El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

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Mombuey-Puebla de Sanabria

18 septiembre 2008

31,9 km (9 horas 45 minutos)

  

Son las 7,15 de la mañana cuando los cuatro, Josep, Adrián, Encarni y yo, dejamos el albergue donde aún duermen los ciclistas. Quienes hacen el recorrido en bici, suelen salir más tarde, cuando las sombras han comenzado a disiparse, por razones de seguridad vial.

 

La noche aún extiende su manto, menos negro a estas horas, por los senderos. Hay unos postes donde se dibujan las flechas pero no las vemos, de modo que recorremos unos 300 metros en  dirección equivocada hasta que tomamos nota del error, y retrocedemos.

  

Encarni confiesa que le cuesta seguir el ritmo y se duele de una rodilla que hace días le provoca molestias. Para hacerle más suave el Camino la animo a tomarse los descansos que necesite, que no se preocupe por la hora de llegar. También he notado que Adrián va hoy más lento, y observo que camina de forma irregular. Adrián está operado de menisco y el esfuerzo le está pasando factura, pero él se empeña en seguir. Es como un reto que se ha impuesto y no quiere detenerse. Cuando menos, dice, desea llegar a Ourense, que era el objetivo que se habían marcado dado el poco tiempo del que disponían.

El sendero que seguimos nos dirige a Valdemerilla. En estos momentos no pienso en el Camino, sino en estos dos jóvenes a quienes deseo que no se lleven una experiencia negativa del Camino. Quizás les faltó un consejo inicial para elegir una ruta más suave, acaso por el Camino Francés o el tramo del Camino Portugués, entre Tui y Santiago, con distancias más cortas y albergues más próximos. La Vía de la Plata o el Camino del Norte, por ejemplo, son rutas que, en mi opinión, deben hacerse después de haber hecho otros caminos y cuando el peregrino ya acumuló experiencias.

En Valdemerilla reponemos agua. Adrián ha perdido parte de su sonrisa, que ayer ya escatimaba, y le noto preocupado. Mientras Josep va abriendo camino, y Encarni, también lo continúa, animo a Adrián a acercamos a la solitaria iglesia de San Lorenzo...

...y subimos por la escalera de caracol que nos conduce a la espadaña. Quiero convencerle de que, en sus condiciones, no le conviene someter su rodilla a este esfuerzo; pero no me atrevo a darle consejo, y callo. Una hora después llegamos a Cernadilla, donde pensamos desayunar.

El único bar que había, ya no abre. Mientras ellos esperan a las puertas de este establecimiento, me interno por alguna calle con el ánimo de preguntar a alguien por un lugar donde desayunar. Una mujer, a la puerta de su casa, me informa que en el pueblo ya no hay bar, pero tampoco en los dos siguientes, hasta que lleguemos a Asturianos, a 8,5 kilómetros. Josep, con esa actitud casi mística que lo envuelve, observa una antigua cruz de piedra "¿qué piensas, Josep?". Encarni centra toda su atención en una Mantis religiosa que no se inmuta ante su presencia. Nos quedan unas dos horas de camino hasta llegar a Asturianos, y emprendemos la marcha, dejando esa oración de piedra que el crucero y la solitaria "teresita", como llamábamos de niños a la Mantis.

A nuestra derecha, se alza la iglesia de Nuestra Señora de las Candelas en Cernadilla, con su callado cementerio, y dejamos atrás, también, la Iglesia de Santiago en San Salvador, con unas escaleras en el exterior que invitan a subirlas...

