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Xunqueira de Ambía-Ourense
23 septiembre 2008
23 km (6
horas 30 minutos)
Acostumbrados a etapas más largas, la de hoy es un paseo. Aún así,
decimos iniciar la jornada con el horario preestablecido, pues a Josep
le gusta madrugar, de modo que a las siete de la mañana ya estamos
dejando nuestras huellas por las calles de Xunqueira de Ambía y cruzando, poco después, el río Arnoia.
La temperatura es agradable; la humedad del
ambiente, a estas horas, también se convierte en alidada. Antes de que
hayamos cubierto una hora de camino, ya nos despojamos de parte de la
ropa para ir más frescos. A tres kilómetros de Xunqueira, está Outerelo,
la primera de las catorce poblaciones por las que hoy pasaremos
hasta llegar a Ourense.
Aunque vamos por una carretera local, por ella no
pasa ningún vehículo, o al menos, mientras nosotros la caminamos no
hemos coincidido con ninguno. La poblaciones se suceden muy próximas
unas a otras. A doscientos metros de Outerelo ya entramos en A Pousa
donde, sin detenernos más, lo único que apreciamos es su iglesia. A
partir de aquí, con una pequeña subida cuando lleguemos a O Cumial, todo el camino será
una bajada siguiendo la carretera o buscando la alternativa de un
sendero.
Por Salgueiros pasamos casi de soslayo, lo mismo
que por Gaspar, y cuando entramos en Veirada, significa que hemos dejado
ya el municipio de Xunqueira de Ambía y entramos en otro: Paderne, al
que pertenece la siguiente población.
Maduran las uvas, que esperan estos días a ser
vendimiadas, y casi como en un suspiro, ya vemos las primeras casas de
Penelas.
La carretera, ahora, nos hace entrar en Venda do Río, que pertenece a
otro municipio: el de Taboadela. Atravesamos un puente y podemos
observar los patos que, ante nuestra curiosidad, buscan refugio entre
la vegetación.
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A menos de un kilómetro, está Pereiras, aunque
parece un todo con A Venda do Río. Josep charla con los propietarios de
una de las casas. Cuando me acerco, nos invitan a pasar al interior.
Ella es Nuria, catalana, y el, Baudilio, de Pereiras. Les encanta, nos
dicen, hablar con los peregrinos, a quienes suelen invitar a su casa,
como han hecho con nosotros. Baudilio y Nuria nos sirven un
extraordinario desayuno y nos colman de atenciones... Después, nos
muestran una parra centenaria, de la que están muy orgullosos. Bajo la
parra, nos cuentan, se sientan las tardes de los tórridos veranos,
amparados por el follaje que desprende una sombra que invita a quedarse.
Nos despedimos con la promesa de abrazar a Santiago en su nombre y
levanto la vista al cielo por encontrar gente tan buena en
nuestro Camino.
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La misma carretera por la que entramos, es la que
seguimos ahora para salir de Pereiras. Aquí todavía se observan las
bellas estampas campesinas y aún hay alguien capaz de recuperar los
antiguos hornos para cocer el pan artesano.
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Cuando ya hemos dejado atrás Pereiras, recogemos
de la carretera, inmóvil, tiritando un jilguerillo. Josep, que va
delante no lo ha visto, y lo llamo. Posiblemente sus horas ya están
contadas. Recuerdo aquella canción de mi juventud, "Charlie",
y creo que fue el grupo Santa Bárbara quien la hizo famosa. Pensábamos entonces que
Charlie era una joven, y resultó ser
el nombre de una paloma.
Como no podemos llevarlo con nosotros, y no podemos cantarle la canción,
decidimos ponerlo a salvo de
los coches, en algún lugar donde alguien que pase pueda verlo y se lo
lleve. Llegamos al polígono de San Cibrao das Viñas, como ocurre con
todos los polígonos industriales, es el lugar más deshumanizado por el
que pasamos. Coches, camiones, ruido, asfalto, trasiego de los que van y
de los que vienen; de quienes entran y de los que salen.
