El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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Villafranca de los Barros-Torremejía

7 septiembre 2007

27,6 km (7 horas)

Cuando dejamos la casa en la que nos hemos hospedado, en Villafranca de los Barros, nos dirigimos a la iglesia de la Virgen de la Coronada donde, ayer, hemos visto las flechas de la Vía de la Plata. Salimos por el camino Viejo, pasando por delante del colegio de los jesuitas y, tras dejar las últimas casas, nos adentramos en una eterna pista, oculta por la espesa noche negra que todavía es.

En la madrugada, por la misma pista que seguimos, pasan los tractores con los vendimiadores, dejando tras ellos una estela de polvo que se hace evidente en el haz de luz que sale de las linternas. A veces carraspeamos, allí donde la nube polvorienta que no vemos, busca cobijo en nuestras gargantas.

 "¡Buenos días!" "¡Buen Camino!" "¡Les queda mucho hasta Santiago!". Quienes van a la vendimia conocen el paso de los peregrinos que siguen a Torremejía. Levantamos la mano en ademán de saludo y los tractores son sólo unas lucecitas que se van escondiendo a medida que se alejan. No las vemos, pero a derecha e izquierda, y hasta el horizonte, se extienden extensiones de viñas con el fruto ya maduro.

Al amanecer, con algunas horas ya caminando, dejamos vagar la mirada por las hectáreas monótonas de verde donde, en ocasiones, descubrimos a los vendimiadores encorvados sobre las cepas. La pista continúa rectilínea, perdida en el horizonte.

Más cerca, mientras unos cortan los racimos, un joven transporta el cesto ya lleno sobre su cabeza para vaciarlo en el carro del tractor más próximo. A la izquierda, Almendralejo, a 3 kilómetros, localidad en la que no entramos por quedar fuera de nuestra ruta de la Vía de la Plata, pero que es una opción intermedia para los peregrinos que, por alguna razón, deciden posponer Torremejía para la jornada siguiente.

-¡Buenos días! -saluda Josep

-¡Buenos díaa! -responden ellos irguiéndose -¿Van ustedes a Santiago?

-En el Camino estamos.

-Es una tirada larga. Eso está muy lejos

-Pero lo andaremos... Bueno, eso esperamos

-Sí que lo andarán. ¿De dónde son ustedes?

-De Cataluña -y Josep, apuntando con el bordón hacia donde yo estoy- y de Galicia. ¡Qué tengan buena vendimia!

-¡Buen viaje! -nos desean al tiempo que alzan sus manos.

   

Me detengo bajo un olivo, Josep continúa acortando distancias con Torremejía. El Sol se eleva a nuestra derecha, encerrado en un círculo perfecto y, como cada mañana, volveremos la vista hacia él, yo desde el olivar; Josep, interrumpiendo su paso algunos centenares de metros más allá. El cielo se pinta de matices rojos y amarillos.

El viñedo sigue siendo predominante. Entre las vides, se eleva, de cuando en vez, un olivo; pero a veces es todo un olivar el que rompe el monocultivo. Un tractor arrastra un tanque y un hombre, sobre el romolque, con una mascarilla cubriéndole la boca, rocía con el aspersor la plantación. Percibo un olor persistente que me acompaña algunas decenas de metros.

Cuando alcanzo a Josep, que se ha detenido en el camino, tiene en sus manos un pequeño pájaro asustado. Es un mosquitero que se enredó entre las la maraña de una vegetación pajiza y al que rescató cuando escuchó su piar lastimero. Abrió su mano, y sonriendo le dio libertad. Fue la feliz anécdota de esta jornada.

Más cerca de Torremejía, los viñedos consiguen compartir el espacio con olivares y campos de cereales.

 

Aquí y allá, en la dorada superficie, se dispersan las balas de paja que serán alimento para el ganado vacuno que se cría en estas tierras del sur. La ovejas deambularán después sobre los pastos rozando la parte que no se pudo cortar.

