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Camposancos

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Camposancos.
Radiografía de su historia
por Antonio García Lago
 
  
Los condicionamientos geográficos e históricos, hacen de Camposancos un núcleo de población, social y sicológicamente, cerrado sobre sí mismo, hasta adquirir una idiosincrasia de peculiaridades diferenciales, que suscita una desconcertante curiosidad en el ámbito comarcano. Es indudable que otros factores, no desconocidos, contribuyen también a configurar su modo característico: pero ésta sería otra historia.
 
Confinado por el mar y el río Miño, Camposancos repliega sobre sí mismo recostado en el Monte de Santa Tecla que si no lo aísla, si lo separa de La Guardia y lo orienta, al borde del Atlántico inmenso que distorsiona las dimensiones humanas de sus sueños, hacia la visión de la ajena tierra portuguesa por encima del Miño, anchuroso al morir. Estos elementos naturales lo enmarcan en un cuadro de belleza excepcional, pero, al propio tiempo, lo constriñen en un rincón geográfico que origina su denominación: campos ancos, campos en recodo, del galaico-portugués anco-a, derivado, a su vez del latin ancus=codo, aludiendo a su situación topográfica.
 
El barrio de Sáa es el lugar de Camposancos de más antigua evocación por su estación paleolítica descubierta en los primeros años veinte por los jesuitas portugueses Padres Cruz, Lousier y Eugenio Jalhay, y estudiada por el eminente arqueólogo, también lusitano, Dr. Joaquín Fontes; hallazgo que parece acusar la presencia del hombre allí en época más antigua que la que corresponde a la Citania del Monte de Santa Tecla, aunque más tarde no fuese Sáa más que una parte del conjunto de población, más o menos discontinua, que teniendo su centro en la cumbre de Santa Tecla alcanzaba hasta el Castro de Cividanes. El barrio de Sáa no debió dejar de ser, desde aquella remota época, punto habitado, pues su mismo nombre, que deriva de sala=casal, evidencia esta condición.
 
No alcanza tanta antigüedad la primitiva población de la "villa quam vocitant Campos ancos sub mons Teurega in foce Minci", cuyas rústicas y arcaicas construcciones se conservan recoletas en el paraje de Porta do Rey entre caminos umbrosos de laureles y robles, que guardan al aliento y el misterio de otras vida que allí dejaron las huellas de su existencia.
 
El barrio de Sáa y el primitivo poblado de Camposancos aludido, entretejen la formación del pueblo actual. El Pasaje es de fundación moderna: brota al socaire de la actividad mercantil e industrial allí establecida desde 1830, primero por la familia Español y más tarde por la familia Candeira, si bien la "Barca do Corpo santo", nombre que se le dio desde la muerte de San Telmo, por destinarse las rentas que de ella percibía el Cabildo de Tuy, al Culto del Patrono de la Diócesis, remonta su carácter de privilegio real al año 1125, que fue confirmado en el 1142. En 1876 se funda allí el conocido Colegio de los Padres Jesuitas, que ocuparon sus hermanos de religión portugueses desde 1916 a 1932 en que fueron expulsados, hasta que en 1936 volvió a ser ocupado parcialmente por los religiosos españoles.
Ante los ojos recelosos y asombrados de la referida primitiva población de Camposancos, se fue desenvolviendo, con parsimonia de siglos, sobre el telón de fondo del Atlántico y las aguas propicias del estuario del Miño, (el Ostium Minei de los romanos, el Sel-pupalli de los árabes), citado por Plinio el Mayor, Ptolomeo, Estrabón y Al Xeril Isidri, el desfile de la historia mediterránea que se desvanecía, como la última ola, en las playas de este apartado rincón del mundo, desdibujando el recuerdo del Promontorio Oprovio, del Monte Medulio y de la Abóbriga de los historiadores y geógrafos antiguos.
 
Habrán contemplado la llegada de las legiones romanas que desbordaban la heroica resistencia lusitana, al mando de Décimo Junio Bruto, de Julio César...; La romanización que irradiaba el centro bracarense por las vías "per loca marítima" hasta salvar el Miño sobre el legendario puente construido entre El Pasaje y Camiña por Julio César: la repentina incursión de los vándalos que desembarcaron en las playas de Turonium en el año 445 asolando sus tierras y llevándose cautivas a muchas familias desprevenidas: el desastre por una tormenta de una escuadra árabe junto a la barra del Miño: el paso desde Portugal de las huestes de Almanzor en 997: cómo un día del año 1014 los wikingos noruegos remontan el rio saqueando y destruyendo hasta Tuy capitaneados por Olaf Haraldson, después San Olaf, patrono de Noruega. ¿Quién sabe? Quizá el viejo padre Miño se burle de los secretos de la historia de los hombres archivándolos olvidados en el fondo de su lecho, o cansado los eche al mar después de haberlos ido recogiendo desde Lugo y Orense.
 
Sea de todo ello lo que fuere, lo cierto es que Camposancos entra plenamente en el período histórico poco antes de mediado el siglo XII, y desde entonces se configura como entidad de población hasta resolverse en las circunstancias actuales que le son características y que dan perfil acusado a su fisonomía social.
 
