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Curiosidades de la vida guardesa a mediados del siglo XIX

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Xunta palla, xunta palla,
pra facer un palleiro,
i-e no canastro bó millo
pra non traballar no inverno.

Curiosidades de la vida guardesa a mediados del siglo XIX
por Julián López Ríos
 
 
         En estos tiempos de medios fáciles y rápidos para comerciar y viajar, resulta curioso y aleccionador el recordar la lentitud y dificultades de todo orden, que esas mismas actividades envolvieron en La Guardia, no sólo en tiempos antiguos, sino también en los relativamente próximos -mediados del siglo pasado-, y que ya desconocemos.
         Mi bisabuelo Juan A. García Baz tuvo su tienda mixta en la Plaza de España, en el mismo sitio en que aún hoy la continúa una descendiente, y en el cual alguna vez ató sus vestias el ambulante Simeón, antes de ser don Simeón García.
         Por un libro copiador de sus cartas comerciales y particulares de los años 1847 y siguientes, se ve como el comercio se hacía en gran parte directamente con Sevilla, sin duda como secuela de aquel desatinado privilegio de exclusividad de comercio y embarque de pasajeros que por siglos disfrutó con el Nuevo Mundo, y que sin duda fue importante factor de la decadencia de España, privilegio que al fin cesó en 1765.
         A la dicha ciudad se remitían pipas y barriles primero por el “galeón” hasta Bayona, y desde aquí en bergantines, goletas, fragatas… hasta Sevilla, en donde se llenaban de aceite de “Málaga”, vino de Jerez y vinagre; de allí se traían Igualmente azúcar “florete” del que llaman «quebrado blanco”, azúcar terciado, jabón, higos, pasas, canela, clavo, café, palo campeche, barajas, escobones de palma blanca, escobas “molineras”, librillos de papel de fumar... Estas mercancías venían aseguradas en los veleros a Bayona y alguna vez a Vigo, y de estos puertos en el “galeón” o lanchas hasta La Guardia o El Pasaje y, naturalmente, cuando el invierno o los temporales dificultaban la navegación, ocurrían las frecuentes escaseces. De las dichos mercancías, especialmente azúcar, aceite, lienzos crudos, librillos de fumar… se exportaban a Portugal.
         Este tráfico se completaba con el que se hacía por carromatos… “le estimaré al que escogió los instrumentos musicales en Madrid, escoja una tercerola y la remita por el Maragato.” Estos carros también traían el aceite desde Sevilla, envasado en tinajas de barro, que descargaban en domicilio, pues como se advierte por el encargo de la tercerola y el envío de los vacíos para llenar, las vasijas de madera no abundaban. En un pedido a Sevilla hace curiosas advertencias “Remítame diez barajas para el tresillo, las últimas que costaron a 21 reales docena, no se pueden barajar, es preciso que sean lisas, para que corran al dar, vea Vd. si hay de unas que dicen, fábrica de Madrid de hilo. Ahora tenemos Circo y se gastarán más, si salen a nuestro gusto.” Este Circo o Círculo, acaso sea la primera spciedad de recreo guardesa, y según mis noticias y las que dan los 94 años del señor J. Rolán estuvo en una casa que aún existe en la calle de Colón, esquina Norte a Rúa do Pozo.
         El comercio con Sevilla decrecía a medida que surgían mayoristas en Vigo, y señalemos que en esta época el principal proveedor de tejidos era don A. Román Devesa, de Porriño, al tiempo que se iniciaban las relaciones directas con Barcelona; artículo de gran venta eran las gorros, renglón que dominaba doña Magdalena de Haz, de Vigo.
         Los pagos y remesas también eran complicados. Con las plazas próximas Bayona, Tui y Vigo se solían emplear especies metálicas, indicándose además el peso de la calderilla, «Por dicho patrón (el del galeón, M. Pereiro) remito a usted tres mil reales, dos en plata y oro, y uno en cobre, éste lleva de peso neto 75 libras y 10 onzas y el saco 25 onzas, que son en bruto 76 libras y 15 onzas, todo gallego.” En otro envío... “mil reales en calderilla, pesa el saco tres arrobas y dos y media libras gallegas.”
         Por esos años, la mayor parte de este movimiento se hacía por medio de letras, actuando don Juan A. García como banquero local, en estrecha relación con lo importante firma de Tuy, Andrés Mazeira y Hermano, que tenían corresponsales en muchas partes.
