El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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Sevilla-Guillena

1 septiembre 2007

22'2 km (7horas 30 minutos)

El Camino de Santiago es una experiencia difícil de contar. Cuando en el año 1999, sin haberme preocupado antes de saber nada sobre esta ruta de peregrinación, y ajeno a cualquier vivencia relacionada con él, me invitaron a hacerlo, acepté como quien sale a hacer una excursión dominguera. En aquella ocasión, la primera vez de mi Camino, el recorrido fue Astorga-Santiago. Desde entonces soy un caminante más entre esos miles que un mes, o unos días al año, cargan con su mochila a la espalda, y en la soledad de los días, o acompañando por algún peregrino o peregrina, buscan en el Camino otras alternativas a la rutina diaria.

El 31 de agosto de 2007, estoy en la estación de Vigo. A las 20.20h parte el tren hotel que me lleva a Madrid. Acomodo la mochila y el bordón entre el equipaje de otros pasajeros. El bordón es una vara de pescar reconvertida, regalo de un amigo a quien conocí haciendo el Camino del Norte y con el que partí, con otros peregrinos (Karla y Fermín), desde Hendaya hacia el oeste (2004). Se le hizo duro y, a los tres días, mi amigo decidió regresar al Mediterráneo.

Coche 124. Plaza 37V. En la larga noche se duerme mal. No es fácil acomodarse. Entre cabezada y cabezada, pasan lentas las horas. Mucho antes de llegar a Chamartín, con las primeras luces del primer día de septiembre, uno decide que es inútil intentar echar una cabezada más y se dedica a contemplar el paisaje. El tren y el paisaje avanzan en sentidos opuestos.

Un café con leche en la cafetería, después de cruzar un vagón, y otro, y otro... que me hacen dudar si la cafetería no estará en algún coche más atrás.

Son, aproximadamente las 7.45h cuando el tren se detiene en Chamartín. Busco un taxi que me acerque a Atocha. El taxista es extremeño y despotrica contra las libertades que se toman los jóvenes. En su casa, la mujer tiene consentidas a sus hijas que se han independizado y viven en pareja sin casarse "¡Yo callo para no armarla!", dice lleno de razón. Abono 16,50 euros de la carrera. Aún faltan dos horas para que el AVE que me llevará a Sevilla, parta de Atocha.

A las 10h, con puntualidad inglesa, abandonamos Atocha. Hasta Sevilla, estación de Santa Justa, son dos horas de velocidad. "¡Qué diferencia de tiempo con respecto a Vigo-Madrid!", pienso. A mi lado un señor se ha puesto unos auriculares, enciende una maquinita y se distrae con una película. En las pantallas interiores del AVE, se emite otra película, pero yo prefiero disfrutar el paisaje. Un grupo de jóvenes montan su juerga. Van de "movida". Ellas mencionan algún lugar, ellos -deduzco que no se conocen- hablan de otros locales.

  

Interior de la iglesia de la Asunción de Sevilla

12.30h Sevilla. Un autobús urbano me deja lo más cerca posible de la catedral, donde me espera Josep, un peregrino al que conocí en el Camino del Norte y con el que haré la Vía de la Plata. Pero la catedral está más allá de donde me he bajado. En mi trayecto entro en la iglesia de la Asunción y lo primero que veo es una gran cruz de Santiago

Camino de la catedral, no se puede ignorar la arquitectura hispalense. Es sorprendente la fachada renacentista del ayuntamiento, con una decoración tan rica que se pueden pasar horas enteras viendo esta obra que inició el arquitecto Diego de Riaño.

  

 

Un pequeño recorrido por la capital andaluza termina acercándome a la catedral donde me espera Josep. La Giralda se lanza al cielo como punta de flecha. Desde que finalizamos en 2004 el Camino del Norte no he vuelto a verle, de modo que aguardo, impaciente y emocionado, el reencuentro.

 

Y cuando lo abrazo, Josep sigue igual: su barba canosa, su buen humor, su paciencia. Recuperamos los recuerdos de Hendaya, de Oviedo, de Sobrado dos Monxes, de Santiago. Y renombramos a Karla, a Quique, a Carmen, a Juan Carlos... que han quedado anclados en nuestros corazones desde aquel año 2004. Nunca pensé, le digo, que compartiríamos de nuevo el Camino de Santiago. En la catedral sellamos la Credencial, el salvoconducto que nos facilitará la entrada en los albergues y que constituye también la memoria del Camino. Queremos despedirnos del Santiago pétreo en una de las arquivoltas de la puerta de la Asunción, pero la fachada de la catedral está en obras.

  

Decidimos no demorarnos e iniciar la Vía de la Plata, que ya hice hasta Salamanca en 2005. Cruzamos las miradas, sonreímos... y emprendemos emocionados la Vía de la Plata. Hace calor, mucho calor. El reloj marca las 14.15 horas y la temperatura está en los 40 ºC.

Nos internamos en las calles sevillanas, en busca del Guadalquivir, el primero de los grandes ríos peninsulares que cruzaremos y recuerdo aquellas lecciones de geografía que estudiaba en la escuela "el río Guadalquivir es navegable hasta Sevilla". Pasamos por la plaza de la Maestranza que dejamos a nuestra derecha.

