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Zamora
13 septiembre 2008
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Sábado, 13 de septiembre. Plaza de Vicente
Sobrino, de A Guarda (Pontevedra). A las 06.30 de la mañana, se duerme. En la
parada del coche de línea, aguardo a que llegue el autobús. Son
casi las siete cuando asoma el morro por la calle Concepción
Arenal.
Soy, durante muchos kilómetros, el único
viajero. A veces me distraigo observando el exterior, y hasta
llegar a Vigo, me imagino senderos, montañas, puentes...
Vivencias. |
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Vigo, estación. Salida, a las 9.30h. Llegada a
Zamora 14.29. Coche 12, Plaza 04 A, Turista.
Releo el billete. Como no soy asiduo viajero, y pese a que la información está
muy clara, prefiero
asegurarme, así que pregunto a alguien que deduzco relacionado
con el tren que tengo frente a mí. "Por favor", le muestro el
billete, "¿es este el tren a Zamora?. El hombre mira el billete,
y me indica amablemente el vagón correspondiente. |
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Las cinco horas de viaje transcurren lentamente.
Uno se distrae como puede. Echa una cabezada. Observa a otros pasajeros.
Se acerca al vagón-cafetería. Unos niños a quienes les aguarda
aún un viaje más largo y con trasbordos hasta Albacete, corretean por el
pasillo; otro en el regazo de su madre, llora. Una mujer sonríe, al
verlos, y dice algo a su marido que también sonríe sin responder. Disparo la cámara cuando
el tren es engullido por el túnel y 'mi otro yo', que me observa
desde el exterior del convoy, se grava en la tarjeta de memoria, y la
misma mujer de antes, vuelve a decir algo a su marido (supongo que es su
marido, claro) que me mira, y yo inconscientemente, le devuelvo la
mirada reflejada en el cristal. Ahora disparo otra foto al paisaje que se desplaza en sentido contrario a la
marcha del tren.
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Son las dos y media de la tarde cuando el
tren llega a la estación de Zamora. Algunos pasajeros
bajan de esta serpiente de hierro. Hay besos y
abrazos entre ellos. Luego abandonan el andén, todos por la
misma puerta, y yo los sigo. Cruzo el interior de la sala para volver a la calle.
Hace calor. No pregunto, y voy calle arriba imaginándome el
centro de la ciudad en la que ya estuve hace un año. Aunque, en
toda la mañana, sólo he tomado un café con leche en
la cafetería del tren, no tengo hambre y con la tranquilidad de
un estómago acomodado, no me preocupo por acudir a algún
restaurante. |
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"¡Eh! Peregrino". La mochila y el bordón
delatan al caminante recién llegado. Sentado en un banco un
joven, que aparenta del este europeo, me reclama. Dice que es un peregrino, que
fue hospitalero, que trabaja para que se valore el Camino, y que
lo echaron de algún albergue. En las manos tiene un brik
de leche y mordisquea unas magdalenas; en el suelo
descansa una botella de vino. Quizás necesita
hablar. "¿Como te llamas?", pregunto.
"Andrés, soy polaco". Y me disculpo transcurrida una
media hora de monólogo: "Andrés, debo continuar mi camino". Pero
Andrés no quiere hacerme caso, y se repite. Finalmente, ante mi
insistencia, dice que me regala una
pulsera de cuero, de las que lleva un buen surtido rodeando
un tubo. "Dame la moneda más pequeña que tengas", me pide a
cambio de la pulsera que he rechazo amablemente. "La más pequeña
que tengas", insiste, juntando los dedos índice y pulgar.
Entonces decido quedarme la pulsera y le doy las monedas que
tengo sueltas, colocándome el entrelazado cuero en la muñeca (la primera vez que
me pongo uno de estos adornos, y que todavía conservo como
anécdota del Camino). Aún me
costarán algunos minutos más conseguir despedirme
definitivamente de Andrés que
se queda con su mirada azul, su pelo dorado y su barba de pocos
días, en aquel banco desde el que ve pasar la vida y desde el
que llamará, quizás, a alguien para contarle otra historia.
Dejo el espacio urbano presidido por un
Calvario y me abandono en la ciudad antigua: palacios,
iglesias, portadas, ventanas, casas blasonadas...
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...y observo el Palacio de los Momos, el ayuntamiento, la
iglesia de San Juan, el Merlú... y el
albergue, cuya ubicación me indicaron en el cuartelillo de la Policía
Municipal. El albergue no abre hasta las cuatro y media de la
tarde, de modo
que, con la mochila a la espalda, sigo el recorrido turístico.
Mañana saldré hacia Riego del Camino con Josep, que aún no me ha
llamado. Josep, es el peregrino catalán que conocí en el 2004, haciendo el Camino del Norte y con el que partí el año
pasado de Sevilla para iniciar la
Vía
de la Plata con intención de llegar a Santiago, pero por
una dolencia tuvimos que detenernos en Zamora y este año
queremos completar la ruta. |
Mientras lo espero, me encuentro
con Loli y Luis, así se presentan. Son dos peregrinos que van a Oviedo,
en coche, para hacer desde allí el Camino Primitivo. Ella está cansada
del viaje y quieren pasar noche en Zamora. Minutos después se acerca
José, así dice que se llama. Es el hospitalero del albergue de Zamora
que ha reconocido, por la mochila y el bordón, al peregrino que deambula
por las calles próximas al albergue. Más tarde llegan Susana y Javi, de
Sevilla, con los que compartiré habitación, y nuestra conversación gira
en torno al Camino, las experiencias de cada uno y el poso que deja,
cuando se llega a Santiago.

