincheras de día y de noche y habiendo aun menos balas que pólvora encargué a algunas personas hiciesen buscar las balas que caían del enemigo en la estrada encubierta y en la plaza y se les pagaba la docena a cuatro cuartos y a D. Lorenzo Tomás di orden que en un molde que se había hallado en manos de un soldado, de balas de pistola, hiciese que de unas balas que había de artillería de plomo se fundiesen balas, y se ejecutó.”

[i] Con este motivo demolieron los portugueses varias casas de las inmediaciones del castillo y se apoderaron de varias casas y propiedades particulares que les convenían para sus operaciones militares. El alojamiento forzoso de los soldados y bestias y el aprovisionamiento de las tropas fue una carga que redujo a la miseria a los vecinos de La Guardia, Cividanes, Salcidos, Gándara y Rosal, por la violencia empleada en sus exacciones.
[ii] José de Santiago y Gómez=Historia de Vigo, cap. XV, pp. 391 y siguientes.
[iii] Jorge Madureira venía siendo gobernador del Castillo de Santa Cruz hacía varios años. En el libro sacramental de matrimonios de Salcidos se le menciona en el año de 1662 como Maestre de Campo y de guarnición en el castillo de La Guardia.
[iv] Este documento Consérvase en la Biblioteca Nacional en el tomo de MSS. II,94 rotulado: Sucesos del año 1665. Folios 223-226.
Esta impreso aunque sin lugar ni año. V. catálogo sistemático… por Vila-Amil y Castro, número 475.

Continuación
               “Todas estas diligencias no bastaban a suplir la falta que teníamos de gente que había en la plaza de poder tomar armas. Cuando el enemigo puso el sitio serían hasta quinientos hombres de mi tercio y hasta cien hombres de milicia del Rosal y de La Guardia que con mucho trabajo recogí; porque aunque lo procuraron sus oficiales y les di soldados de a caballo para ayudarlos no fue posible juntar más por haberse huido a la montaña con su ropa y familia.”
               “También había ciento cincuenta milicianos del partido de Pontevedra y otros tantos de Sotomayor, gente inútil, viejos y muchachos, porque los que había de provecho me sacaron escogidos trescientas bocas de fuego para Forcadela, donde se hallaba el Señor Marqués de Penalba, y como la marcha fue de noche, por no ser vistos del enemigo, se huyeron con ellos más de otros cien hombres. Con estas milicias fueron también de mi tercio dos capitanes con ciento cincuenta bocas de fuego escogidas, como se verá de la orden que he tenido para ello, y aunque repliqué e hice muchas instancias solo me han vuelto los ciento cincuenta bocas de fuego de mi tercio menos algunos por haberse huido en la marcha.”
               “También había de las compañías de caballos, entre montados y desmontados, poco más de cien hombres y veintitantos hombres del partido de Santa Marta y Vivero, enfermos y de ningún servicio y las milicias de Pontevedra que tengo dicho: y las de Sotomayor tan cansadas de trabajar en las fortificaciones de día y de noche que no podían moverse. Esa es la gente con que me hallé cuando el enemigo me sitió que solo hace número, mas en realidad de verdad para el caso solo eran de servicio la Caballería e Infantería y los cien hombres milicianos de La Guardia y valle del Rosal, porque las demás milicias no eran de provecho y estaban en estado que ni para trabajar en las fortificaciones podían. Luego fue minorando la gente con los muertos y heridos y enfermos que llegaron a número de más de doscientos hombres. En la Artillería no había más que un artillero y dos que solo tenían el nombre y por las instancias que hice me mandaron, para suplir esta falta, dos flamencos de la Compañía de minadores que ni uno ni otro sabían, y el segundo día de sitio

le dieron al artillero un mosquetazo por un ojo, de que estuvo a la muerte con que fue preciso, aunque tenían muchas cosas a que acudir, encargar el manejo de las artillería al capitán D. Fernando Laverne que era el que apuntaba las piezas y las hacía disparar.”
