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Nuestra guerra con Portugal (1665, continuación)

ARQUIVO
1665 (continuación)

               Desde Burgueira marchó por la antigua vía romana a San Ciprián, Borreiros y Donas hacia el valle Miñor,  donde destruyó los pueblos de Gondomar, Panjón y otros del mismo valle y del Fragoso. Intentó el general portugués realizar estas criminales hazañas también en la plaza de Bayona, aprovechando las tinieblas de la noche para asaltarla y quemarla, pero extraviados los soldados por la oscuridad y cansados por el temporal que se desencadenó, regresaron de las avanzadas a su punto de partida, sin haber logrado su intento. Las baterías de Monterreal contribuyeron a esta fuga.
               Desde Panjón marchó el ejército invasor hacia la villa de Bouzas que era entonces villa rica y floreciente por los armadores que la habitaban. Constaba de unos setecientos vecinos con ricos almacenes de diversos géneros y azúcar, pero carencia del más rudimentario medio de defensa, por lo cual cayendo sobre ella el ejército portugués robó todo lo que pudo llevar e incendió lo que era de imposible transporte.
A Vigo no se atrevieron a acercarse los lusitanos. ¿Qué hacían entretanto nuestras tropas que no salían al encuentro del enemigo para cortarle el paso y hacerle retroceder? Veámoslo.
D. Luis de Poderico, que había sido ayudante de campo de D. Juan de Austria y era Virrey de Galicia desde 1663, pudo a duras penas reunir un ejército de cinco mil infantes y ochocientos soldados de caballería y vino al lugar de estos sucesos, estacionando sus fuerzas en la Portela de San Colmado, entre San Pedro de Cela y San Manuel de Zamanes. Habiendo llegado a los generales portugueses estacionados en Bouzas la noticia de que aquel acampaba en San Colmado, el Conde de Prado resolvió atacarle, pero el general español, no fiándose en las ventajas del lugar ocupado, se retiró a Redondela y de allí al otro lado del Puente Sampayo, dejando así cobardemente abandonada o indefensa aquella comarca. Los portugueses ocuparon entonces a San Colmado y el Gobernador portugués envió una partida numerosa de su gente a quemar la villa de Porriño donde el ejército español tenía organizadas las fábricas de galletas y las factorías de harina. Ejecutaron estas órdenes destruyendo los molinos, arruinando las fábricas y destrozando las maquinarias que no podían transportar. El paso de los portugueses aseméjase al de los bárbaros que en los días del siglo V asolaron los países meridionales de Europa[i], pues, según consigna el MERCURIO PORTUGUÉS, periódico que publicaba en Lisboa aquellos días los sucesos de la campaña y al que seguimos fielmente en esta relación, los valles de Rosal, Miñor, Fragoso y Porriño, abundantísimos y los mejores de Galicia, quedaron destruidos, quemados y arrasados con pérdida para siempre lamentable para el país. Los robos de frutos, dinero y otros objetos de valía cometidos por la soldadesca no son para ser descritos, pues equivalían a un capital grandísimo.
Y mientras todo esto sucedía el Gobernador de la plaza de Vigo, D. Diego Arias Taboada, que era Maestre de Campo, estaba tranquilo, encerrado con sus fuerzas en los castillos de Vigo, consintiendo que el enemigo pasase victorioso por la comarca, sin intentar siquiera salirle al paso[ii].
Cuando todos temían que el ejército portugués iba a caer sobre Tuy o Salvatierra, este retrocedió hacia La Guardia, decidido a conquistarla y reducirla a la obediencia del Rey de Portugal.
               Era el día once de Noviembre cuando a nuestra villa llegó la primera avanzada de caballería, donde tomó posiciones, sin mayores dificultades, para el asedio de la villa y de su fuerte de Santa Cruz.


[i] En uno de los libros parroquiales de Santa María de Vincios se consigna en una nota, con fecha de 5 de Noviembre del año 1665, que los portugueses, en las diversas parroquias donde cayeron en su devastadora marcha, robaron las iglesias y cometieron tales tropelías que más bien pareciera un ejército de infieles que de soldados nacionales y cristianos.
[ii] Esta conducta fue duramente censurada por los demás generales del ejército gallego quienes pasando de las palabras a otras manifestaciones le hicieron objeto de graves desaires.
Ante esta conducta dirigió aquel al Capitán General de Galicia una razonada e interesantísima comunicación que puede verse en la Historia de Vigo por D. José de Santiago p. 382 y siguientes.
VIII
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