Al fondo observo la Torre del Oro, cuyo nombre le viene del recubrimiento de azulejos con reflejos dorados según leí en algún lugar. Fue aquí donde marineros-soldados de mi pueblo natal, A Guarda, participaron en 1248 en la toma de Sevilla. El rey Fernando III el Santo concedió, por la valentía de aquellos marineros, un barco desarbolado como escudo de A Guarda.

  

 

Al otro lado del Guadalquivir, Triana con su capillita de la Virgen del Carmen, a la vera de la carretera que seguimos. Después dejaremos la conocida capilla del Cachorro y nos dirigimos a Camas, población a cinco km de Sevilla. Nos detenemos un instante. Josep pide en un pequeño bar una botella de agua y yo disparo una foto a la iglesia de Santa María de Gracia. Reanudamos el camino, siguiendo las flechas que nos llevarán, primero a Santiponce y después a Guillena. Sudamos. De Camas a Santiponce son sólo cinco kilómetros, de modo que no es necesario racionar el agua.

 

Amparándose en la sombra, está Miguel. Hombre locuaz con el que conversamos. A Miguel le gusta hablar y nos cuenta retazos de su vida. Y pregunta: "¿hacen ustedes el Camino?" "De dónde son?" Y cuando sabe que Josep es catalán, de Girona, nos cuenta de sus años trabajando en Barcelona, "en los mejores años: del 61 al 80". Asegura que quiso conocer la sensación de los Sanfermines, y corrió en Pamplona. Nos despedimos, pero al rato viene a la carrera, tan ágil como un joven de veinte años. "¡Ustedes! ¡Ustedes!"  Nos detenemos. "¿Saben lo de  Caminante no hay camino, se hace camino al andar..?"

  

De lejos observamos la torre del monasterio de San Isidoro del Campo. Alcanzamos Santiponce a las 16.15h. El calor es agobiante.

 

Nos detenemos bajo la sombra de un árbol y compartimos un bocadillo de tortilla gallega, casero, del día anterior, a la entrada de esta población.

Cargamos de nuevo con la mochila. Josep se queja del peso y considera que ha metido en ella más de lo necesario.

 

Atravesamos el pueblo. A nuestra izquierda una verja delimita las ruinas de Itálica. La entrada al anfiteatro es gratuita. El responsable de recibir a los visitantes, muy amable, nos permite dejar las mochilas en una dependencia. Nos entrega unos folletos que nos ilustran durante la visita y, con fines estadísticos, nos hace algunas preguntas.

 

Santiponce-Itálica es un anticipo de la riqueza del mundo romano en la Vía de la Plata. Subimos a los graderíos y contemplamos las arenas donde nos imaginamos a gladiadores luchando hace casi 2.000 años. Nos perdemos por los túneles que en el siglo III d. de C. recorrieron aquellos que con placer o dolor divirtieron a los romanos e hispanos romanizados. Observamos desde un alto Santiponce y decidimos que debemos seguir. Guillena aún queda a 12 km.

  

Seguimos las flechas amarillas, y tras cruzar una rotonda, los eucaliptos son la referencia que citan las guías para girar a la izquierda y adentrarnos en una pista que se  pierde en el horizonte y en la que las breves sombras non dan cobijo al peregrino. Cuando llevamos algunas horas caminando, descubrimos un depósito de varios decenas de metros por encima de la horizontal. Avanzamos, pero el depósito nos parece siempre a la misma distancia, inalcanzable.

En nuestro camino maduran los algodones y Josep no resiste la tentación de acercarse a las plantas que ponen una nota de verdor en estas amplias superficies ocres.

 

Campos de naranjos y chumberas que maduran al final del verano, sustituyen a los algodones. A lo lejos ya podemos ver Guillena, pero hasta entrar en esta población aún necesitaremos más de una hora.

  

Son las nueve menos veinte de la tarde en Guillena cuando el sol amenaza con desaparecer. La calle que seguimos pasa al lado del cementerio en cuyo interior ondea una bandera republicana frente a una lápida cuyos nombres no conseguimos leer.

   

En Guillena, el reloj del ayuntamiento señala las nueve menos diez. Junto a él, la iglesia de la Virgen de la Granada, iluminada, destaca bajo las aún tenues sombras.

 

La Policía Local de Guillena nos recibe amablemente. Nos ayuda a desprendernos de las mochilas y nos sella las credenciales. Para dormir nos ofrecen el suelo de las duchas del pabellón polideportivo, donde ya se acomodaron algunos peregrinos.

Antes de dirigirnos al pabellón, vamos al bar próximo, donde saludamos a los peregrinos franceses que están cenando, y bebemos una clara.

Duchas y colada. En el interior del baño se extienden algunas colchonetas y esterillas. El interior es reducido, de modo que Josep y yo, decidimos dormir bajo el techo de las estrellas, pero poco a poco todos nos imitan: las 2 peregrinas alemanas, los 2 franceses y el madrileño; dentro, entre el calor que ya hace y el que generan las duchas, es imposible dormir.

Guillena-Castilblanco de los Arroyos