El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

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Riego del Camino - Tábara

15 septiembre 2008

31,8 km (9 horas 45 minutos)

 

La alarma del móvil, que nos debería despertar a las 6.30 de la mañana, calló hoy. No es que el mecanismo se estropeara; es que el responsable de activarla, quien esto escribe, se olvidó de hacerlo. Aún así, sólo nos demoramos 15 minutos con respecto a la hora prevista. Los peregrinos alemanes se levantaron a las siete menos cuarto y su ajetreo nos alertó. Así que también nosotros nos desperezamos; desenfundamos nuestros cuerpos de los sacos y nos organizamos para emprender una nueva jornada.

 

Hay una Luna enorme que acompaña los primeros andares de hoy, aunque también las linternas son necesarias. Busco en el cielo "las estrellas", pero ya la proximidad del alba se encargó de borrarlas. En la penumbra distinguimos uno de los dos palomares que mencionan las guías, el otro no lo vemos entre las sombras.

Se levanta el sol en el horizonte castellano mientras nos dirigimos a la Granja de Moreruela, alternando senderos pedregosos y algún tramo más blando. Llegamos a la Granja de Moreruela y buscamos algún bar que a estas tempranas horas esté abierto. Una niña que espera el autobús que la llevará al colegio, nos indica el del albergue de peregrinos, donde nos reciben muy amablemente. Mientras desayuno un café con leche 'grande', y Josep, que nunca toma leche, un zumo, hablamos con algunos clientes del bar, vecinos del pueblo que también madrugan. Uno de ellos debe de ser personal municipal, pues dice algo sobre tuberías en distintas calles que tiene que ir a reparar. Tras el desayuno nos dirigimos a la iglesia, en cuya parte posterior están las flechas del Camino.

Distintas señales, en un poste del tendido, indican otras tantas direcciones, y una placa ratifica las dos alternativas: una, que va por la Vía de la Plata, hasta Astorga, que no seguiremos pues el tramo Astorga-Santiago formó parte ya del Camino Francés que hemos hecho hace algunos años, y otras flechas nos orientan por el Camino Sanabrés, que va por Ourense, y que es el que vamos a tomar desde ahora. En la iglesia, una placa reza "Peregrino: en este lugar se bifurca el Camino Jacobeo, para volver a encontrarse a los pies del Señor Santiago. Que en la andadura que sigas él te acompañe". Por el sendero que seguimos ahora, un monolito nos señala 'seguir de frente'...

... pero surgen las dudas cuando, a nuestra derecha, en una ligera subida, vemos dos peregrinas. Si hacemos caso al monolito, tenemos que seguir de frente. Por suerte, una vez más (como ya ocurriera en otros caminos), el señor Santiago nos envía un mensaje: un lugareño se acerca en una moto, coge el desvío de la derecha y nos hace gestos con la mano de que lo sigamos. Así que, desandamos los pocos metros que habíamos avanzado, y cogemos la buena dirección, que nos confirmarán otras flechas y otros monolitos que veremos más arriba. Lamentablemente otros peregrinos siguieron la dirección equivocada, la que marca el monolito, e hicieron un recorrido que no deberían realizar.

Tras dejar el sendero, desembocamos en la carretera desde la que observamos el río Esla y, un poco más allá el Puente Quintos. En la otra margen, distinguimos al grupo de alemanes con los que estamos coincidiendo estos primeros días. Cerca del puente vuelan los aviones (que han llegado a comienzos de la primavera) en sus últimos días antes de regresar a sus cuarteles de invierno, en África. Tras cruzar el puente, desde el que contemplamos el cañón del Esla, giramos, nada más culminarlo, a la izquierda, metiéndonos por un sendero irregular que sigue la orilla del río, a veces de difícil andadura, pero con un recorrido muy bello. No podemos evitar volver la vista atrás, para ver Puente Quintos y el Esla pasando bajo sus arcos.

En lo alto del castro, que alcanzamos tras una agotadora subida a cuyo cansancio contribuyó, no sólo la pendiente, sino también el calor, saludamos al grupo de alemanes que descansan bajo las encinas con muy buen humor. Los cuatro son ahora seis, pues los dos jóvenes que encontramos en Riego del Camino se unieron al grupo de compatriotas. Desde lo alto del castro disfrutamos de las vistas sobre el Esla y sobre Puente Quintos.

En este lugar, lo mismo que hicieron nuestros amigos de Alemania, que ya reanudaron la marcha, nos detenemos. Agradecemos a las encinas su sombra, reponemos líquidos y Josep se unta de crema. Es breve el descanso, pero suficiente. Damos un pequeño rodeo para no perder aquellas panorámicas que quizás en mucho tiempo no volvamos a ver. El sendero serpentea entre más encinas y matorral mediterráneo, para ir conduciéndonos hasta Foramontanos de Tábara.

En ocasiones faltan las flechas, porque se borraron o nunca las pintaron. Entonces surge el 'índice' del peregrino señalando al sendero que debemos seguir. Son montoncitos de piedras estratégicamente situados para que los otros peregrinos puedan verlas y se orienten. De alguna manera me recuerdan a los rastros que dejan los animales en zonas elevadas, para que se vean bien, cuando marcan su territorio. Otras veces, en lugar de piedras, son cintas amarillas atadas en los ramas de los árboles, con o sin los símbolos jacobeos, las que indican el camino correcto.

Nuestro andar discurre por paisajes en los que siguen dominado las planicies, pero viendo los horizontes ya podemos imaginarnos que, en pocos días, dejaremos estas tierras llanas para comenzar las subidas y bajadas. Pasamos ante un solitario chozo en un viñedo, y, poco después, una interminable pista -otra más- nos conduce a Faramontanos de Tábara que ya vemos 'ahí', aparentemente cerca, pero es sólo una ilusión óptica.

