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Biblioteca Circulante

ARQUIVO
Centenario de la Biblioteca Circulante de la Sociedad
Pro-Monte Santa Tecla (1921-1939)
Por
Joaquín Miguel Villa Álvarez
Historiador
 
 
           En junio de este año 2021 se cumple el centenario de la primera biblioteca pública de A Guarda en toda su historia. Un acontecimiento que merece la pena resaltar, dada la trascendencia cultural que tuvo en su día para tantos y tantos guardeses de la época, especialmente los de menos recursos, quienes de otra forma no hubieran podido acceder a las lecturas que conformaron para siempre su formación intelectual. Y para recordar este hecho, decididmos repasar la historia que realicé en su día de esta biblioteca, que figura en los dos primeros tomos de la   Sociedad Pro-Monte Santa Tecla: Tomo I (2004), pp. 311-314; y Tomo II (2014), pp. 290-299.
 
           En efecto, en junio de 1921, nueve años después de su fundación, la Sociedad Pro-Monte  Santa Tecla (1912-1979) va a abrir la primera biblioteca pública de A Guarda, con sede en el propio local del museo arqueológico que había creado en 1917 en el centro de la  villa. La Pro-Monte prestaba así un servicio más a la sociedad guardesa de la época poniendo al alcance del público en general la lectura o consulta de diferentes obras, muchas de las cuales eran de difícil acceso para la inmensa mayoría de la gente. Se creo como biblioteca circulante, esto es, se prestaban libros con la condición de ser devueltos a los quince días. La petición y devolución de las obras era los domingos de once a doce de la mañana.
 
            Las bibliotecas circulantes fueron las antecesoras o precursoras de las bibliotecas públicas. Nacieron en el siglo XVIII, en al época de la Ilustración, y algunas  permanecieron hasta bien entrado el siglo XX. Los dueños de estas bibliotecas eran libreros, editores o comerciantes y no necesariamente bibliotecarios. En las bibliotecas circulantes se pagaba una suscripción (anual, trimestral, mensual o semanal) por el derecho de uso  de la biblioteca y por el alquiler de libros. No fue el caso de la Biblioteca Circulante de Pro-Monte que fue siempre gratuita. A pesar del carácter lucrativo, no cabe duda de que las bibliotecas circulantes sirvieron a los intereses de lectura de las clases no privilegiadas y que contribuyeron a la expansión de la literatura. Y también facilitaron el acceso a la lectura de las mujeres, principalmente de escasos recursos, desde luego no consideradas en aquella época como sujetos lectores de cultura lectora.
 
           La idea de abrir una biblioteca había surgido ya al poco de fundarse la Pro-Monte, cuando el socio y afamado pintor Manuel Ángel Álvarez escribió desde Madrid al secretario Pacífico Rodríguez para que la sociedad intentara un ensayo de biblioteca circulante popular, «a manera de las que funcionan en Madrid». Manuel Ángel Álvarez (1855-1921) fue el encargado de obtener los permisos oficiales necesarios para realizar las primeras prospecciones arqueológicas en el monte Santa Tecla. Se había trasladado a Madrid en 1873 para estudiar en las academias de la capital gracias a la ayuda económica de su hermano Ángel María de Ángel Álvarez, emigrado en la isla de Cuba. Sin embargo muy pronto tuvo que trasladarse él también a aquella Antilla para ayudar en los negocios familiares. Allí estuvo entre 1875 y 1881, años en los que alcanzó gran renombre como pintor mientras los negocios quebraban. Tras regresar a España se estableció definitivamente en la capital donde trabajó intensamente el resto de su vida como redactor artístico de los periódicos Nuevo Mundo y El Liberal, y sobre todo como ilustrador de la afamada editorial Calleja.

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