               “También había solo dos granaderos que suplieron esta falta muy bien, los soldados de D. Fernando Laverne, más no pudo suplir la falta de granaderos porque no había más de ciento ochenta, aunque las pedía repetidas veces. Al cuarto día de sitio nos abrió el enemigo sus ataques desde la villa caminando a las puntas de la estacada de la puerta principal y otro ataque a mano derecha caminando con él a la punta de la estacada que mira a la hermita de San Sebastián y otro ramal de trincheras que salía a la misma villa, caminando hacia la Guía, donde nos puso una batería de tres piezas, medios cañones y tres cuartos de cañón a cosa de cuarenta pasos de la punta de la estacada y otros muchos ramales de trincheras con que se comunicaban unos con otros; del barranco salieron con otro ataque caminando a la puerta de Socorro donde nos plantaron otras baterías de tres cuartos de cañón. Caminaron siempre pegados a la estacada con su trinchera hasta dar la mano con el ataque de la villa con que la plaza estaba ceñida, de suerte que no había lugar de hacer salidas por la cercanía de sus fortificaciones y del barranco y de la villa, donde tenían mucho grueso de gente, así caballería como infantería de más de tres mil hombres que siempre tenían con sus ataques y por la falta que teníamos de gente para guardar la estrada encubierta que era menester para guarnecerla más de mil quinientos hombres, porque tenía seis mil setecientas y tantas estacas y teniendo tan pocos y por las razones referidas fueron de parecer todos los oficiales de la plaza se escusasen en las salidas y se guardase la estrada encubierta, porque era muy contingente perderlo todo de una vez. Continuose el pelear incesantemente de día y de noche y trabajando haciendo cortaduras en la estrada encubierta y espaldas dentro de la plaza y resistir los parapetos y realzar los baluartes para cubrir algo del mucho daño que nos han hecho las baterías del enemigo principalmente las que nos pusieron de tres piezas de ocho, diez, doce libras en la falda del monte de Santa Tecla, en la Horca.”
               “Todas estas diligencias no bastaban a suplir la falta que teníamos de gente que había en la plaza de poder tomar armas. Cuando el enemigo puso el sitio serían hasta quinientos hombres de mi tercio y hasta cien hombres de milicia del Rosal y de La Guardia que con mucho trabajo recogí; porque aunque lo procuraron sus oficiales y les di soldados de a caballo para ayudarlos no fue posible juntar más por haberse huido a la montaña con su ropa y familia.”
               “También había ciento cincuenta milicianos del partido de Pontevedra y otros tantos de Sotomayor, gente inútil, viejos y muchachos, porque los que había de provecho me sacaron escogidos trescientas bocas de fuego para Forcadela, donde se hallaba el Señor Marqués de Penalba, y como la marcha fue de noche, por no ser vistos del enemigo, se huyeron con ellos más de otros cien hombres. Con estas milicias fueron también de mi tercio dos capitanes con ciento cincuenta bocas de fuego escogidas, como se verá de la orden que he tenido para ello, y aunque repliqué e hice muchas instancias solo me han vuelto los ciento cincuenta bocas de fuego de mi tercio menos algunos por haberse huido en la marcha.”
               “También había de las compañías de caballos, entre montados y desmontados, poco más de cien hombres y veintitantos hombres del partido de Santa Marta y Vivero, enfermos y de ningún servicio y las milicias de Pontevedra que tengo dicho: y las de Sotomayor tan cansadas de trabajar en las fortificaciones de día y de noche que no podían moverse. Esa es la gente con que me hallé cuando el enemigo me sitió que solo hace número, mas en realidad de verdad para el caso solo eran de servicio la Caballería e Infantería y los cien hombres milicianos de La Guardia y valle del Rosal, porque las demás milicias no eran de provecho y estaban en estado que ni para trabajar en las fortificaciones podían. Luego fue minorando la gente con los muertos y heridos y enfermos que llegaron a número de más de doscientos hombres. En la Artillería no había más que un artillero y dos que solo tenían el nombre y por las instancias que hice me mandaron, para suplir esta falta, dos flamencos de la Compañía de minadores que ni uno ni otro sabían, y el segundo día de sitio le dieron al artillero un mosquetazo por un ojo, de que estuvo a la muerte con que fue preciso, aunque tenían muchas cosas a que acudir, encargar el manejo de las artillería al capitán D. Fernando Laverne que era el que apuntaba las piezas y las hacía disparar.”