     

Un rebaño de cabras nos reciben a la llegada a Foramontanos de Tábara, algunas se acercan a la alambrada, curiosas, al paso del peregrino. Entramos en Foramontanos...

.... observamos las curiosas bodegas excavadas en el terreno con fachadas triangulares y, tras superarlas, nos dirigimos a la que suponemos es la plaza principal del pueblo: con el edificio del ayuntamiento y su iglesia, presidiéndola.

La 'clara con limón' es una de nuestra bebidas favoritas. Y eso es lo que bebemos en el bar, casi escondido a la entrada de una de las calles que parten de la Plaza y a donde llegan también los peregrinos alemanes que probarán, también, esta refrescante mezcla...

...acompañada de pepinillos. Pero Santa María de Tábara nos espera y debemos reanudar la marcha. Otra vez está la labor de los peregrinos para indicarnos el Camino. A lo largo del recorrido son frecuentes estas flechas formadas por piedras alineadas sin cuyo mensaje, en más de una ocasión no habríamos llegado al final deseado.

A las cinco de la tarde, agotado, sudoroso y queriendo tragar todo el aire de la tierra, entro en Tábara. Uno de los alemanes, me adelantó en el Camino, y Josep, ya hace un rato que también ha llegado al albergue. Mientras procuro la que será hoy nuestra casa, observo la torre de Santa María de Tábara. En la plaza principal, se levanta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y se ha erigido un monumento al poeta León Felipe (Ahora camino de noche/ porque las noches son/ claras ... Y esta noche no/ hubo luna, no hubo luna/ amiga y blanca .. . y/ había pocas estrellas,/ pocas estrellas y/ pálidas... Y era todo/ triste sin la luna amiga.../ y era todo negro sin la/ luna blanca...) . Hoy deseo llegar pronto al albergue, así que voy preguntando aquí y allí dónde encontrarlo, y los vecinos, amablemente, me orientan.

Mochilas, toallas, vestimentas... y en el exterior ya airean las botas de los peregrinos que han llegado antes y, en las cuerdas, el sol bebe el agua de las prendas recién lavadas.

A la salida del albergue hay uno de esos lavaderos públicos que aprovecha Josep para refrescar sus pies cansados, jugando con el agua que corre fresca. Y después, me toca a mí hacer la colada. Tras una buena ducha, y media hora de descanso, el cuerpo ya se ha relajado y uno está dispuesto a la actividad.

Un vecino conversa con Josep. En los pueblos por los que vamos pasando, a los lugareños les encanta hablar, y a nosotros, también. Así que es habitual este contacto que en las ciudades, y en los pueblos que van creciendo, se va perdiendo. Durante la tarde me voy a mi habitual paseo por los alrededores. Y como siempre, en estos pueblos una cita obligada es acudir a la plaza principal, donde suelen estar los edificios públicos, como la iglesia, que siempre ofrece una arquitectura elocuente. Al atardecer, la de Nuestra Señora de la Asunción está abierta, así que me cuelo en el interior donde, en estos momentos se oficia la Misa diaria. Allí, en un tríptico me entero de quién fue el P. Miguel San Román, nacido aquí, en Tábara, en 1878. Monje agustino fue detenido el 18 de diciembre de 1936 y nunca más se supo de él, creyéndose que pudo ser arrojado al mar en Santander, con otros religiosos, alguno de cuyos cuerpo aparecería en las costas francesas. Fue beatificado el 28 de octubre de 2007.

En el albergue, además de dos ciclistas ingleses y un español, José Luis de Zafra; y los peregrinos alemanes, hay dos jóvenes de Olvera (Cádiz). Ocupan, ella, que después supe que se llamaba Encarni, la litera más próxima a la mía; él, Adrián, la contigua a la de Encarni. "Perdone que le estoy dando la espalda", se disculpa la joven. Surge el habitual comentario entre peregrinos, de dónde venimos, nuestro lugar de procedencia, anécdotas. Alguna reflexión. Encarni y Adrián tuvieron menos suerte que Josep y yo en la Granja de Moreruela. Las flechas del mojón que comentamos más arriba los ha enviado en dirección contraria. Así que acumularon algunos kilómetros de más en su primer día de camino.

En una tienda de Tábara he comprado algunos productos para hacer un bocadillo: un poco de queso, chorizo... En la tienda ya no hay pan "y no lo va usted a encontrar en el pueblo; es que no queda nada", dice un hombre que se sienta en un banco que hay en el establecimiento. "¿Y cómo lo va a comer usted?", interviene una mujer que espera su turno para comprar. "Pues si no hay pan", digo, "lo comeremos así, sin compañía".

En el comedor del albergue el grupo de alemanes ocupan una mesa. Yo me voy a la otra que está vacía y al rato, Encarni ("Me siento con usted, si no le importa") y Adrián, que se acerca también, me acompañan. Nos invitamos mutuamente con los productos que adquirimos en el pueblo. Josep, está 'perdido' en algún lugar realizando sus ejercicios diarios de yoga. Adrián, que además de dibujante extraordinario es un mago capaz de convertir una hoja de papel en un conejo, pone sobre la mesa a un simpático roedor que me he traído de recuerdo.

Una señora, en la que reconozco a la vecina que esperaba en la tienda, se acercó a la mesa que ocupábamos. "Le traigo un poco de pan, para que pueda hacerse un bocadillo". Y Carmen, que me dijo que así se llamaba, me deja media bola de pan ante mi asombro. Y me emociono. Son estos gestos, aparentemente simples, pero tremendamente grandes, los que hacen tan especial el Camino de Santiago.

    

TÁBARA-CALZADILLA DE TERA