Vía de la Plata

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Santiponce-Castilblanco de los Arroyos (31,2 km)

2 septiembre 2005

A las siete de la mañana suena la alarma del móvil. Es la hora convenida para abandonar las sábanas tras una noche calurosa en Santiponce que nos obliga a dormir con las ventanas entreabiertas. Las previsiones apuntaban a iniciar la segunda jornada a las siete y media. Juan Carlos duerme y no me atrevo a despertarlo. Así que un día más, demoramos el inicio de la marcha. Este relajamiento en el horario, imperdonable para quien lleva hechos tres caminos, nos pasará factura cuando tomemos conciencia del tiempo que necesitamos para poder llegar a Santiago y que es de obligado cumplimiento aprovechar más las horas.

Dejamos atrás Santiponce con sus ruinas -la romana Itálica- y, tras pasar el eucaliptal que sirve de referencia a los peregrinos, vamos dejando nuestras huellas sobre una larga pista que forma parte del itinerario que nos lleva a Guillena, a 12 kilómetros de Santiponce, donde descanseremos antes de continuar hacia Castilblanco de los Arroyos.

Pasamos entre cultivos de algodón,

chumberas generosas de fruto que no osamos probar por la inexperiencia en estas lides,

extensiones aparentemente yermas en las que, a veces, destaca un cortijo solitario recortado sobre el horizonte...

y naranajales, hasta que, en el horizonte, atisbamos nuestro primer punto de habituallamiento: Guillena.

Son cerca de las once de la maña y el calor (ese que desde el norte nos parecía cosa exagerada en los foros de interné) reclama ya su tributo al caminante.

Cementerio y ayuntamiento de Guillena. "¡Creo que olvidé la cámara en la pensión!", dice Juan Carlos, con resignación. Pero no, la cámara estaba en el fondo de la mochila. No será la primera vez que el catalán distraiga el lugar donde conserva los recuerdos.

La iglesia de Guillena, que está dedicada a la Virgen de la Granada, es de origen mudéjar (siglo XVI)

En Guillena nos refrescamos con una caña. "¡Que va mucha calor", nos advierten en el bar Peña Sevillista y nos alarman: "Ayer han tenido que recoger a uno en el camino".

"¡Por ahí, no! ¡Por ahí, no!" Es Manuel, que llena una cisterna de agua en lo que debe de ser el río Rivera de Huelva, el que grita. Y nos hace gestos con la mano para que nos dirijamos hacia donde él está.

"Por aquí, suban ustedes por aquí...! Y subimos. El sol ya aprieta.

Queremos llevarnos un recuerdo de Manuel y tiramos una fotografía, aunque viéndola no sé si soy yo o un espantapájaros. Pero confieso que el sombrero deforme, que ya hizo en el 2000 el Camino Francés, resultará un buen aliado. Antes había comprado otro sombrero en Sevilla, pero la mía era demasiado poco cabeza para ocuparlo, así que lo abandoné, sin pena ni gloria, o sea sin usarlo, en Santiponce

Reponemos fuerzas con la fruta que llevamos, atravesamos dehesas y seguimos cruzando extensiones áridas en las que domina la monotonía.

Destrozados por el calor que nos obligó a buscar repetidas veces la sombra de las encinas, y ya sin agua, que estaba como el caldo cuando la bebimos, llegamos a Castilblanco de los Arroyos (aunque en honor a la verdad, Juan Carlos ya llevaba una hora aguardando mi llegada), donde nos recibe el monumento dedicado a Cervantes, por haberlo recordado en una de las Novelas Ejemplares: "Las dos doncellas". 

 

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En el albergue está ya Ángela, una mujer alemana que volveremos a ver alguna otra vez. Toda la conversación se reduce a sonrisas y a algún gesto "internacional".

A Juan Carlos le aparecen las primeras ampollas.

La llegada al albergue, tras el aseo obligado y antes de hacer la colada, se aprovecha para poner remedio casero, pero eficaz, a esta dolencia característica de los peregrinos.

Vista parcial de Castilblanco de los Arroyos, desde una de las azoteas del albergue. El donativo que se solicita es de sólo 2 euros para hacer frente a los gastos que se generan por su utilización

A la izquierda, iglesia del Divino Salvador, de origen mudéjar, restaurada en los siglos XVI y XVII. A la derecha, Casa de la Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Amargura

   

En nuestra estancia en Castilblanco de los Arroyos conocimos a doña Manuela con la que conversamos largo y tendido. En el bar donde degustamos una caña, casualmente de su sobrino, captamos esta curiosa fotografía-pegata de dos peregrinos en un servilletero

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Cuando ya estábamos preparándonos para el sueño reparador, unas voces, en el exterior, nos alertan.

Nos asomamos a la ventana y vemos a tres ciclistas: padre y dos hijos que piden hospedaje. Son alemanes, pero residen en Tenerife.

Michael, el padre, y sus hijos, Daniel y Alejandro, salieron a las ocho de la tarde de Guillena. Llegan muy cansados, con un exceso de equipaje al que tendrán que buscar solución para agilizar el pedaleo. Harán sólo un tramo del Camino, hasta Mérida, el tiempo del que disponen no les permite avanzar más.