El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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Salamanca-El Cubo de la Tierra del Vino

17 septiembre 2007

35,3 km (7 horas 50 minutos)

Ha llovido gran parte de la noche y no han cesado los truenos. A estas horas en que nos levantamos, la 4.30 de la madrugada, todavía relampaguea. Con el menor ruido, sacamos las mochilas al pasillo, donde nos vestiremos para no molestar a quienes duermen. En el piso inferior están las duchas, lavabos y servicios. Cristian, está despierto y, cuando paso por su lado susurra, para no molestar a los demás, un "Antón" de despedida. Aprieto su mano tendida, pero no digo nada.

Y partimos una jornada más. Cuando abandonamos el albergue de Salamanca, deja de llover, pero llevamos los impermeables a mano; posiblemente no tardará en hacerlo de nuevo. La madrugada parece hoy triste...

Caminamos, como caminamos cada día: en fila. Pero hoy hay un hueco vacío en esa pequeña procesión de linternas que agujerean la noche.

A algo más de tres kilómetros de Salamanca debemos desviarnos por una senda, a la izquierda, que pasando por Aldeaseca de Armuña, Castellanos de Villiquera y la Calzada de Valdunciel, que nos apartará de la N-630, que soporta un tráfico importante y el arcén es escaso. Pero, con la noche que va, y la cantidad de agua caída, tememos encontrarnos con algún tipo de complicaciones, por lo que decidimos seguir sobre el asfalto, al menos hasta que se haga de día.

Avanzamos rodeados de "flashes" repetidos insistentemente. Los relámpagos iluminan las distancias. En algún momento, en los descampados por los que vamos, parece que los rayos caen ahí, a escasos metros de nosotros. Josep lleva, como bordón, un bastón metálico, extensible, de trekking, y duda si desprenderse de él. Me mira cuando una de las chispas parece caer más cerca y se oye de inmediato, el estruendo. "¿Será la Tierra dolorida que grita?".

El Sol se descubre buscando agujeros entre los densos nubarrones por donde salir. Los campos de girasoles , son, a estas horas, sombras a contraluz.

A las 8.30h cae un aguacero acompañado de granizo. Yo, que, me he protegido los pies con bolsas, noto que en vez de zapatillas, llevo una piscina en cada pie. El agua también ha calado mi débil impermeable. Algún camionero, hace sonar el claxon. En aquella carretera no hay un lugar donde buscar abrigo, así que seguimos.

Taka y yo nos hemos adelantado. Josep arrastra su cojera. En Calzada de Valdunciel, nos detenemos a desayunar en uno de los bares de la carretera. Unos minutos después, entra también Josep. En las paredes cuelgan algunos mosaicos con reproducciones de monumentos. La Fuente Buena, nos explica el dueño, la tenemos a la salida del bar, en la calle que se abre a la derecha. "Esta fuente", leemos en un panel explicativo, "conserva un monumento funerario romano, el pretil. Se trata de una estela de granito con un interesante motivo tallado. Una figura femenina yacente de medio cuerpo con la mano derecha descansando sobre el pecho y la otra asida a un recipiente para libaciones, tal vez hidromiel. Parece tratarse de una estela bajo imperial, fechable entre el siglo II y el IV, indicio de la proximidad de algún caserón romano, villa, o pequeño núcleo rural ligado al camino".

Calzada de Valdunciel, pueblo, queda a la izquierda y, a nuestros ojos, aparece precedido por un amplio campo dorado. Asemeja, visto desde la carretera, un pueblo aplastado en el que destaca la torre de su iglesia y algunas grúas que evidencia otras tantas obras. Un solitario espantapájaros nos observa desde cualquiera de los campos que vamos dejando atrás.

Cuando deja de llover, y Josep y Taka están convencidos de que la tormenta está pasando y no caerá más agua, deciden quitarse todo lo mojado que llevan encima ("¡Ostrás!", le digo a Taka aun sabiendo que no me entiende, "los pies de los japoneses son como los de los gallegos"). Aunque sigue el aparato eléctrico, y cae una gota de agua perdida, no estoy tan convencido de que no vaya a llover y prefiero continuar con lo puesto. Si ellos tienen razón, ya secará la ropa por el camino.

