Vía de la Plata

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Mérida-Alcuéscar (38,4 km)

10 septiembre 2005

Suena la alarma del móvil. Todavía es noche. Haciendo el menor ruido posible, me retiro de la sala-habitación donde todos parecen aún dormir. Una voz susurra "¡Buen Camino, Antón!". Es Álvaro que me tiende su mano. Sonrío al tiempo que estrecho la suya. La tenue luz que dejé encendida en la entrada, apenas puede competir con las sombras. Después de asearme, salgo al exterior y observo la noche y en la noche, el Puente de Lusitania iluminado, e inicio el Camino en soledad inundado por recuerdos del Camino del Norte que supuso algo muy especial: Karla, Juan Carlos, Kike, Carmen, Roser y Josep... 

Por temor a dejar atrás alguna flecha y adentrarme por sendas equivocadas, camino despacio, pendiente siempre de un cruce, una bifurcación. Y amanece pronto. Un paso elevado me permite salvar la autovía. El alto de una loma se esconde tras la niebla.

El mundo romano está presente en cada paso que doy. En mi caminar pasaré por la  presa de Proserpina sobre cuyas aguas se eleva una niebla que se detiene rozándola. Un peregrino, sentado a su orilla, observa inmóvil largo rato aquel espectáculo, y yo, sin detenerme, continúo por el sendero que la bordea. Para hacer el Camino llevo dos guías: "Guía del Camino Mozárabe de Santiago. Vía de la Plata", de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago Vía de la Plata de Sevilla, de la que me he servido hasta Mérida y que describe el recorrido desde Sevilla a Santiago, y "La Vía de la Plata a pie y en bicicleta", de El País, que arranca desde Mérida a Santiago por Astorga, aunque yo haré la ruta por Ourense desviándome en la Granja de Moreruela, que es mi guía preferida, aunque las dos se complementan y, a lo largo del itinerario, haré uso de ambas. 

Una piara de cerdos que se refrescan en una charca, ignoran al peregrino que pasa...

...y que va consumiendo metros y kilómetros hasta llegar a El Carrascalejo, después de cruzar dehesas, pasos canadienses y pistas polvorientas.

En El Carrascalejo no hay servicios y el peregrino, que partió temprano sin desayunar, se queda con las ganas de llevarse algo más a la boca que el agua de la que se abastece en la fuente que hay en el mismo atrio de la iglesia de la Consolación, con portada renacentista, y que, primero, sale herrumbrosa. 

Desciendo por una carretera estrecha y una serpiente, asustada, busca refugio entre los huecos que dejan unas piedras. Algunos cruceros, presididos por la cruz de Santiago me señala que sigo el camino correcto, que ratifican luego los símbolos peregrinos en una de las paredes del paso inferior que me permite salvar la autovía.

Observo Aljucén desde lo alto, pero, antes de llegar, las obras de una nueva carretera me harán dudar por donde seguir. La intuición, y la amabilidad de los propietarios de una casa en la que llamo, me indican por dónde continuar. En Aljucén destaca su iglesia, dedicada a San Andrés. 

Cruzo el Parque Natural Cornalvo...

Abro y cierro portillos, y, siguiendo las recomendaciones de las guías, "multiplico" los ojos para no perder las flechas amarillas que, no habiendo otros lugares, se pintaron en las encinas, hasta que llego a la señales del Camino.

Ascenso entre alcornoques descortezados, ya en la provincia de Cáceres...

...más portelas...

 

...y un descanso en la Cruz del Niño Muerto, que, según se dice, se erigió en recuerdo de un niño comido por los lobos. Aún quedan algo más de cinco kilómetros para llegar al final de la etapa en Alcuéscar.

En Alcuéscar me dirijo al Monasterio de los Esclavos de María y de los Pobres que me ofrecen una celda a cambio de la voluntad y allí...

...me encuentro con Ángela, la alemana que conocimos en Castilblanco, y con Juan, el caminante que estaba sentado a la orilla de la presa de Proserpina. El hospitalero, Sabas, de la Asociación de Amigos del Camino de Madrid, amable el hombre y servicial como él solo, nos sirve la cena que ofrecen, desinteresadamente, a los peregrinos. Ángela casi no habla, supongo que debe de ser porque ignora la lengua de Cervantes