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Mirador del Tecla

Arquivo 2021
El Pueblo gallego.
Año XXXII. Nº 10.663 del 26 de abril de 1956
 
Rincones de Galicia
 
El monte de Santa Tecla es una de las más bellas atalayas mundiales
La tradición religiosa.- El estuario del Miño.- Una marina perfecta con un marco insospechado
Por Oilegor
 
 
El Monte de Santa Tecla está considerado como una de las mejores atalayas mundiales.  Eleva sus 360 metros sobre la riente y progresiva villa de La Guardia, confín meridional de nuestra provincia, en el ángulo de la costa y el estuario del Miño.
 
Es uno de tantos "fachos" esparcidos por toda Galicia, si bien quizá el de más nombradía, no ya por su belleza incomparable e inconfundible silueta sino por su historia y su profunda tradición religiosa,
 
Es evidente que en el Tecla ha existido una antigua población, cuyo origen se sitúa a finales de la primera Edad de Hierro, en la época hallstática, ya que así ha quedado demostrado por los hallazgos allí recogidos. Es indudable así mismo que en dicho monte fundaron los celtas una gran ciudad con casas circulares, ornamentadas con decoración de trenzados, rosetas y espirales; cerámica riquísima, hogares formados por losas hincadas de canto, hornos, etc. Obsérvanse también en esta citania murallas de defensa, asi como bien trazadas calles.
 
La tradición religiosa de este monte es antiquísima. Se cree que el culto a Santa Tecla, contemporánea de San Pablo, se remonta a la época romana. Lo cierto es que desde muy antiguo, el lunes infraoctavo de la Ascensión se celebra en la ermita situada cerca de la cumbre una gran concentración de miles de hombres para cumplir una promesa de sus antepasados -legado en alas de la tradición- que hoy constituye el Jubileo penitencial del Voto de Santa Tecla de más de seiscientos años de existencia.
 
Es verdaderamente conmovedor como en la madrugada de dicho día, un sin fin de hombres de todas las edades y categorías sociales, suben al monte en una romería silenciosa y penitencial, para agradecer a la Santa, año tras año, el haber reducido a sus ascendientes una angustiosa situación derivada de una sequía de siete años. Agrupados por barrios y parroquias, vense los vecinos de La Guardia, Salcidos Pasaxe, Camposancos, etc. -la mayor parte, hombres del mar- subir con un rezo entre labios por el hollado sendero del Vía-Crucis para asistir en la cima a los ritos litúrgicos que allí se celebran, igual que hace seis siglos. Respecto a su belleza, el Facho de Santa Tecla no tiene Igual. Enhiesto sobre los bucólicos valles del Miño y El Rosal, desde su cumbre se domina un extenso horizonte que abarca en días de visibilidad los montes del Avión en Cañiza, Laboreiro en Orense, Barbanza en Coruña y macizos portugueses. Cuando el crepúsculo se cierne sobre el Miño, pausado y fuerte, es de verdadera maravilla contemplar sobre la cima del monte, oyendo allá abajo el rumoroso lamer del océano en la costa. En la actualidad, Monte de Santa Tecla es una cita obligada del turismo internacional.
 
Los vigueses tenemos ocasión de visitarlo durante el verano con relativa frecuencia, merced a las excursiones que a él se realizan por empresas particulares y sociedades recreativas y deportivas. Precisamente para el próximo día 29 de abril se verificará la primera de este año por el Club Montañeros Celtas quien, siguiendo su trazado de ir popularizando los más bellos lugares de Galicia, pone a disposición de sus asociados y vigueses en general la ocasión de disfrutar de tan bella atalaya, quizás en una de las épocas más propicias para apreciar la impar belleza del Tecla.

El Pueblo gallego, rotativo de la mañana.
Año XXXII. Nº 10.663 del 26 de abril de 1956
 



 
 
Paisaje miñoto
por Eugenio Fernández Almuzara S.J.
 