               “También había solo dos granaderos que suplieron esta falta muy bien, los soldados de D. Fernando Laverne, más no pudo suplir la falta de granaderos porque no había más de ciento ochenta, aunque las pedía repetidas veces. Al cuarto día de sitio nos abrió el enemigo sus ataques desde la villa caminando a las puntas de la estacada de la puerta principal y otro ataque a mano derecha caminando con él a la punta de la estacada que mira a la hermita de San Sebastián y otro ramal de trincheras que salía a la misma villa, caminando hacia la Guía, donde nos puso una batería de tres piezas, medios cañones y tres cuartos de cañón a cosa de cuarenta pasos de la punta de la estacada y otros muchos ramales de trincheras con que se comunicaban unos con otros; del barranco salieron con otro ataque caminando a la puerta de Socorro donde nos plantaron otras baterías de tres cuartos de cañón. Caminaron siempre pegados a la estacada con su trinchera hasta dar la mano con el ataque de la villa con que la plaza estaba ceñida, de suerte que no había lugar de hacer salidas por la cercanía de sus fortificaciones y del barranco y de la villa, donde tenían mucho grueso de gente, así caballería como infantería de más de tres mil hombres que siempre tenían con sus ataques y por la falta que teníamos de gente para guardar la estrada encubierta que era menester para guarnecerla más de mil quinientos hombres, porque tenía seis mil setecientas y tantas estacas y teniendo tan pocos y por las razones referidas fueron de parecer todos los oficiales de la plaza se escusasen en las salidas y se guardase la estrada encubierta, porque era muy contingente perderlo todo de una vez. Continuose el pelear incesantemente de día y de noche y trabajando haciendo cortaduras en la estrada encubierta y espaldas dentro de la plaza y resistir los parapetos y realzar los baluartes para cubrir algo del mucho daño que nos han hecho las baterías del enemigo principalmente las que nos pusieron de tres piezas de ocho, diez, doce libras en la falda del monte de Santa Tecla, en la Horca.”
               “Todas estas diligencias no bastaban a suplir la falta que teníamos de gente que había en la plaza de poder tomar armas. Cuando el enemigo puso el sitio serían hasta quinientos hombres de mi tercio y hasta cien hombres de milicia del Rosal y de La Guardia que con mucho trabajo recogí; porque aunque lo procuraron sus oficiales y les di soldados de a caballo para ayudarlos no fue posible juntar más por haberse huido a la montaña con su ropa y familia.”
               “También había ciento cincuenta milicianos del partido de Pontevedra y otros tantos de Sotomayor, gente inútil, viejos y muchachos, porque los que había de provecho me sacaron escogidos trescientas bocas de fuego para Forcadela, donde se hallaba el Señor Marqués de Penalba, y como la marcha fue de noche, por no ser vistos del enemigo, se huyeron con ellos más de otros cien hombres. Con estas milicias fueron también de mi tercio dos capitanes con ciento cincuenta bocas de fuego escogidas, como se verá de la orden que he tenido para ello, y aunque repliqué e hice muchas instancias solo me han vuelto los ciento cincuenta bocas de fuego de mi tercio menos algunos por haberse huido en la marcha.”
               “También había de las compañías de caballos, entre montados y desmontados, poco más de cien hombres y veintitantos hombres del partido de Santa Marta y Vivero, enfermos y de ningún servicio y las milicias de Pontevedra que tengo dicho: y las de Sotomayor tan cansadas de trabajar en las fortificaciones de día y de noche que no podían moverse. Esa es la gente con que me hallé cuando el enemigo me sitió que solo hace número, mas en realidad de verdad para el caso solo eran de servicio la Caballería e Infantería y los cien hombres milicianos de La Guardia y valle del Rosal, porque las demás milicias no eran de provecho y estaban en estado que ni para trabajar en las fortificaciones podían. Luego fue minorando la gente con los muertos y heridos y enfermos que llegaron a número de más de doscientos hombres. En la Artillería no había más que un artillero y dos que solo tenían el nombre y por las instancias que hice me mandaron, para suplir esta falta, dos flamencos de la Compañía de minadores que ni uno ni otro sabían, y el segundo día de sitio le dieron al artillero un mosquetazo por un ojo, de que estuvo a la muerte con que fue preciso, aunque tenían muchas cosas a que acudir, encargar el manejo de las artillería al capitán D. Fernando Laverne que era el que apuntaba las piezas y las hacía disparar.”
