Vía de la Plata

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Sevilla-Santiponce (10 km)

1 septiembre 2005

Tras once horas y media en tren, Vigo-Madrid; Madrid-Sevilla, y antes una hora y media en autobús (A Guarda-Vigo), y traslado en taxi (estación de autobuses a la de ferrocarril, en Vigo, y de Chamartín a Atocha, en Madrid),por fin, Sevilla. Son las 11.35 h de la mañana

Para quienes utilizar el tren es anecdótico, el viaje no se hizo pesado. 

En la estación de RENFE, en Vigo conozco a Sudoku. Resulta divertido, buen compañero y, con él, la espera, hasta que el tren parte (22.20 h), se abrevia. No soy aficionado a los pasatiempos, de modo que me sorprendo de no rendirme antes de que salga el tren, aunque confieso que ya me despedí de él en Sevilla.

¡Sevilla! Allí me espera Juan Carlos que llegó un día antes desde Rubí (Barcelona). Aprovecha los días de vacaciones, apenas diez jornadas que tiene, para iniciar el Camino. Desde el 28 de septiembre de 2004, después de hacer el Camino del Norte -fue un Camino especial en mi vida- nos volvemos a reencontrar para emprender juntos la Vía de la Plata. Fue un abrazo emocionado en la estación de Santa Justa...

  

El Camino nos reclama, pero cómo iniciarlo sin conocer la ciudad que marca nuestro kilómetro 0. Juan Carlos es mi especial cicerone en Sevilla. Y mientras me cuenta sus nuevas, recordamos al grupo del Norte, la otra familia que ya tenemos: Carla, Carmen, Kike, Roser, Josep y, también, a Susana que nos "acompañará", de alguna manera, hasta Mérida.

Recorremos las rúas sevillanas, nos detenemos aquí y allá, y nos internamos por estrechas callejuelas...

Contemplamos largamente las fachadas de los edificios, concluyendo, después de lo visto, que hay que volver a Sevilla...

No nos resistimos a inmortalizarnos, en la Plaza de España, cada uno con la representación de su provincia: Juan Carlos, Barcelona; yo, Pontevedra.

Incumpliendo nuestro horario, habíamos previsto comenzar a caminar a las cinco de la tarde, son ya más de las siete y media cuando nos despedimos del Santiago Peregrino que nos bendice desde una de las arquivoltas de la catedral sevillana.

Cruzamos el río Guadalquivir por el puente de Triana (entonces me invade una sensación extraña. Los recuerdos de la niñez cuando memorizábamos los grandes ríos de España. Nunca pesé que llegaría a ser testigo del paso de sus aguas). Dejamos atrás la Torre del Oro y, poco después, la capilla del Cachorro.

A las ocho y media cruzamos la plaza de Camas, presidida por la iglesia bajo la advocación de Santa María de Gracia, y es noche oscura, cuando alcanzamos, en Santiponce, el monasterio de San Isidoro, mandado construir por Guzmán el Bueno. Desgraciadamente, aquí no tenemos cobijo. Hace algún tiempo, nos dicen vecinos del lugar, que dejó de ser hospedería. Nos recomiendan la casa de la señora Carmen, que ofrece habitaciones a 15 euros. Seguimos las indicaciones y, en la calle Manuel González Rodríguez, preguntamos a una señora que está a la fresca. Ella es la buscada señora Carmen.