Observo que Josep lleva una rodillera y que hoy cojea ostensiblemente. Las ampollas le han obligado a cargar más sobre una pierna y, desde hace días, cada mañana debe realizar un esfuerzo mayor a la hora de salir. Luego, cuando la articulación entra en calor, la dolencia desaparece. Sólo cuando paramos, vuelve a tener dificultades para coger el ritmo, "su ritmo", que pese al dolor, es endiablado.

Después del breve descanso, voy perdiendo a Taka y a Josep, en la distancia. Como de costumbre, voy a la zaga, bebiendo paisajes y masticando pensamientos. A la derecha, un cartel anuncia un Centro Penitenciario. Más allá, una manada de vacas (negras, grises, claras, castañas) se desplaza entre los encinares. Y poco después, otro panel nos informa que entramos en otra provincia: Zamora. Hago memoria de las provincias por la que hemos pasado: Sevilla, Badajoz, Cáceres, Salamanca y Zamora.

Unos peregrinos que seguían un sendero a la derecha de la carretera, se han pasado a la izquierda y mientras tres de ellos continúan por otro sendero, el que se llama Antonio me da alcance. Me dice que hacen el Camino por tramos, que el año pasado cubrieron la distancia hasta Salamanca y este año piensan terminar en Zamora. Antonio me explica que vienen de Estepa, que hoy se detendrán en El Cubo de la Tierra, pero no utilizan los albergues; regresarán en coche a la casa rural donde se hospedan y, mañana, un vehículo los trasladará otra vez, hasta El Cubo de la Tierra del Vino, para cubrir otro tramo del Camino. Porta dos pequeños zurrones, y de uno de ellos saca unos polvorones con los que me obsequia. "Tome usted" y claro, uno que es goloso, no puede rechazarlos. Me explica que los producen en Estepa "y llevo esto lleno", añade golpeando los zurrones que cuelgan de sus hombros. Antonio va repartiendo entre los peregrinos, y dejando en los albergues, los polvorones que se producen en Estepa. A eso se le llama promocionar la tierra.

Cuando llegamos a El cubo de la Tierra, nos dirigimos a la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde el anterior párroco ha habilitado un espacio, anexo al templo, como albergue. Es sencillo, pero tampoco se precisa mucho más. La señora encargada del albergue, nos abre las puertas. Antonio, le explica que no se queda, pero que va a dejar unos polvorones para los peregrinos. Y vacía parte del zurrón sobre una mesilla y nos despedimos. La mujer dice que se llevará algunos, "!que a mí también me gustan!", y coge cuatro o cinco. "Llévese alguno más", la animo, pues hay más que suficientes para los tres. La mujer, lo rechaza, que ya le llegan, que sólo es para probarlos. Pero lo piensa mejor, y aumenta en otros dos los que ya tenía.

Josep, que está dolorido, dice que por la cabeza le ha pasado de todo: "No sé qué hacer. Abandonar, ir más lento, hacer etapas más cortas... Es que camino con la cabeza, si fuera con los pies ya lo habría dejado". Y yo le veo sufrir un montón, pero no se resigna.

Cerca del albergue, o sea de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, al otro lado de la carretera de Villanueva de Campeán, por donde saldremos mañana, hay un parque.

Aprovechamos que el Sol pudo salir para poner a secar las capas, el calzado y la ropa que hemos lavado. En la base del cruceiro una inscripción recuerda "Al párroco D. tomás / al pueblo de el Cubo / luceros en el alba del Camino". El anverso de la Cruz muestra una vieira, símbolo de que el Camino pasa por esta población, y en el fuste, un Santiago Apóstol.

Cuando abren las puertas de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, paso a su interior. Un monaguillo tira de la cuerda con la que se maneja la campana, llamando a oración. En una oquedad, destaca un Cristo románico. Algunas bancadas ya están ocupadas, y los fieles aguardan el comienzo de la Misa.

Cuando, finalmente, nos retiramos al albergue a descansar, comienzan a caer las primeras sombras de la noche...

El Cubo de la Tierra del Vino-Zamora