Restaurado en el año 1138 por el Obispo de Tuy Don Pelayo Menéndez el Monasterio de Barrantes que había sido destruido en 997, como La Guardia y Tuy, con monjes benedictinos bajo la dirección del Abad Don Godino, traídos de San Bartolomé de Rebordanes, las tierras de Camposancos pasan a pertenecer a dicho Monasterio durante los años siguientes del mismo siglo XII, por compras, donaciones y privilegios reales, entre los que destaca el dado en Burgos a 26 de Octubre de 1162 por el Rey de Galicia y León Don Fernando II.
Así se formó el "Coto de Camposancos", cuyos moradores, se determina, "sean vasallos del dicho Monasterio".
 
Como era del patronazgo del Obispo de Tuy, al extinguirse el Monasterio en el año 1436, sus bienes y obligaciones, previa resolución del Papa Eugenio IV, pasaron al Cabildo Catedral de Tuy quien, desde aquella fecha vino poseyendo el Coto de Camposancos, no sin eventuales resistencias de sus moradores, con todas las obligaciones y derechos anejos al señorío temporal, hasta que en 1760 el Cabildo acuerda sustituir los tributos trienales de vasallaje, consistentes en treinta reales por cada casa o quince por cada media casa, por un arriendo de las tierras y casas que contenía el Coto a sus moradores "obrando con la equidad y benignidad que acostumbra con todos sus colonos y caseros". Este acuerdo se formalizó al año siguiente ante escribano público.
 
Así continuo hasta que el Estado, en virtud de las Leyes desamortizadoras, despojó al Cabildo del Coto, autorizando la redención de lo que consideró foro y no arriendo, cuya escritura se suscribió en Pontevedra el primero de diciembre de 1870 a favor de los vecinos de Camposancos indeterminadamente, que entregaron al Erario público la cantidad de nueve mil seiscientas veintiocho pesetas, anticipadas en préstamo por el guardés Don Joaquín Alonso Martínez que habla realizado las gestiones para la redención a favor de los mismos.
 
En esta fecha termina la existencia del Coto como tal, si bien vulgarmente, a la parte comunal del mismo que entonces no pasó a propiedad privada, y que antes de la redención se venía aprovechando colectivamente, se le da ahora el nombre de "Coto", lo que en realidad no es más que una parte, la comunal, de lo que fue originariamente, desde el siglo XII, el Coto primitivo que comprendía todo lo que estaba dentro de su perímetro amojonado, incluso las casas y tierras laboradas privativamente.
La parte indivisa o colectiva del Coto primitivo (zonas de Cova da Loba, Forte, Lamiña, Caldeiro, etc.) adquirió desde la redención la naturaleza de bienes comunales del pueblo de Camposancos, para cuya administración se constituyó a raíz y al amparo de la Ley Municipal de 1877 la primera Junta Administrativa de carácter público que fue renovándose ininterrumpidamente hasta que en 1925 le sucede legalmente, y no sin oposición del Ayuntamiento de La Guardia, contra quien sentenció el Tribunal Supremo el 13 de Junio de 1941, la Entidad Local Menor de Camposancos, cuya Junta Vecinal fue restablecida, contra la resistencia del grupo de vecinos de Camposancos que desde 1955 administraba de forma privada el patrimonio comunal, por las Órdenes Ministeriales de 19 de Abril y 13 de Agosto de 1963.
 
Es, pues, el pueblo de Camposancos en la Administración Pública española, una Entidad Local Menor dentro del Municipio de La Guardia, con bienes y jurisdicción peculiares, que se rige por la Ley de Régimen Local y complementarias, y se gobierna, según la legislación vigente, por una Junta Vecinal compuesta por un Presidente nombrado por el Gobernador Civil, dos Vocales elegidos por el Pleno Municipal asistida por el personal especial que considere preciso.
 
Eclesiásticamente el actual territorio de Camposancos era parte de la Parroquia de San Lorenzo de Salcidos y en él existieron hasta el pasado siglo las capillas de San Mauro, de fundación, sino anterior, por lo menos de la época de vinculación al Monasterio de San Salvador de Barrantes, y la de San Telmo en el barrio de Sáa. Se erigió en Parroquia independiente en 1798 prestando sus servicios la nueva Parroquia de La Visitación en la capilla de San Mauro. En 1816 se comenzaron las obras de la actual Iglesia, cuya construcción se terminó, después de varios años de paralización, en 1856.
 
Una circunstancia que, de las numerosas noticias y datos de Camposancos no traídos a esta reseña radiográfica, no se puede silenciar, es que, originado en la Baja Edad Media el partido jurisdiccional de Barrantes dentro de la antigua provincia de Tuy, el Coto de Camposancos se separa del antiguo Concejo de La Guardia para pertenecer a aquella Jurisdicción administrativa como anexo, y no se vuelve a integrar en el territorio municipal de La Guardia sino hacia 1838, siglos después.
 