               “También había solo dos granaderos que suplieron esta falta muy bien, los soldados de D. Fernando Laverne, más no pudo suplir la falta de granaderos porque no había más de ciento ochenta, aunque las pedía repetidas veces. Al cuarto día de sitio nos abrió el enemigo sus ataques desde la villa caminando a las puntas de la estacada de la puerta principal y otro ataque a mano derecha caminando con él a la punta de la estacada que mira a la hermita de San Sebastián y otro ramal de trincheras que salía a la misma villa, caminando hacia la Guía, donde nos puso una batería de tres piezas, medios cañones y tres cuartos de cañón a cosa de cuarenta pasos de la punta de la estacada y otros muchos ramales de trincheras con que se comunicaban unos con otros; del barranco salieron con otro ataque caminando a la puerta de Socorro donde nos plantaron otras baterías de tres cuartos de cañón. Caminaron siempre pegados a la estacada con su trinchera hasta dar la mano con el ataque de la villa con que la plaza estaba ceñida, de suerte que no había lugar de hacer salidas por la cercanía de sus fortificaciones y del barranco y de la villa, donde tenían mucho grueso de gente, así caballería como infantería de más de tres mil hombres que siempre tenían con sus ataques y por la falta que teníamos de gente para guardar la estrada encubierta que era menester para guarnecerla más de mil quinientos hombres, porque tenía seis mil setecientas y tantas estacas y teniendo tan pocos y por las razones referidas fueron de parecer todos los oficiales de la plaza se escusasen en las salidas y se guardase la estrada encubierta, porque era muy contingente perderlo todo de una vez. Continuose el pelear incesantemente de día y de noche y trabajando haciendo cortaduras en la estrada encubierta y espaldas dentro de la plaza y resistir los parapetos y realzar los baluartes para cubrir algo del mucho daño que nos han hecho las baterías del enemigo principalmente las que nos pusieron de tres piezas de ocho, diez, doce libras en la falda del monte de Santa Tecla, en la Horca.”

“Sábado a la noche que se contaron veintiuno de noviembre nos asaltó el enemigo con todo su ejército por todas partes la estrada encubierta habiendo primero abierto con sus baterías una brecha en la punta de la puerta principal por donde podían entrar sesenta hombres de frente, y aunque lo habíamos reparado muchas veces con estacas, pipa, fagina y haces de paja y la tierra que se pudo hallar porque no la tenía por aquella parte y por otras muchas la estrada encubierta sino solamente el parapeto de piedra a que se arrimaban las estacas, el enemigo incesantemente con su artillería las estaba batiendo, arrasando el parapeto y derribando las estacas a un mismo tiempo con que nos obligó a retirarnos a las cortaduras, y conociendo yo el estado de la plaza hice juntar todos los oficiales para que tomásemos acuerdos y el mejor medio para la defensa de las cortaduras que defendían el ataque, se resolvió que en lugar de un capitán de infantería que siempre hubo en aquella parte, se pusiesen dos y se reforzase aquel puesto con la caballería donde estaba el capitán D. Martín de Arce con orden de que dando el asalto el enemigo peleasen y defendiesen las cortaduras hasta el último esfuerzo y que a la puerta del Socorro a la punta y cortadura de la estacada donde estaba el capitán de caballos D. Fernando Laverni y de infantería Martín López ejecutasen la misma orden.”
 
               Como ya he dicho, nos asaltó el enemigo con todo su ejército por todas partes, la espada en mano a cuerpo descubierto: a la estacada con hachas de a dos manos, granadas y todo género de artificio de fuego, con que por el mucho aprieto del enemigo a los ataques de la puerta principal y de la del Socorro, procurando con todo su poder ganarnos aquel puesto para contarnos la guarnición que se hallaba en la estrada encubierta, que era todo lo que teníamos, donde cortó cantidad de estacas en un instante y entraron dentro la espada en mano, a que se hizo valerosa resistencia rechazándolos dos veces con mucha pérdida de gente.
 
               Al mismo tiempo se peleaba por todas partes, hasta que la extremidad obligó a retirarse de cortadura en cortadura, hacia la puerta de Socorro donde siempre el enemigo apretó con gran fuerza, y se mantuvo aquel puesto todo el tiempo que hubo menester para la retirada que no teníamos otra a la plaza. Fortificose el enemigo y se alojó a los pies de las cortaduras de la puerta principal, y por toda la estacada que miraba a sus ataques conociendo que el enemigo se había señoreado de la mayor parte de la estrada encubierta y que solo se mantenía aquella parte de la puerta del Socorro, que no se podía perder tiempo, y no poder desalojar el enemigo por la poca gente con que nos hallábamos y tan trabajada, di orden al capitán D. Fernando Lavene retirase al gente con que se hallaba por la necesidad que había de ella dentro de la plaza por sr muy poca y haber gran cantidad de muertos y heridos de mala calidad y la mayor parte de los oficiales; y se terraplenase la puerta y se defendiese la muralla proveyéndose y preparándose para defender las brechas que había en entrambos baluartes, que según el daño que hacía en ellos la artillería, era para ponerlas en dos horas entrambas en tierra, en cuyo tiempo hice juntar a los oficiales para saber la gente que podía tomar armas, así caballería, como infantería y las armas de fuego que había de servicio, por haberse reventado y hecho pedazos la mayor parte de ellos con la continuación de disparar.”
