El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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San Pedro de Rozados-Salamanca

16 septiembre 2007

23,7 km (5 horas 30 minutos)

Hoy haremos una etapa corta. Algo menos de veinticuatro kilómetros, que nos conducirán a Salamanca, donde se creó la primera universidad española, fundada por el rey Alfonso IX, en 1218.

Aunque es una etapa breve, madrugamos. A las 4.30 ya estamos a pie, y a las cinco salimos de San Pedro los únicos peregrinos que hemos ocupado las habitaciones de este albergue.

Vuelve a cantar el cárabo y otras rapaces nocturnas también alertan hasta dónde llega su territorio "Uuuuu!" "Uuuuuu!". Y cantan los grillos "cri-cri-cri" y las cigarras. De lejos nos llegan los ladridos de los perros "guau!! "guau!". Y sin que los veamos, parece que oímos las pisadas del ganado "chaf!", "chaf!", pisadas multiplicadas.

En la noche oscura, nos abre el camino la luz de las linternas, que horadan la noche y rompen el muro negro para que podamos pasar al otro lado del otro muro, también negro, que viene después. Taka describe, en japonés, la salida, monólogo al que ya nos hemos acostumbrado. Y salvo su voz, las otras palabras, callan. A una hora de camino, está Morille, un pequeño pueblo que, pese a ello, cuenta con un albergue de peregrinos, contiguo al ayuntamiento. Y casi dos horas más tarde de nuestra salida de San Pedro, nos detenemos para refrescarnos y sacarnos la ropa de abrigo.

Seguimos la traza de una senda que, a estas horas, aún no tiene color. Hoy, una cierta tristeza invade mi espíritu. Cristian-Harald nos anuncia que se quedará día y medio más en Salamanca. Será nuestra despedida. Nunca me han gustado las despedidas. Como aquella del 2004, en Santiago, después de hacer el Camino del Norte. Comíamos en un restaurante Carmen, Kike, Roser, Josep, Juan Carlos y yo. Me levanté de la mesa, y desaparecí. Y no fue una despedida: Hoy con Carmen, Kike, Roser, Josep, y Juan Carlos; con Iñaki y con Karla, sigo teniendo una fluida correspondencia. Y con algunos de ellos, volví al Camino, con Juan Carlos, hice la Vía de la Plata Sevilla-Mérida, en 2005; y con Karla, Cáceres-Galisteo, ese mismo año.

Nace el sol. Y hemos aprendido, con Josep, la importancia de este momento: Tomar conciencia que cada nuevo amanecer es otra oportunidad más que nos da la vida. Nos detenemos hasta que se eleva en el horizonte...

...y, entonces, continuamos nuestro recorrido hacia el Norte. Ahora ya no tememos a ese Sol que adoramos. Ya no son los rayos inmisericordes que nos agobiaban, en el Sur.

   

El Camino, aquí, todavía es capaz de repetir estampas pasadas. Las vacas curiosas; las suaves lomas sobre los campos dorados, los pueblecitos como islas que surgen en las amplias llanuras castellanas; y hasta la soledad de los peregrinos. Desde la distancia se divisa Salamanca, allá en la lejanía, a más de una hora de camino. Y cuando llegamos al cerro, Josep coloca una piedra en el montocinto que otros peregrinos han iniciado. Aprovechamos para un nuevo descanso.

El cerro rocoso está coronado por una cruz. Emprendemos el último tramo de nuestro recorrido de hoy. A Salamanca entramos entre olmos que dejan caer su sombra sobre el sendero.

   

Un salmantino nos orienta hacia el puente romano que da acceso a la ciudad. Recortadas sobre el fondo azul, las catedrales, la Vieja y la Nueva. En nuestro recorrido vamos observando los monumentos, aquí y allá, más populares unos, como el cruceiro; más históricos, otros, como el berraco.

