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Ourense-Oseira
24 septiembre 2008
29,9 km (9
horas)
Hoy nuestro destino es Oseira.
El monasterio figura en la lista de mis lugares preferidos. Siempre he
tenido debilidad por los cenobios, quizás por la espiritualidad que se
vive en ellos; por la paz que se guarda entre sus muros. Quízás también
por eso, entre mis músicas, están los cantos gregorianos. Zenarruza (Vizcaya) y
Sobrado, en el Camino del Norte, y la Congregación de Esclavos de María
y los Pobres, en Alcuéscar, que forma parte de la Vía de la Plata,
ofrecieron ya reposo al peregrino.
Cuando estamos a punto de dejar el albergue, la joven que ha llegado a
media tarde de ayer, ha bajado también con su mochila. Le ofrecemos nuestra compañía
para iniciar la jornada de hoy, pero esperará a que se disipen las
sombras.
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Nos despedimos y, ya en la calle, Josep y
yo buscamos el puente romano. Absortos en nuestras reflexiones,
otra vez surgirán las dudas del itinerario que debemos seguir. Saliendo
de Ourense hay dos alternativas, nosotros queremos ir por Mandrás, sin
embargo, nos liamos y parece ser que tomamos la desviación por Tamallancos, o quizás no fuese ni la de Tamallancos.
Hemos seguido la carretera que cruza un túnel. Como no vemos flechas,
pasamos sobre las vías del tren, en la estación, para iniciar de
nuevo el recorrido, pero luego las desandamos otra vez, volviendo entre raíles y
más raíles. Finalmente retrocedemos hasta el túnel.
Se han disipado las sombras y descubrimos, burlonas, las flechas que no
hemos visto. "Está escrito, Antón, que esto forma parte del Camino",
dice con resignación Josep tras haber perdido casi veinte minutos, y yo acepto con buen humor esa reflexión.
Como ya amaneció, vamos observando los montes que tenemos a
nuestra derecha, compitiendo los dos picos por rozar las nubes que
lentamente se metamorfosean en nuevas formas y se deslizan tímidamente
alejándose.
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Ya nos han advertido en el albergue que después de Ourense, tenemos una espectacular subida. El peregrino accidentado nos
explicó que son dos kilómetros y medio de empinada carretera. Con esa
idea de dureza, llegamos al comienzo de la Costiña de Canedo (una ironía
lo de 'costiña'), pero aquí todavía es una suave pendiente. Por la
carretera de Cachaxúa, seguimos sin ver esa empinada cuesta, que
adivinaremos ya cuando lleguemos a la fuente. Entonces decidimos hacer
una parada técnica: quitamos parte de la ropa que nos abriga;
desayunamos algunas de las galletas que lleva Josep, y a las que no
puedo renunciar, porque uno que es goloso, ahora mismo no osa decir que
no; lo mismo vaciamos que reponemos líquidos y "¡venga Josep; a por
ella!". Emprendemos la subida.
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A lo lejos observamos una pareja de ardillas que
juegan cruzando la carretera. Sudamos. Medio cuerpo va por delante, aquí
quien abre camino no son los pies, que empujan, es la cabeza, que va en
avanzadilla. El alquitrán se extiende frente a
nosotros, que vamos conquistando, metro a metro, la subida que casi
termina cuando vemos la señal de Castro de Beiro. Justo en una fuente con
leyenda alusiva a Santiago, concluimos la Costiña de Canedo "¡Vaya con
la costiña!". Tragamos
aire; resoplamos; otra vez tragamos aire y el pecho parece querer salir
de la camiseta. Volvemos la vista a la "Costiña" y los ojos se escapan cuesta abajo sin que nada
los detenga. Pero hemos superado, de un tirón, la cuesta que, una vez
arriba, no fue tan
dura... porque contábamos con esos más dos kilómetros, y su longitud no
nos parece que llegue a los 1.500 metros.
Andamos camino, y nos topamos una placa
en la que se rinde
reconocimiento a Daniel Álvarez Rodríguez por su dedicación y entrega a los
peregrinos del Camino Mozárabe de la Vía de la Plata, según leemos en el
texto que se inscribe en la losa de granito, allí puesta en el año 2005. Por el
sendero
llegamos, primero, a Taberna de Cachó, y poco después entramos en el
municipio de Amoeiro.
Las carreteras que seguimos son
vías locales, sin apenas circulación, tan sin apenas, que nos sobran los
dedos de una mano para contar con cuántos vehículos nos hemos cruzado. En Liñares,
protegiéndose bajo sendos paraguas de los rayos del sol que caen como
flechas encendidas, se acercan dos mujeres que, tras saludarnos, se
interesan por nuestro camino.