 
Pláceme hoy abandonar los temas transcendentales y fijarme en el paisaje. El paisaje es una manifestación de la hermosura de Dios que anda derramada por el mundo. Hay paisajes fáciles y paisajes difíciles; paisajes francos y habladores cuya belleza penetra en nuestro espíritu a la primera mirada; y paisajes mudos y reconcentrados cuya belleza sólo comprendemos tras largo estudio y meditación. Нау, asímismo, paisajes que gozan de brillante estimación y prestigio en la memoria de las gentes, y paisajes sumidos en la oscuridad y el olvido. Famoso es, en Galicia, el paisaje de las rías bajas. En cambio, ¿quién se acuerda del paisaje del Mino? Y, sin embargo, el paisaje miñoto tiene bellezas y excelencias poéticas que no tienen otros paisajes. Para celebrarlas y cantarlas han compuesto nuestros hermanos los portugueses una copiosa literatura. Los españoles no hemos reparado nunca en ellas. Cuando más, nos contentamos con subir a la cumbre de El Tecla y, vueltos desdeñosamente de espaldas al río, nos abismamos en la contemplación del mar infinito disparando como una flecha nuestra fantasía por todas las rutas de los barcos en persecución de mil ideales aventuras. Ni una mirada, siquiera, para el Miño que, allá abajo, discurre lento y silencioso; por el ancho valle, de blando suelo, verde y húmedo; para las colinas y las sierras cubiertas de pinares que, lo circundan; para los campos de vides y maizales donde los campesinos ponen la nota lírica de su canción.
 
El Miño es regular, limpio y transparente, como todos los ríos gallegos. Tiene rápidas pendientes, plateadas torrenteras y blandos remansos. Unas veces corre precipitado y fugitivo. Otras, se detiene y descansa para contemplar extáticamente la hermosura del cielo y de la naturaleza circunstante. En la desembocadura, cerca de La Guardia, se dilata extraordinariamente y forma una especie de lago que, por estar poblado de blanco caserío en ambas orillas, a mí me recuerda el Alster en Hamburgo. Yo le he contemplado muchas veces desde el vecino colegio de Jesuitas de Camposancos. Y es particularmente poético a la hora del ocaso, cuando los altos montes que le rodean se tornan azules semejando olas que avanzan, tierra adentro, desbordándose del mismo río. Todo está en calma en esa hora solemne. Llegan a nosotros, claros y distintos, el sonido de las campanas, el graznido de las gaviotas, el silbido del gañán que conduce las vacas al establo, el ruido del automóvil que corre por la carretera y el martilleo de los marineros que reparan en el puerto las naves. Y todo tiene calidad de música y, siendo tan distinto, se armoniza sirve de fondo al canto del pájaro que desde el cedro del jardín se levanta claro y sonoro despidiendo al día. Y su canto es suave y ondulante y tiene algo de vaporoso, como la niebla sutil que a esta hora sube por el cauce del río y que, herida por los últimos rayos del sol, parece una malla de oro flotando sobre las aguas.
 
De vez en cuando, la niebla fugitiva parece disiparse, y podemos ver, a la luz del crepúsculo vespertino, las casas y los huertos de la orilla portuguesa; el prado y el bosque; los árboles que trepan monte arriba a la conquista de la cumbre y las casas que suben también tras ellos como ansiando descubrir tierras y contemplar más amplios horizontes. Y aquí vemos el mejor símbolo de la raza hispánica que hallando un día estrechos los cielos nativos, se lanzó a la aventura de descubrir otros nuevos más allá de los límites de los mares conocidos.
 
Cuando así pensamos, el cielo se va arrebolando y encendiendo y refulge como un ascua de oro por la parte donde se pone el sol, Y esclarecido por su lumbre, todo se magnifica y hermosea. Y es dorado el río; doradas las arenas de las orillas, doradas las casas; dorados los bosques; doradas las cumbres de los montes, y hasta el coche que en este momento corre por la ribera portuguesa, al reflejar en los cristales los rayos del sol, parece una flecha de oro que divide el paisaje con fulgores de relámpago. Y el Miño sigue dormido y silencioso como si de nada de esto se percatara. La brisa riza suavemente sus aguas y una nave que entonces lo cruza pone sobre él la gracia blanca de una vela latina.
 
Apenas se hunde el sol, se levanta la luna de los pinares vecinos y su resplandor es primero un camino de oro en el agua y luego un fulgor de plata en toda la extensión del río. Entonces suena la campana de la Iglesia vecina anunciando la oración y la hora de la queda. Y sus notas agudas y prolongadas se clavan en el cielo haciendo lucir a las estrellas. Y la última campanada, más larga, más grave y más sonora se clava más profundamente en el firmamento y nos da el destello de un lucero que repentinamente se enciende como evocado por ella de las sombras.
 
El Correo gallego.
Nº 21.522 del 2 de marzo de 1941
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