...y desde cuyo sencillo campanario se observa una vista panorámica del entorno. Enseguida doy alcance al grupo. Adrián va unos metros por delante y vuelve a alarmarme su manera de andar, y a Josep y a Encarni tampoco les pasa desapercibido el modo en que camina. Hace un año a Josep le sucedió lo mismo, y esa situación nos obligó a abandonar el Camino en Zamora. Dejar el Camino no es ninguna desventura. Recuerdo en 2006, cuando llegué a Sevilla por segunda vez para hacer la Vía de la Plata, y tuve que renunciar al día siguiente en Guillena, después de recorrer tan solo 22 kilómetros. Un año antes, había tenido que abandonar en Galisteo,  y es que, cuando no se puede, no se puede. No hay que demostrar nada a nadie. Traté, ahora sí, de convencer a Adrián de que debía dejarlo y no arriesgar. Pero su ilusión era mucha; era su primer Camino y lo sentía como una derrota. No sé qué le dije cuando me acerqué a él y caminé a su lado un pequeño tramo. La perorata que le largué debió hacerle bastante daño en aquel momento y creo que me arrepentí de haberme tomado tal licencia. No sé si por enmendarme, volví otra vez a su lado y le recordé las primeras palabras que les dirigí (a él y a Encarni) en el albergue de Riego del Camino: Santiago es sólo un objetivo; la Meta está en el corazón de los otros. Antes de dejarle de nuevo para que reflexionase, pensé que debía decirle, como así lo creía, que habían conseguido mucho más de lo que se podían imaginar.

Entrando en Entrepeñas unos obreros trabajan en la que, supongo, es la rehabilitación de un santuario. Poco después nos detenemos en la iglesia de la Asunción para que Encarni, estudiante de Enfermería, ponga en práctica sus conocimientos y mitigue los dolores de Adrián.

Cerca de Asturianos nos recibe la Iglesia, también bajo la advocación de la Asunción. Antes de llegar a esta población, donde tomamos un breve descanso, Adrián y Encarni, que ahora también cojea ligeramente, acaso por una tendinitis, dolencia habitual en los peregrinos, ya nos dicen, con triste resignación, que dejan el Camino. Llamarán un taxi para ir hasta Puebla de Sanabria, donde decidirán si cumplen sus deseos de visitar al Apóstol, yendo a Santiago en tren, o se deciden por regresar a Olvera. Nunca me han gustado las despedidas; sentí que un mundo se me caía encima y era yo, ahora, quien necesitaba unas palabras de ánimo. Me alegraba por ellos, porque necesitaban dar ese paso, pero...

Mientras aguardamos a que llegue el taxi en el bar Las Vegas de Asturianos, hay una enorme emoción que, finalmente, no damos contenida. Colgada de la mochila llevo la vieira, con un Santiago unido a ella, que me ha acompañado en los último caminos, y que entrego como recuerdo a Encarni. Adrián y Encarni nos ofrecen sus cintas con los colores de Andalucía y de Olvera, aunque para mí tendrán otro significado más profundo y más íntimo. Y cuando llega el taxi que debe recogerlos, nos fundimos en un abrazo que hoy aún siento eterno. El coche (es la 1,05 horas de la tarde) se aleja, y quiero recordar una sevillana que es de mis canciones preferidas en cualquier despedida, pero no puedo pensar...

Josep y yo, salimos de Asturianos dejando a nuestra izquierda la Iglesia del Carmen camino de Remesal, Otero de Sanabria, Triufé y Puebla de Sanabria. Ahora mismo desearía haber cruzado ya todos estos pueblos y estar en la estación de Sanabria... No puedo evitar recordarlos y notar dos ausencias que son ahora nuestra compañía. Josep, que me conoce bien, pone su mano en mi hombro "¡Venga, Antón!". Y vuelvo a emocionarme. Busco distraerme aunque a veces parece que voy contando las piedrecitas del Camino. En un poste, debajo de una flecha, alguien ha recordado a los peregrinos.

Tras pasar la ermita de la Encarnación, que dejamos a nuestra izquierda, buscamos las  flechas por aquí y por allá, sin que podamos descubrirlas hasta que vamos al asfalto y las encontramos. Seguramente si hubiésemos pasado por su fachada principal, y no por uno de sus laterales, encontraríamos las apreciadas flechas. Un precioso camino empedrado nos va acercando a Remesal...

...donde Josep se surte de agua y, refrescados, continuamos el camino cruzando el pueblo para seguir, durante unos tres kilómetros, hasta Otero de Sanabria.