 
               “En los almacenes no las había de respeto y fue tan corto el número para la defensa de las brechas de los dos baluartes y guarnecer la muralla por el riesgo que tenía de ser asaltada, y por prevenir lo que podía suceder y la falta de todo representé a todos los de la junta del aprieto en que nos hallábamos y que debíamos por el servicio del Rey y nuestras honras, con firme constancia sacrificar las vidas, que cada uno debía sus soldados, que me dijesen la buena opinión que tenían de ellos, a que respondieron todos que la gente estaba muy trabajada y fatigada por el continuo trabajo de la estrada encubierta; de antes del sitio y después de puesto peleando incesantemente de día y de noche, sin tener muda ni lugar de apartarse de sus puestos sinó al estar bajo la estrada encubierta y al amparo de las estacas y portillos que rompía el enemigo, ni podían ya sufrir el mosquete en el pecho por tenerlo hinchado y las caras desolladas del continuo disparar y que según el estado en que se hallaban se podía recelar mucho el asalto general a las brechas y por todas partes porque la gente que podía servir para la defensa era la caballería y la infantería era muy poca y en el estado referido y que de las milicias no había que esperar nada, antes nos podíamos prometer de ellas con toda certeza una gran confusión llegando el caso.”


               “Discurriendo en esto el Domingo a la noche 22 de noviembre hizo llamada el enemigo diciendo que el Conde de Prado hacía saber al gobernador de la plaza que los dos baluartes de los ataques estaban minados con tres minas y en estado de volarlas antes de dos horas y que así mirasen los medios que querían tomar; a lo que se respondió que estos recados eran buenos para otros y no para soldados de tanta reputación como los que defendían aquella plaza y que así hiciesen volar las minas que con mucho gusto estábamos esperando el asalto y morir en la defensa de la plaza y volviendo a insistir en ello diciendo que la piedad cristiana les movía a volvernos a decir el estado de las minas además del en que estaba la plaza que no podíamos ignorar, para que en ningún tiempo hubiese razón de quejas y que conociendo todos los oficales que estaban presentes los pocos medios que había para la defensa y lo que apretaba el enemigo se respondió que era menester primero que se entrase en pláticas visitar la minas por dos personas que se nombraran para este efecto y lo concedieron, y se nombró al capitán D. Lorenzo Tomás por ser un soldado de toda satisfacción y práctica y a D. Juan Manso, ayudante de ingeniero, por la misma razón y por el conocimiento que tiene de la fortificación, los cuales bajaron y con ellos en forma de criado Domingo do Casal, Maestro de Cantaría, y volviendo hicieron relación de la que habían hallado y visto y que eran dos minas en el baluarte de la Guía muy capaces y tanto que tenían por sin duda volarían todo el baluarte y la cortina y en el otro baluarte correspondiente que miraba a la villa había un hornillo capaz de diez barriles de pólvora que tenían ya en saquillos a las bocas de las minas, y que en la muralla por de dentro era de calidad que si fueran pequeños hornillos bastaban a volar los dos baluartes y la cortina cuanto más de la calidad que eran, y estando tan desmoronados de la artillería.”
               “Visto esto por todos los oficiales que se hallaban en la plaza, demás de las razones referidas, no haber tenido en tantos días de sitio noticia, ni aviso de nuestro ejército habiéndolo por tres veces dado yo del estado en que nos hallábamos, y todos tres llegaron a salvamento; ni tampoco que en todo este tiempo se le tocó al enemigo una arma, ni se le causó la menor inquietud, no teniendo fortificación ninguna contra la campaña sinó solo sus guardias avanzadas y se observó esto con gran cuidado, porque tenía determinado, inquietándose el enemigo, y poniéndose en batalla, hiciésemos salida a los ataques, porque de buena razón debíamos creer no estarían con todo el refuerzo que siempre tenían, fueron de parecer que se capitulase lo mejor que se pudiese como se verá en la capitulación, y es de saber que en todo el discurso del sitio nunca hicimos llamada al enemigo, que las que hubo todas las hizo él.”
               “Cuando entré en aquella plaza, estaba en estado que con el ejército que el enemigo tenía, no era empresa de doce horas, porque la defensa que se hizo yo la trabajé con el cuidado que podrán todos decir e inmenso trabajo por ser el terreno muy mala calidad, hice la estrada encubierta de parapeto y estacada, con todo desvelo, y sin embargo se acabó de cerrar días después de haber entrado el enemigo en este Reino, no fue posible echar la tierra a toda por no haber gente con que llegarla; y por esta razón gran parte de ella no tenía ninguna…”
               Hasta aquí el documento que se conserva en el archivo de la Academia de la Historia.
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