Es Indudable que la historia de Camposancos desde el siglo XII, ha sido determinante de su fisonomía social característica que tanto sorprende y desconcierta a las gentes de los pueblos limítrofes. No es infrecuente oírles: "As cousas de Camposancos sólo as entenden os camposinos". Ojala fuera así.
   
ANTONIO GARCIA LAGO
Mayo de 1970


Carretera al Pasaje junto a la Alameda
por Juan Domínguez Fontela
  
      
         Eran famosas, hace muchos años, a mediados del pasado siglo (XIX), las barroucas o barreiros de San Pedro. Situadas en el lugar que actualmente ocupa nuestra hermosa Alameda, entre la vieja estrada de La Guardia a Tuy y un angosto camino al Pasaje o embarcadero de Camposancos, aquellas, a la vez que constituían un atentado continuo a la salud pública por el agua, que viniendo del monte durante el invierno, allí permanecía estancada y corrompida todo el año, era también un peligro para la vida del transeúnte incauto que un tanto se descuidase al caminar por aquellos andurriales, entonces bastante apartados de nuestro pueblo.
         Elegido Alcalde Constitucional de La Guardia, hacia el año 1850, el joven abogado D. Domingo Español y Cividanes, entre otras muchas mejoras que realizó en nuestra villa, una de las más importantes fue el saneamiento de aquellos inmundos lugares, cegando sus profundos hoyos y construyendo la carretera que puso a nuestra villa en comunicación con el embarcadero del Pasaje, donde la familia Español poseía el gran edificio y almacenes que constituyen el actual Colegio de Padres Jesuitas.
         No es el caso referir aquí los innumerables obstáculos que encontró en sus gestiones el joven guardés; pero todo lo supo solucionar con energía y viril constancia, despreciando las malévolas insinuaciones y murmuraciones de vecindad con que se trataba de estorbar su obra, bajo el pretexto de que aquellas mejoras eran para que él pudiese ir cómodamente al Pasaje, como si este camino lo hiciese para su exclusivo servicio y como si no beneficiase muchísimo a La Guardia el tener facilidades para trasladarse a Caminha, punto de gran importancia comercial a la sazón y en donde se proveían de mercancías y artículos industriales nuestra villa y las parroquias vecinas.
         Con objeto de efectuar la compra de algunos campos que había al lado de aquellos breñales y barrancos y de redimir ciertas pensiones forales tuvo no poco que luchar con sus propietarios; hacer varios viajes a Tuy y gestionar con la autoridad eclesiástica la demolición de la pequeña capilla de San Pedro al lado del camino, único para el Pasaje donde actualmente está la rampa de subida al hoy clausurado cementerio, y su reedificación, o nueva construcción en el sitio que actualmente ocupa.
         De estas escrituras existen copias en el protocolo Notarial de La Guardia y alguna lleva la fecha 29 de noviembre de 1850. En el archivo municipal de nuestra villa constan estos y otros datos interesantes para el conocimiento de este asunto.
Las obras de relleno de aquellos profundos hoyos, edificación de muros de cierre de la Alameda, plantación de álamos, mirtos y rosales, construcción de bancos, etc, duró todo el año 1851. En el año 1852 estaba casi todo terminado.
         En el año 1853, se celebran por primera vez en esta capilla las fiestas de San Sebastián, que años más tarde alcanzaron gran fama y esplendor, merced al entusiasmo de la juventud artesana de La Guardia, que no perdonaba medio de dar realce a estos cultos y solemnidades.
         Años después por iniciativa de los seminaristas que del año 1860 al 70 había en nuestra villa, fueron también solemnes los cultos y festejos que en honor del Príncipe de los Apóstoles se celebraron en esta capilla nueva de San Pedro.
De todo este culto religioso no queda hoy nada, por la incuria de quienes convirtieron esta hermosa Capilla en depósito de cadáveres de náufragos o víctimas de otras desgracias, pues, hacíase repugnante a todos celebrar fiestas allí donde, aquellos mismos días tal vez, se habían albergado tan tristes despojos de la muerte.
         Hoy, convertida la capilla en almacén de utensilios y herramientas de jardinero, no es menos deplorable el abandono en que se encuentra ¿Cuándo habrá una persona piadosa que restituya este lugar venerable al destino sagrado para que fue erigido?
Fue costeada esta capilla, en gran parte, con las limosnas de otro benemérito hijo de La Guardia, D. Francisco Maravillas, del que en nuestra población a pesar de que dedicó gran parte de su capital a remediar las necesidades de los pobres y para obras públicas, no existe sin embargo otro testimonio de recuerdo y gratitud que una sencilla lápida de granito en la pared del Facho con estas líneas:
GRATA MEMORIA AL BUEN PATRICIO D. FRANCISCO MARAVILLAS DE LA HABANA. REEDIFICADO A SUS EXPENSAS EN 1858.
         La capilla de San Pedro en la Alameda terminose en 1852, según reza la inscripción grabada sobre el dintel de la puerta de la misma capilla.
  
Juan Domínguez Fontela
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