Salamanca nos recibe con aires medievales. Frente a la catedral se celebra una feria y la mayor parte de los vendedores están ataviados de época. Nos llega el aroma del pan recién hecho de un horno levantado en la misma plaza, casi a las puertas de la catedral. Pasamos por un puesto de olores que se desparraman por la atmósfera e invitan a llevarse uno de los frascos olorosos. En otro puesto nos ofrecen un licor, que Taka y Josep, deciden probar. Hay unas jaulas artesanas, de madera, que aprisionan alguna gallina. Un curtidor trabaja las pieles y un grabador escribe unos nombres. En una estantería se anuncian los libros más pequeños del mundo...

En el albergue nos permiten dejar las mochilas, pero no abrirá sus puertas a los peregrinos hasta primeras horas de la tarde.

Camino del restaurante, nos prestamos a una inocente broma. Taka coge su grabadora, y "hace" memoria de las incidencias de hoy, mientras Cristian, sin entender palabra de lo que nuestro dice nuestro amigo japonés, observa.

Cruzamos la Plaza Mayor, buscando el restaurante que nos han recomendado. El comedor está a tope. El servicio, esmerado, atento, exquisito y rápido. Hay gentes, comiendo, trajeadas y encorbatadas, que contrastan con nuestro aspecto. Decimos que somos peregrinos y nos atiende el dueño personalmente. ¡Es increíble!. Nos aconsejan distintos menús y nos sirven no unos platos; nos sirven unas fuentes bien colmadas. Con cada plato, se nos salen los ojos. Y pedimos la cuenta. 10,40 euros por todo lo que hemos tragado. El dueño aún nos invita a un chopito.

Y brindamos en el mostrador, dejando sitio a nuevos comensales que lo precisaban. Estamos en Salamanca. Quiero recordar el nombre del restaurante... y nada. Sé que en algún lugar tomé nota. Me doy por vencido. Ya lo recordaré en otro momento.

 

 

  

    

Durante la tarde el cielo se adorna de densos nubarrones oscuros. Algunos puestos "medievales" han desaparecido. Otros, están vacíos, y muchos de ellos, enfundados en plásticos.

Nos acercamos a un cíber. Cristian y Taka, envían mensajes. Josep no quiere saber nada de cuestiones informáticas, "yo no entiendo nada de eso", dice, y se retira al albergue. Yo descargo la tarjeta de la cámara y envío algún mensaje que no recibirá nadie, o le llegarán a alguien que no conozco, pues la dirección que escribo es incorrecta. Taka y Cristian-Harald aún se quedarán un buen rato en el cíber; yo deambulo por las calles  y me detengo contemplando el arte salmantino.

Son, aproximadamente, las siete y media de la tarde cuando cae una fuerte granizada, con granos del tamaño de canicas. Retiramos el calzado que teníamos a airear, y retiramos también la ropa colgada, puesta a secar.

En la misma habitación, con varias literas de "dos pisos", nos acomodamos, además de nosotros, otros cuatro peregrinos, extranjeros: dos hombres y dos mujeres.

Abajo, Josep ha invitado al hospitalero a compartir la mesa. Cristian, se suma también a la cena, pero antes, Emilio, el hospitalero, le sella la credencial. Taka, ha preferido acercarse a un restaurante. A mí, esta noche, no me apetece cenar. Me acerco a Cristian, pero no le digo nada. Dejo mi mano sobre su hombro y los ojos vidriosos, ya lo dicen todo.

Mientras no me vence el sueño, van desfilando los días compartidos con Cristian-Harald desde nuestro encuentro en Aljucén. La amistad que se fue fraguando en este tiempo, pocos días, pero muy intensos. Me pregunto si alguno vez nos volveremos a ver.

En el cuaderno de viaje Cristian, y también Taka, han escrito su dirección postal, y el correo electrónico. De alguna manera, podremos estar en contacto, aunque necesitaremos de terceras personas que traduzcan los mensajes. Con Josep, nuestra relación de amistad cumple tres años...

Salamanca-El Cubo de la Tierra del Vino