Vía de la Plata

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Garrovillas-Grimaldo (21'1 km)

14 septiembre 2005

Cruzamos la peligrosa N-630 y ascendemos por la ladera del monte, desde donde observamos el río Tajo cuyas aguas alimentan el embalse de Alcántara. Juan saldrá más tarde.

Las jaras destacan sobre estos terrenos ocres en los que los mojones, que marcan el Camino, siguen siendo una ayuda para no tomar sendas equivocadas

Aunque aparentemente cercadas, las vacas invaden también el sendero por el que caminamos, pero no se inmutarán a nuestro paso. Ellas a lo suyo.

En la distancia vemos Cañaveral...

...pero pese a los carteles invitándonos a entrar, desistimos de abandonar nuestra ruta y seguimos hacia La Estación con ánimo de reponer fuerzas en esta localidad

    

Sin embargo no nos detenemos. El bar nos indican que queda más atrás. Queremos ganar tiempo en una mañana calurosa. Pasamos por una embotelladora de refrescos y la boca se nos hace agua. Unos ciclistas nos dan alcance, y luego nos superan, cerca ya de la ermita de San Cristóbal...

...ellos ascienden el duro repecho del Puerto de los Castaños, también a pie. El calor, los kilómetros ya caminados y el peso de las mochilas, nos restan agilidad en esta dura subida.

Una vez superada la pendiente, nos aguarda un sendero protegido por la sombra de los pinos

 

El albergue de Grimaldo, que fue la antigua casa de la maestra, es modesto; sin especiales comodidades, pero acogedor. Y en esto tiene mucho que ver la hospitalera Adela, amable, cordial y que regenta la tienda-bar que está pared con pared con el albergue. Grimaldo apenas llega a los 80 habitantes. En una pared cuelga un escrito de unas peregrinas alemanas que hacen un donativo para su arreglo que, de verdad, precisa de la colaboración de todos.

Recorrer Grimaldo es cuestión de minutos, al menos el Grimaldo que nosotros conocimos. Una visita a su iglesia y contemplar la torre del castillo, además de descansar en el parque a orillas del río, en el mismo entorno de ambas edificaciones, ocuparon parte de nuestro tiempo.

Hasta el albergue llegó Juan, pero tras comer en el bar de Adela, y tirarse una siesta hasta las cinco y media de la tarde, reemprendió el Camino con una tela, a modo de turbante, envuelta en la cabeza que le daba un aspecto árabe. 

Cuando decidimos retirarnos a dormir, y cuando el sueño parecía querer instalarse ya, nos toca concierto. En el interior de la casa canta un grillo que suena aún más alto que en el campo. Me levanto, trato de localizarlo, pero, como es de suponer, deja de frotar sus élitros. Al poco rato, vuelve otra vez. Es ahora Carla quien lo busca. A la tercera fue la vencida, hago la "espera" y consigo localizar su cobijo que cierro con un trozo de papel. A la mañana siguiente, ya le devuelvo la libertad.