Desde el albergue se observa una panorámica de la
Zamora ribereña y el puente sobre el Duero. Vuelo, como las
gaviotas, por encima de los tejados y del tiempo y "veo" a Taka y a
Josep cruzarlo, y a lo lejos, saliendo de Salamanca, a Cristian-Harald... pero, claro, eso fue hace un año.
Después de sellar la
Credencial, asearme y
dejar la mochila sobre una de las camas, vuelvo a la calle, en plan
turista, visitando la iglesia de
San Cipriano, la Magdalena, en las que está prohibido obtener
fotografías...
...el convento del Tránsito, el
Museo Etnográfico...

...y hasta asisto a una función de magia
en una plaza ...
...el Puente de piedra, y
construcciones que surgen como nacidas del Duero

Zamora, se asoma al río, coqueta, y el río
que parece que está quieto, pasa callado bajo el puente de piedra
que cruzan los peregrinos y también los que no lo son.
En la
otra orilla del Duero, me acerco al Convento de San
Francisco, dorado por el sol de la tarde. A orillas del río, unos novios
se someten a una sesión fotográfica: "¡qué la felicidad os acompañe!".
Hoy debe de ser día de bodas, porque cerca de la catedral, otra pareja
de recién casados también posaban para los fotógrafos.
La tarde
lleva mis andares de calle en calle, de iglesia en iglesia, de palacio
en palacio... y me acerco al Palacio del Cordón, rodeo la iglesia de Santa Lucía...
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Y cuando
esa misma tarde va cayendo y los azules ya no son azules, sino
casi grises, suena el móvil. Y pienso que es Josep, que ha
llegado a Zamora y me llama. ¡Josep!: qué alegría volverlo a ver. Es el
reencuentro con el
Camino del Norte, que es como decir con aquellos que
siguen estando ahí y que cada noche puedo verlos en esas estrellas que
centellean en el cielo: Kike, Carmen, Roser, Karla, Juan Carlos (pero
ahora, también, Susana, Clara y Noa, porque la familia ha crecido). Un
policía confunde a Josep, que le ha preguntado por el albergue (sin
especificar que era el de peregrinos), con un vagabundo y le prepara un
pase para pernoctar en no sé qué sitio, que ofrecen a los transeúntes
sin recursos. Me abrazo a Josep, y el policía, que parece reconocerme se
queda mirando "¿Entonces...?", se sorprende. Y le explico que mañana
iniciamos los dos el Camino desde Zamora.
Brindamos por el reencuentro. Y recordamos a Taka y a Harald, a quien cariñosamente llamábamos 'Cristian',
y con quienes compartimos, hace un año, la Vía de la
Plata. Mientras cenamos resumimos el
año de distancia y regresamos al pasado...
Zamora-Riego del Camino |