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Zamora
- Riego del Camino
14 septiembre 2008
34,4 km (10
horas 15 minutos)
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6.30 de la mañana: diana. Sacamos las
mochilas al exterior de la habitación que compartimos con Susana
y Javi, que aún duermen. En el comedor se
reúne el grupo de alemanes y el holandés que los
acompaña, y tras despedirnos de ellos y desearnos mutuamente
'buen Camino', salimos del albergue de
Zamora. Comienza nuestro Camino.
Luis, un zamorano que madruga para recoger vasos abandonados del botellón, nos orienta al
pasar por una de las plazas de Zamora. No obstante las guías que
llevamos y el apoyo de las flechas y otras señales, serán
suficientes para llevar al peregrino hasta Santiago.
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Es domingo y la ciudad del Duero, duerme. Hasta la
carretera descansa del paso continuo de los automóviles. Pasamos ante
la iglesia de San Lázaro, tomamos la calle Puebla de Sanabria,
después la Avenida de Galicia. El flash de la pequeña cámara rebota en
el panel informativo que orienta al conductor sobre las distintas
alternativas que ofrece la rotonda.
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Los alemanes, pese a que han salido
después, han llegado antes al desvío de Roales de Pan al atajar
por otro vial. Por lo que hemos observado en los distintos
caminos que hemos hecho, las guías alemanas parecen más precisas
que las nuestras. Un monolito destaca la distancia hasta
Compostela: 377 km. Y en este punto recuerdo a Taka, de quien
nos despedíamos aquí mismo, hace un año. Taka ha vuelto de nuevo
al Camino para hacer la ruta Lisboa-Santiago que finalizará
dentro de tres días. |
Antón y Josep dejando constancia de
que el Camino, en 2008, empieza en Zamora, aunque hay otro Camino, el
que cada uno llevamos dentro, que se hace día a día. Es curioso como,
cuando estás aquí, en el Camino, te transformas en otra persona más amable, más
solidaria, más tolerante...
Disfrutamos de nuestro primer amanecer
conscientes de que la vida nos da una nueva oportunidad para
reconocer nuestras imperfecciones y valorar las pequeñas cosas que nos
bastarían para ser felices. A estas horas, las sombras se alargan exageradamente en las tierras
ocres de los campos de esta Castilla 'ancha
y plana como el pecho de un varón", que dijera el poeta Antonio Machado.
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A nuestra derecha, las tierras de cultivo
son guijarrales, y uno se muestra incrédulo de que aquí,
donde sólo hay piedras y no se ve ni una hierba perdida, pueda
cultivarse algo. Y sin embargo, estas tierras duras acogerán
también las semillas y fructificará el fruto y vendrán los
campesinos en las madrugadas, antes de que el Sol los reviente,
a recoger el grano. Si una simple semilla puede tanto, ¡qué no
conseguirá la voluntad del hombre! |
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Hacia Roales de Pan nos cruzamos con un rebaño
de ovejas conducido por dos galgos que nos sorprenden por su
condición de pastores. Sin que nadie se lo indique, se sitúan en los cruces,
impidiendo que alguna oveja se desvíe de las pistas de la
concentración parcelaria que se prodigan en este lugar. Cinco minutos
después, en bicicleta, llega el pastor que entabla conversación
con los peregrinos. Nos indica que Roales queda a nuestra derecha. Es el
pequeño pueblo que vemos a unos 200 metros, y nos aclara que la senda
que seguimos nos llevará también a la pista de Montamarta. Los alemanes
continúan por el sendero; Josep y yo nos desviamos por Roales de Pan,
que está a tiro de piedra...
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... y tras refrescarnos en su fuente, donde se
recrea un miliario romano; observamos sus casas y rodeamos la iglesia,
cogemos el sendero a Montamarta disfrutando del paisaje que nos
rodea, pero en donde no hay ninguna sombra. Algunos ciclistas que hacen el Camino nos adelantan
"¡Ánimo, que ya os falta menos!", nos alientan al cruzarse con nosotros.
"¡Qué os sea leve!", respondemos, y los perdemos en la lejanía donde se
van haciendo más pequeños hasta convertirse en un punto que termina por
perderse en el horizonte.
Los girasoles se inclinan reverentes al
paso de los que van a Santiago y en algunos campos esperan las pacas
a que el segador las retire.
A media maña ya hace un buen rato que nos sobra la
ropa, así que nos despojamos de algunas prendas y
continuamos creando huellas. Observamos los nidos de las cigüeñas,
repitiéndose aquí y allí, en las torres de alta tensión en un
imposible equilibrio por mantenerse y que, sin duda, ha de resultar más
espectacular cuando se produce el apareamiento o acoja a los pollos.