Repetidas veces los letras andaban endosadas de mano en mano «Incluyo a Vd. la adjunta letra girada en Madrid, para don G. Ruiz y favor de los señores Ribas y Rodríguez, éste endosó a don Romualdo Zéspedes, y éste a don B. Alonso, contra don A F. Ruiz de Vigo, valor 928 reales”.
         En una ocasión, para pagar a uno de sus proveedores, le escribe “En ésta no hay dinero para Sevilla y sólo se halla para Cádiz, pase Vd. a las fábricas de jabón, donde hay muchos del Rosal y de Oya, que le darán a Vd. dinero en esa y le abonarán el 3% y bajo este concepto librar a mi cargo sobre ésta.”
         Industria local de gran importancia, fue la manufactura y exportación de calcetines, que desapareció, por no evolucionar, aceptando el progreso de las máquinas. Los empresarios entregaban hilaza a los particulares y éstos devolvían el mismo peso en obra hecha. De su importancia puede juzgarse por un despacho en el que factura cinco cajones de calcetines, conteniendo 316 docenas surtidos, para hombre, mujer y niño, en tres calidades, por un valor do 10.336 reales. Los mayores despachos eran los destinados a Sevilla y en menor cuantía para La Habana y Puerto Rico, vía Cádiz, y también algunos para Vigo.
         Los viajes a Tuy se hacían en caballería o a pie, y no siempre calzados. Desde aquí había servicio de coches a Vigo, para el que con antelación se pedía la reserva del asiento. En 1852 hicieron este viaje dos señores guardeses acompañando a cinco jóvenes que iban a embarcar para La Habana en el “Dos Hermanas” y se alojaron en la posada “El León de Oro”. Pero antes y aun en esta época, se hacía necesario cruzar la Península, en penoso viaje de muchos días, en las famosas diligencias que salían de Vigo para Madrid (Orense, Lugo, León...) y continuar desde allí para embarcar en Cádiz. Las molestias comenzaban antes de iniciarse el viaje. “Teniendo que marchar a Madrid y Cádiz mi sobrino, preciso se tome la molestia de avisar a la señora Bernarda (de Tuy) para que vengan a dormir aquí, tres caballerías, una de carga y dos de silla, para salir el domingo a dormir a esa y coger el coche del lunes.” Y en otra carta a Vigo encarga el billete para la diligencia “y si puede ser en Berlina.”
         Por consejo médico fue a pasar una temporada o Caldelas, y antes escribe a su amigo don Andrés Mazeira, “Por lo cual le estimaré se sirva mandar Vd. un propio, para de las mejores Barracas, que haya corrientes, me ajuste una, que sea si puedo ser pisada y con la ventana de vidrio, que me aseguran las hay, avisando Vd. el nombre del sujeto, que es para cuando llegue allá, no me encuentre en la calle.” Bien se ve que los alojamientos eran escasos y de extremada pobreza.
         El correo en estos años, ya funcionaba con regularidad: llegaba a las diez de la mañana los martes, jueves y domingos, y salía a la misma hora los lunes, miércoles y sábados.
         En julio de 1853, hace una curiosa consulta a Sevilla. “El señor Abad desea saber cuánto llevan en esa por fundir una campana de 50 a 60 arrobas, mezclándole el cobre que juzguen necesario, pues como es una campana que ya fue fundido tres o cuatro veces, y en esta última no duró ni cuatro meses sana, se juzgó está requemado su metal y que necesita de la mezcla del cobre indicado.” ¿Será esta la campana, que nuevamente está rajada?
         En cartas particulares de septiembre y octubre de 1854 da estas graves noticias. «El cólera ya está haciendo un poco de estragos; en el Arenal, de Vigo, en 24 horas murió la señora Jacoba Lasiote y su hija casada y el marido. Estamos incomunicados con Portugal, y consiguientemente todo paralizado. Hoy hemos acordado varias disposiciones sobre el cólera, que lo tenemos en Bayona, en La Coruña con bastante fuerza y causa estragos por las rías de Pontevedra.”
         En cartas a Tuy en 1850, para una venta de maíz, dice mucho en pocas líneas. “...quiero mejor hacer una venta redonda, que venderlo a las harineras de Goyán. Para fines de éste llega el barco que ha de llevar los 200 ferrados, que hemos ajustado a seis reales y tres cuartos...” Hoy el valor promedio del ferrado es de 100 pesetas, o sea unas 60 veces más. Y con este dato económico ponemos fin a estas curiosas noticias locales de hace un siglo.
   
Julián López Ríos
PRESIDENTE DEu SOCIEDAD PRO-MONTE
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