Y tras regalar palabras y
recibir, a cambio otras palabras, sonrisas, miradas y buenos deseos,
seguimos el sendero que nos acerca al puente sobre el río Barbantiño,
un puente que va por donde los vecinos llaman Camiño Real, paso de
peregrinos que, como ahora nosotros, lo cruzaron desde el siglo XIII
aunque seguramente, como ocurría en otros muchos puentes, debían pagar
por cruzarlo. Nosotros ya no abonamos peaje.
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Tras pasar las primeras casas de Mandrás,
donde nos encontramos algunas construcciones ajenas a la tipología
tradicional, nos refrescamos en su fuente
cuyo autor, Bernardino Graña, que vive en la casa de enfrente, se acerca
al vernos y nos asegura que le pagaron bien por su trabajo de cantería. La fuente
lleva símbolos del peregrino, aunque algunos, como la calabaza, ya se la
llevaron, pero conserva una concha y un bordón cruciforme, entre otros
elementos jacobeos, además de una pequeñísima cruz sobre la repisa.
Llega otro vecino en moto y se une a la conversación. Luego coge un vaso
'comunitario' que hay en la fuente y, tras beber, lo acerca de nuevo al
grifo y me lo ofrece.
Una Almiña, muy castigada en su
imaginería, resiste aún el paso del tiempo, y antes de Casas Novas nos
sentimos observados por una enorme cara, de expresión amenazante, que nos sugiere estar pasando
por el territorio de alguna tribu que aún conservase sus cultos
ancestrales. En Casas
Novas se unen las dos alternativas que partían de Xunqueira de Ambía: la de
Verín y la de Cea...
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...villa, esta, que publicita su famoso
Pan de Cea en la distancia, y cuya tradición panadera está
vinculada al Monasterio Cisterciense de Santa María la Real de Oseira.
Por Casas Novas, nos acercamos a un pequeño bar-tienda de carretera para
desayunar y durante el tiempo que estamos en él, han entrado algunos
viajeros, de acento castellano, finos modales y traje en ristre, buscando el ya mencionado pan.
Una de las mujeres del establecimiento observa curiosa las cintas que me
dejaron Adrián y Encarni, y que llevo en el pecho. La mujer no se
resiste y pregunta, señalándolas, "¿Qué significan?". Paso los dedos
sobre la suave tela "significan amor, amistad, compañía; muchas cosas. Pero
también ausencia, dolor... y esperanza", y la mujer que preguntó,
satisfecha su curiosidad asiente "¡Ah!". Elevándose entre las praderías,
después de dejar Casas Novas, ya vemos los tejados de Cea
dibujándose
sobre lienzos azules, y las paredes blancas de sus casas destacando bajo
los mismos tejados que las cubren.
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La calle que seguimos se acerca
al albergue de Cea, en cuyo balcón una peregrina consume el tiempo en la
lectura. Nos saluda al vernos y con gestos y el mínimo de
palabras, una evidencia de que no conoce la lengua de Cervantes ni la de
Rosalía, nos
informa: "aquí, albergue". "No; seguimos", respondemos al tiempo que
movemos los dedos en señal de que continuamos nuestro camino "a Oseira".
"¡Oh sí, Oseira!", dice confirmando que nos entendió, y nos
despide con un gesto de la mano. La Plaza Mayor de San Cristobo de Cea
está presidida por la torre del reloj
con su fuente, donde nos surtimos de agua fresca; a decir verdad, el que
bebe es Josep, que a mí me queda demasiado alta, así que me conformo con
ver correr el agua, y si quiero beber acudo a la reserva que llevo en la
mochila. El reloj marca las dos de
la tarde. Nos quedan nueve kilómetros hasta Oseira; o sea unas dos
horas de camino. Allí comeremos.
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Cea, ya lo hemos dicho, es un
pueblo donde la industria del pan tiene renombre y tradición; una
tradición que le viene de siglos. En el Catastro del Marqués de la
Ensenada (1752) se censa a la mayor parte de los vecinos como panaderos,
y hoy son más de veinte los hornos que elaboran tan afamado producto, de
modo que no podía faltar en esta villa el homenaje a la panadera.
Dejamos la villa, su centro urbano, y nos colamos por un encantador sendero,
de irregulares piedras de granito con cercas también de piedra
limitándolo.
Verdes. Tonalidades distintas
de verdes dibujando prados y montes y setos. Y otra carreterita más que zigzaguea
camino de Silvaboa y Pielas...