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Desde un sendero vemos ya al fondo, Seixalbo.
Cruzamos las vías del tren, volvemos a una carretera, y dejamos a
nuestra derecha, sobre un pequeño alto, vigilante, una ermita.
Seixalbo es un pueblo bien conservado, de calles
empedradas con grandes losas, y edificaciones de sabor popular,
ganándose el título de Conjunto de Valor Etnográfico. En la Plaza Mayor
se exhibe un precioso y elaborado cruceiro plateresco, que como otros
muchos, tiene en el reverso la imagen de la Virgen de la Piedad y en el
anverso, como todos ellos, el Crucificado.
Las construcciones de Seixalbo merecen un poco más
de atención por parte de los peregrinos que ahora dejan huellas sobre
las losas de granito. ¡Qué solitarias se van quedando las calles de
estos
pueblos!
Cerca de la iglesia puesta bajo la advocación de
San Breixo, se reproduce, en un relieve, una escena de dos peregrinos
que pasan por Seixalbo. Desde un pequeño alto en el mismo Seixalbo, ya
vemos Ourense, aunque todavía estamos a casi una hora de distancia.
No hace falta decir que Ourense contrasta con todo
lo que hemos ido dejando atrás. El albergue de peregrinos ocupa el
antiguo convento de San Francisco, que fue rehabilitado con este
objetivo. Cuando llegamos a él, hay un matrimonio que lleva dos días
hospedado ya que el hombre ha tenido un accidente en otro albergue,
teniendo que recibir varios puntos en un dedo que le impiden caminar.
Además se queja de la espalda, por lo que han decido acompañar al
pequeño grupo con el que hacen el camino, en coche. En el albergue nos
hemos encontrado con Liv Marie y llegará, poco después,
una joven a la que apenas hemos tenido ocasión de saludar.
Una vez aseados y lavada la ropa, toca el
recorrido por la ciudad. Josep, lo hará más tarde.
Detrás del albergue, se halla el cementerio.
Llaman mi atención algunas de las construcciones que encuentro en las
calles más concurridas. Después me acerco a la catedral...
...y hago un intenso recorrido por su interior,
deteniéndome en su imaginería. He accedido por la Puerta norte, donde
unas mujeres, piden limosna. Me acerco al Pórtico del Paraíso; donde hay
un Santiago con la espada, en el parteluz. En una capilla dedicada al
apóstol se encuentran las imágenes del Santiago peregrino y de la
Batalla de Clavijo. En lo alto, se abre la cúpula. Vuelvo de nuevo al
Pórtico del Paraíso que me distrae casi treinta minutos... Después regreso a las calles ourensanas en una de
las cuales se recuerda a la Lechera.
Paso de nuevo por la catedral, y acudo a la
Plaza Mayor,
donde, entre otros edificios, está el ayuntamiento, y me acerco, también
a la Iglesia de Santa María la Mayor, lugar donde se edificó, en el
siglo VI, la primera catedral.
Y como no, otra de las visitas obligadas fue a la
fuente de As Burgas, cuyas aguas salen a una temperatura de 67 ºC.
En un intento por comprobar esa temperatura acerco la mano al agua e,
instintivamente, no sé si porque me quema o por presentir que me podía
quemar, apenas la mojo la retiro como impulsada por un resorte. Un edificio
neoclásico
y un cruceiro, son parte de las muchas posibilidades arquitectónicas y
escultóricas que nos ofrece la llamada "cidade das Burgas".
El recorrido por Ourense, me ha metido entre las
sombras vencidas por las luces de la ciudad. Quisiera acercarme al
Puente romano y trato de preguntar a un joven cómo llegar a él. El mozo,
quizás dudando de mi aspecto: pantalón corto en una incipiente noche que
ya va refresca, jersey de 'trote', barba de varios días, seguramente me
confunde con un vagabundo y me da largas "Llevo prisa", me responde sin
detenerse y sin mirarme. "¡Bueno, pues bendito sea Dios!", digo, y sigo
mi camino hacia cualquier calle.
Ourense-Oseira |