Vía de la Plata

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Castilblanco de los Arroyos-Almadén de la Plata (29,5 km)

3 septiembre 2005

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En los horizontes emerge un sol temeroso que, a partir de las diez de la mañana, deja sentir sus primeros efectos. El agua, de la que nos surtimos en el bar donde desayunamos antes de emprender el Camino, sabe a tierra. En el Camino uno aprende a valorar las pequeñas cosas de cada día; lo que es cotidiano, adquiere otro sentido; incluso el mayor "cabrón" del mundo cuando hace el Camino, puede ser la persona más solidaria y humilde que puedas encontrar. Al menos, mientras te sientes peregrino, la existencia adquiere otra dimensión.

 

El itinerario hacia Almadén de la Plata nos deja portadas presididas por la religiosidad, como esta de "El Piquillo". Poco después de las once, alcanzamos el parque forestal de El Berrocal. Una de la imágenes mejores de esta jornada nos la regalaron unos corzos que, al percatarse de nuestra presencia, corrieron asustados para perderse en la ladera

Más allá de "El Berrocal", ascendiendo una cuesta, observamos un grupo de casas en ruinas en un paisaje desolado. Las duras condiciones de este lugar, pensamos, debieron de obligar a los habitantes de esta aldea a abandonar lo que quiso ser un lugar habitado

La subida al Cerro del Calvario fue todo un calvario. Antes de alcanzarlo fue preciso descasar dos veces en la misma ladera del monte. Y no es que la subida sea especialmente dificultosa, que otras más empinadas se hicieron. Pero a estas horas (sobre las tres de la tarde), el calor ya se hace insoportable. Cuando uno alcanza la cumbre-mirador, lo primero que hace es dejarse caer en el suelo. Es preciso recobrar alientos...

Y luego sí; luego, seremos águilas oteando los horizontes desde la alturas, para observar, ayudados por las explicaciones que ofrecen los paneles informativos, aquellos parajes: la loma de Don García, las Navas del Guerra, el pinar de pino piñonero, el Berrocal que dejamos atrás hace algunas horas...

y, observando al norte, el olivar degradado, el Cerro de los Covachos, la Sierra Padrona, la cantera de mármol, y allá abajo, como en una hondonada, Almadén de la Plata.

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Antes de emprender el pronunciado descenso siguiendo un sendero castigado por miles de pasos, no nos resistimos a acercarnos a la Cruz que corona el Calvario y desde donde es posible tener otra perspectiva de Almadén, cuyos yacimientos fueron explotados por los romanos.

 

A la izqueirda, la Torre del Reloj del ayuntamiento de Almadén de la Plata; a la derecha, las iglesia parroquial, del siglo XVI, donde se rinde culto al Cristo del Crucero y a la Virgen de Gracia.

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Allí donde paramos no nos resistimos a la tentación de compartir unos minutos con los paisanos que siempre se muestran amables y dispuestos a regalarnos algo de su tiempo.

En esta ocasión conversamos con Manolo, que se dedica a vender chucherías en la plaza del pueblo.

Y antes de retirarnos al albergue, y tras recobrar fuerzas, brindamos por esta tercera jornada que nos acerca un poco más a nuestra meta en Santiago de Compostela