Siempre se agradece cualquier señalización que nos dé seguridad orientándonos en la buena dirección. Cuando se llevan muchos kilómetros andados, un sendero equivocado no resulta apetecible. Antes de llegar a Ollero pasamos sobre la autovía por un paso elevado...

...y, poco después, nos internamos por un sendero con paredes verdes y deseadas sombras, hasta que divisamos la Iglesia de Otero de Sanabria que ocupará, durante unos minutos, nuestra atención.

La iglesia, que como tantas del Camino está también cerrada, ofrece al visitante, en su exterior,  preciosos relieves de madera policromada que nos distraen por momentos. En un cobertizo se va muriendo 'de su dueño tal vez olvidado", como cantase Bécquer al arpa, un carro típico de estas heredades, que bien podría irse a un museo etnográfico.

Y hacia Triufé dejamos a nuestra diestra portentosos castaños que destacan en el entorno. Los llanos castellanos han dado paso a un relieve más irregular, de transición a la montaña, que ya nos recibirá mañana.

Iglesia de Triufé. Desde esta población, hasta Puebla de Sanabria, son sólo cuatro kilómetros de recorrido. A la entrada de Sanabria está Casa Luz, que es el albergue privado al que nos dirigimos. Josep llama a la puerta, pero nadie nos atiende. Así que nos tomamos la libertad de pasar al interior, donde observamos que tiene el aspecto de un albergue con literas en las habitaciones. Nos 'adueñamos' de las que elegimos y repetimos las pautas de cada día: ducha y colada para empezar.

Josep aún se quedará un rato más en el albergue. Yo me dirijo a la parte alta, hacia el castillo del conde de Benavente, Rodrigo Alonso Pimentel, desde el que se divisa una panorámica de Puebla de Sanabria. Deseo llamar a Adrián y a Encarni "¿dónde están? ¿Habrán cogido ya el tren?", pero tampoco se trata de ser pesado, y resisto la tentación de llamarles.

Me acerco a la iglesia de Nuestra Señora del Azogue; desciendo, nostálgico, por una cualquiera de las calles de Sanabria, y tras comprar algo para cenar, que finalmente no probaré, desisto de continuar callejeando y me retiro al albergue. Entonces los llamo. Adrián ha sido advertido por el médico que le atendió del disparate de haber caminado hasta treinta kilómetros con su dolencia y a Encarni le confirman la tendinitis. Los dos han tomado un tren a Ourense, y seguirán, después a la ciudad del Apóstol.

Josep charla, en la cocina, con el matrimonio propietario del albergue. Yo no me encuentro en condiciones de compartir estos momentos con nadie más y me retiro a la habitación para refugiarme en el recuerdo de las gentes que he ido conociendo en este Camino del Sur,  y que, sin saber por qué, se han ido instalando en algún rincón del alma. Y me "reencuentro" con Taka, que hace dos días habrá terminado el Camino Portugués en el trayecto Lisboa-Santiago y volará quizás a estas horas hacia Japón; me reencuentro con Cristian-Harald, de quien me despedía en Salamanca hace un año, pero que me visitó, pocos días después en A Guarda tras llegar a Santiago; con Adrián y con Encarni, y regreso con ellos a lo que fueron nuestros días compartidos y a los senderos andados. Aún tengo tiempo para volver al Camino del Norte y 'ver' a Karla, a Kike, a Roser, a Juan Carlos, a Carmen, que siguen estando aquí... Josep pregunta si no voy a cenar, y le hago un gesto negativo con la mano. Poco después, cuando se ha despedido del posadero, entra en la habitación para acostarse "¡Buenas noches, Antón!", me desea con cierta preocupación. "Ya estoy bien, Josep. Ya estoy bien. Buenas noches". Las horas pasan lentas y en las sombras siguen dibujándose las gentes que uno ha ido conociendo, pero en algún momento me duermo...

Puebla de Sanabria-Lubián