Josep, a quien no puedo ver delante pese al amplio horizonte que se me abre, se ha despistado dejando atrás las flechas. Con la ayuda del móvil le hago la corrección, pero ya ha advertido su error. A veces, perdidos entre los propios pensamientos, nos olvidamos las señales del Camino.

 

Dejamos los viñedos y, en un cambio brusco, vamos entre amplias superficies cerealistas. Después de algunos días, por fin, veo acercarse un peregrino. Es japonés y se dirige también a Torremejía. "Torremejía", dice, apuntando al frente. Con las mínimas palabras y con la ayuda de las guías que llevamos, me explica que salió de Villafranca de los Barros y que se hospedó en el hostal al que acudimos nosotros, antes de alojarnos en "La Cubana". A cincuenta metros, Josep conversa con un lugareño.

Torremejía recibe a tres peregrinos que se encaminan al albergue en el Palacio de los Mexía. Como parte de su fachada, en el palacio se han reutilizado estelas y fragmentos de esculturas romanas.

El dintel luce las vieiras de Santiago, y sobre el dintel, el blasón nobiliar y las estelas romanas. Frente a la entrada del palacio, la iglesia de la Purísima Concepción.

Golpeamos en la puerta de los Mexia repetidamente, nadie acude a abrirnos, y optamos por marcar el número de teléfono que dejaron en la puerta. Quien habla al otro lado nos informa que el responsable del albergue está ausente, que él quedó encargado del albergue, pero está en Cáceres y no va a desplazarse para abrirnos. Le digo que no es serio ni responsable esa actitud, que la información que llevamos asegura que el albergue está abierto y que no entiendo  para que dejan un número de teléfono que no ofrece soluciones. Acudimos, también a través del teléfono, a la Policía Local. Se acerca un coche patrulla y nos ofrecen una nave municipal donde alojarnos. Los servicios están inutilizados, no hay agua, pero nos dan la posibilidad de ducharnos en las instalaciones de la piscina. Taka prefiere buscar un alojamiento mejor. Nosotros nos acomodamos en la nave.

 

Mientras me ducho, Josep nada a placer en la piscina donde nos han dado todas las facilidades. Y cuando preparábamos las esterillas en el interior de la nave y abríamos el saco para tumbarnos un rato, regresa el Policía para ofrecernos un mejor alojamiento, trasladándonos en el coche patrulla. Es un local, en el primer piso del cuartelillo, dedicado a impartir cursos de formación. Hay máquinas de coser, un encerado. Hay un lavabo y un water que se pueden utilizar. Agradecemos esa deferencia. Extendemos la esterilla y, sobre ella, el saco. Hace calor, y dejamos la ventana abierta, aunque con las persianas bajadas.

A pocos metros hay algunos restaurantes en los que desperezar el estómago. Después, nos tumbamos un rato en el suelo, sobre la esterilla, y dormimos y, al despertar, hago el recorrido habitual por el pueblo en cuya plaza principal, en la que destaca el palco y con el ayuntamiento en un lateral, preparan el escenario para un concierto.

Al atardecer, acudo a la iglesia de la Purísima Concepción buscando sellar las dos credenciales. Josep, que ya ha hecho sus ejercicios de yoga, prefiere quedarse y descansar. Las rozaduras en la ingle se le van curando, sin embargo aumentan sus problemas debido a las ampollas. En la Purísima Concepción se reúnen los parroquianos para asistir a los oficios religiosos, de modo que debo esperar al final de la misa para sellar. Una mujer dirige el rezo del Rosario. Después comienza la celebración de la Eucaristía. Recorro con la mirada el interior del templo y, cuando termina la misa, acudo al párroco quien amablemente, sellará en su casa, a pocos metros de la iglesia que ha cerrado hasta el siguiente día, las credenciales que nos facilitan el acceso a los albergues de peregrinos.

No sé a qué hora de la noche regresó Josep que acudió a la plaza de Torremejía para disfrutar del espectáculo musical en las fiestas locales. El sueño se apoderó del hombre que se acomodó sobre la esterilla azul

Torremejía-Aljucén