... y, sin detenerse, orillea las
viejas
casas que desde su encierro, ven pasar a los pocos transeúntes que
utilizan esta vía camino de Ventela.
Estamos a punto de llegar al monasterio, cuyas
torres han delatado la presencia del convento cisterciense antes de que
asomase todo él. Clavada en el tronco de un árbol, por alguien enamorado
espiritualmente de ella, la
Imagen de Santa María, con dos rosas a ambos lados, suscita un Ave María
al que pasa. Desde este lugar, ya vemos Oseira, nuestro refugio de esta
noche.
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El albergue es uno de los
pabellones del Monasterio, donde en otras épocas, al parecer, estuvo la
biblioteca de este santo lugar. Una nave de altura considerable
que recuerda, también, a esos enigmáticos corredores de bóveda de cañón
y con antorchas en los laterales, donde se suceden los misterios. Un
cuadro pintado por Fray Luis, monje de este cenobio a quien más tarde
conoceremos, preside la
estancia desde el fondo, donde se sitúan las literas. El resto está
ocupado por una mesa continua, sencilla, que tampoco se necesita mucho
más, formada por simples tableros que descansan sobre caballetes. La
estancia es fresca, y en sus paredes se cuelga algún otro cuadro del
fraile-pintor. Otras tres mochilas están dispuestas en otras tantas
camas. Llegarán pronto sus dueños: tres franceses, dos hombres y una
joven que, sorprendentemente, hacen el Camino al revés.
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A determinadas horas se realizan
visitas guiadas por el interior del Monasterio y me apunto a una
de ellas. Me imagino ir acompañado en el recorrido por uno de esos
monjes que esconden sus manos en las anchas mangas de sus hábitos
blancos, que hablan pausadamente y respiran santidad. Otras seis o siete
personas también esperan la hora del recorrido, entre ellas una pareja
de alemanes. Algunos, con el deseo de llevarnos un recuerdo del interior
de esta obra arquitectónica, portamos la cámara fotográfica. Contra mi
deseo, no nos guía ningún místico, sino una de las señoras que atienden
la oficina de venta de recuerdos en forma de libros, adornos, postales,
cruces, medallas y otros objetos que pueden adquirir los visitantes.
Franqueamos la puerta que da acceso a uno de los claustros, y ya un
cartel advierte que está prohibido sacar fotos o grabar imágenes; pero
por si no nos queda claro, la señora-guía de la visita, nos lo recuerda
también. Y vamos recorriendo claustros, salas, escaleras, dependencias,
y conociendo algunos de los avatares por los que pasó este impresionante
monasterio a lo largo de su historia que comenzó en el siglo XII.
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Josep hace también un recorrido
guiado, pero se unirá a un segundo grupo y será otra la guía que
dirigirá su recorrido. Josep ha hecho buenas migas con Fray
Luis, el fraile pintor con el que más tarde haremos otro recorrido
muy especial, pero antes asistimos a las vísperas, la penúltima de las
horas de oración en que los monjes dividen cada jornada. En la penumbra
del coro deslizo la mirada por el rostro beatífico de los elegidos.
Salvo dos o tres religiosos, de mediana edad, los demás son hombres ya
mayores, pienso que demasiado mayores para que el monasterio pueda
mantener vida entre sus paredes mucho tiempo. Pero Fray Luis me corrige, siempre llegan vocaciones, ahora más tardías, es verdad, son hombres que
ya conocen lo que es la vida, con cuarenta o más años, y que buscan la
paz interior que no hallaron en un mundo dominado por el materialismo,
la individualidad. Fray Luis habla con una sonrisa contagiosa que, a
veces, se convierte en una pequeña carcajada que le nace de 'adentro'.
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Y con Fray Luis recorremos la sala donde se
expone la obra de este pintor enamorado de Dios. La muestra está
dedicada a San Pablo y reproduce escenas de la vida del apóstol,
algunas de gran dramatismo; otras, reflejan el espíritu de la comunidad
que seguía al Maestro y a la que perteneció, también, Pablo; San Pablo.
Hoy hemos tenido uno de esos días en los que el alma se serena y
encuentra, como decía Fray Luis, la paz que tantas veces perseguimos,
pero que se nos escapa entre las rendijas de una existencia que perdió
la razón de vivir para sentirse vivos.
La sonrisa de Josep me parece, hoy, diferente.
Como que una gran paz y una sensación de bienestar espiritual que
trasciende su existencia, se apoderasen de él. "Ya te contaré", me
dice, sin que yo le pregunte, y abandona la nave-albergue para buscar la soledad de un lugar
donde hacer sus ejercicios trascendentales.
Oseira-A Laxe |