Nemesio el Descubridor - galiciasuroeste

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Nemesio el Descubridor

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NEMESIO EL DESCUBRIDOR

 
En esta página que NUEVO HERALDO dedica a La Canosa ya dar a conocer nuestro aeródromo, no pueden dejar de figurar, en lugar preferente, unas líneas que nos hablen del que fue sudescubridor y es su más entusiasta propagandista: el capitán aviador don Nemesio Álvarez Sánchez. Es este prestigioso hijode La Guardia acreedor, por este solo hecho, de la gratitud desus paisanos.
A él, principalmente, se debe que nuestro campo no sólo exista, sino que sea visitado y conocido hoy en todos los medios aeronáuticos de España.
El lo descubrió. Cuando el simpático rapaz que todos conocimos, lleno de inquietudes y de graciosas y ocurrentes “pendjás” –bien haya la rama que al tronco sale-, llegó a ser todo unseñor piloto militar y un buen navegante del aire, pensó que,gracias a su avión, la distancia entre Madrid y La Guardia era un paseo poco más largo que el que diariamente hacía entre la Alameda y Fedorento y, con la rapidez y dinamismo que siempre le caracterizaron, se dijo: “Tengo que venir a La Guardia en aeroplano”. Pero ¿dónde tomar tierra? Alguien entonces le indicó “En la Canosa, quizás”. Fuimos a verla, y apenas puso el pieen la isla nuestro buen Neme, rompió en exclamaciones de este calibre: “¡Bestial! ¡Aquí! ¡Allí!. En cualquier sitio tomo yo tierra con una avioneta o con el Dornier gigante”. Dicho y hecho. De regreso a Madrid recibimos de él una carta: “Pinta con cal en un trozo de campo cuatro ángulos y hecha a las vacas fuera de esa zona”. El día de la fiesta del Monte se acuerda sin duda de lo bien que estaría allá arriba y solicita permiso para venir en vuelo a La Guardia. Los naturales reparos respecto a la seguridad que ofreciera el aterrizaje en sitio hasta entonces desconocido paratal finalidad, fueron prontamente vencidos por la seguridad que sus opiniones inspiraban. Yconseguido de los jefes la oportuna autorización, surge la dificultad de disponer aquel día precisamente del casi indispensable mecánico que le acompañase a un lugar cuyos elementos de auxilio, caso de una posible avería, se consideraban nulos. “No importa. Me voy solo”. Ycomo Lindberg, como los buenos, se levantó en Madrid por la mañana y a la una de la tarde, cuando mayor era la animación en lo alto del Tecla, una mano amiga saludaba desde un Havilland a sus paisanos en fiesta. “¡Es Nemesio! ¡Nemesio!”, gritaban todos. No exagero nada si os digo que varios hombres maduros –no hablemos de la emoción en las mujeres y los niños- lloraban de entusiasmo y de cariño al ver como el rapaz travieso que habían conocido pasaba una y otra vez con alarde de maestría entre el Facho y San Francisco, zumbando los 300 H.P. de su motor Hispano. Abajo, en La Canosa, solos su padre y un amigo, esperaban confiados la llegada de Nemesio. Los demás, que de antes no conocían su propósito, habían preferido, un poco escépticos o un mucho hambrientos, no perder las empanadas rociadas con blanco del Rosal o de las Eiras. ¡Qué algría al abrazarle! ¡Qué de achuchones le dieron al llegar arriba! ¡Qué trompa te hacen coger, por poco, a fuerza de tanto obsequio líquido!
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