Entrando en Montamarta dejamos atrás los pastizales en que se han
convertido los campos de cereales, donde ahora se amontonan las pacas.
Como ocurre en otras edificaciones de estas
tierras castellanas, la iglesia de Montamarta está coronada por
nidos de cigüeñas. En un lateral se levanta la escultura en homenaje al
Zangarrón, obra del artista Ricardo Aparicio Gago. El Zangarrón
se celebra entre el 1 y el 6 de enero, siendo un quinto del año quien lo
representa, y persigue a los jóvenes con su tridente en la mano. Con una
vestimenta multicolor, lleva un cinto de cencerros. Durante la
procesión, va dando saltos.
Después de recuperar energías en un bar de
Montamarta emprendemos el camino, pero no vemos una flecha y nos
desviamos del sendero hasta que nos corrige José, que nos
indica
el camino correcto que nos acerca a la cola del embalse de Ricobayo,
dominado en la altura por la solitaria ermita de la Virgen del Castillo
Recortándose sobre el azul del cielo, y dejándose llevar por las
corrientes de aire, planea una ave rapaz que no consigo
identificar; las merenderas
anuncian el fin del verano y una Papilio machaon busca el mejor
lugar donde posarse.
El sendero desemboca en la carretera
N-630 que cruzamos para volver a otro sendero. Josep, a quien ya no veo,
ha elegido mal las flechas y se desvía del camino, pero advierte su
error y me llama por el móvil. Le digo que regrese a la carretera, y que
lo espero en el puente desde el que se observa el embalse de Ricobayo.
Caminamos
muy cerca de la orilla, en dirección a
las ruinas de Castrotorafe, que en la Edad Media fue castillo de
los Caballeros de la Orden de Santiago, y que está declarado Monumento
Nacional desde 1931.
Nos precede el grupo de alemanes que
también se dirigen a estas ruinas. Un nuevo sendero nos manda al
interior de Castrotorafe desde el que hay una panorámica del río Esla,
por lo que nos detenemos unos minutos aprovechando esta justificación
para hacer un breve descanso en esta jornada calurosa. Viéndonos entre
las ruinas, aquí y allí, parecemos exploradores del siglo XIX o
personajes de una novela de Julio Verne.

Los alemanes llevan provisiones para hacer una
parada mayor, incluso portan un pequeño hornillo. Van pertrechados para
resistir un asedio. Josep y yo cargamos
la mochila a las espaldas y emprendemos el Camino hacia Fontanillas
de Castro, a donde llegaremos en poco más de media de hora. Desde la
distancia Fontanillas aparece como una población aplanada y mimetizada
con la tierra que la rodea.
Agustín, Isidoro y Cristianne nos invitan a
llenar las botellas, que ya llevamos vacías, en una fuente
próxima. Les gusta hablar, así que, con nuestro destino ya próximo,
también compartimos con estos tres vecinos de Fontanillas de Castro un
nuevo descanso. La reflexión, el contacto con los vecinos,
las visitas culturales, generalmente en los pequeños pueblos limitadas a
la iglesia, son parte del Camino de Santiago; al menos, de
nuestro Camino de Santiago.
Abandonamos Fontanillas curioseando a derecha e izquierda. Observamos
los detalles de algunas de las casas, donde abundan también las
construcciones de adobe en las que se adivina, a veces, el abandono en
el que quedaron las viviendas, en otras, más o menos cuidadas, los
muchos soles y vientos que soportaron.
Algunos perros nos desafían amenazadores y
nos ponemos en guardia con el bordón dispuesto a defendernos, pero van
de farol. Tan pronto los dejamos atrás, ladran 'a nadie', entonces me
atrevo a sacarles una foto. Por fin, con ganas de llegar, vemos ya la
torre de la iglesia de Riego del Camino.
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El albergue es sencillo, pero acogedor y siempre
agradeceremos que nos ofrezcan un suelo y un techo. Aquí tenemos las dos
cosas, y además, literas. No hay que exigir más. Las moscas se
recrean humillándonos, pero también sirven para poner a prueba nuestra
paciencia, un ejercicio que deberíamos
practicar más a menudo. Como sucederá en los días siguientes, tras elegir cama,
nos duchamos, luego toca hacer colada, el paseo por el pueblo para
visitar sus monumentos, la iglesia, una vez más; conversar, si
se tercia, con los vecinos y, después de cenar, retirarse a descansar
esperando una nueva jornada. Al albergue ya ha llegado una joven pareja
de alemanes y también lo hará el grupo que ha salido de Zamora.
Riego del Camino-Tábara |