El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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Monesterio-Puebla de Sancho Pérez

5 septiembre 2007

43,5 km (12h 05 minutos)

  

Hoy caminaremos una de las grandes etapas de la Vía de la Plata, 43'5 km, que si no fuera por el calor, tampoco serían de temer, al fin y al cabo, racionando los descansos, no es otra nuestra labor. Pero esos grados de más...

Son poco después de las 4.30h cuando suenan dos móbiles anunciándonos que el descanso llegó a su fin. Y las manecillas del reloj señalan las 5.15h cuando dejamos el hostal de Monesterio e iniciamos el camino.

La noche va oscura y las linternas vuelven a hacerse necesarias. Caminamos un trecho por la N-630, pero pronto cogemos un desvío a la izquierda que nos acerca al arroyo de la Dehesa. El río, que no vemos, pero al que adivinamos por el relieve y sobre todo porque canta el agua en el silencio de la noche, nos acompaña discurriendo a nuestra izquierda hasta llegar a un puente de hormigón, que cruzamos, y ahora quienes vamos a la izquierda somos Josep y yo.

Supongo, por las negras sombras que parecen dibujarse en la oscuridad, que discurrimos por un entorno de dehesas.

 

Entre Monesterio y Fuente de Cantos se interponen varias cancelas que sin dificultad alguna abrimos y volvemos a cerrar. El camino, en general, está bien señalizado y las flechas, símbolos aliados del peregrino, proporcionan esa seguridad de que seguimos por la ruta idónea. Gracias a esa labor callada y constante de las asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, la Vía de la Plata se hace sin mayor dificultad, aunque es cierto que, en ocasiones, puede uno titubear allí donde desapareció o nunca se trazó una flecha. Pero son muy pocos los puntos en los que esta situación de desasosiego puede surgir.

Cada vez que el sol aparece por el horizonte, nos detenemos y observamos, en silencio, su nacimiento. Me admira esa especie de fervor religioso que Josep dedica a cada amanecer. Josep se detiene y permanece inmóvil, sin pronunciar palabra alguna, hasta que el astro se eleva en el horizonte...  Cuando la claridad nos deja disfrutar del paisaje, las dehesas ya han desaparecido y, en su lugar, se manifiestan extensos campos dorados que se acomodan en las suaves lomas rompiendo la monotonía del erial y creando bellas estampas de las tierras extremeñas.

Cundo llevamos más de cuatro horas de camino, hacemos un alto que aprovechamos para tomar unas notas. Un paisano, sobre una bicicleta, conduce tres galgos que llevan colgando del cuello un pequeño palo con el que se golpearán las patas delanteras en caso de que inicien la carrera. Allá a lo lejos  vemos Fuente de Cantos. Y, a media distancia, los pastores conducen sus rebaños, ayudados por perros que devuelven las ovejas descarriadas a la manada.

 

Pasamos cerca de un rebaño, ajeno a quien camina o le observa, que pace en uno de esos latifundios a los que en Galicia no estamos acostumbrados. Amarillea la hierba en los toboganes de la planicie que se extiende infinita más allá de donde se detienen nuestros ojos. A la derecha, una piara de cerdos ibéricos, gruñones, protestan, unos más que otros, su encierro obligado en las pocilgas. Un perro negro, al que observo de reojo, mira al rebaño que conduce un poco más allá un pastor. El perro negro, más entretenido con el paso de las ovejas que nada tienen que ver con él, no hace caso al peregrino que pasa a su lado. Él a lo suyo, y a lo mío, voy yo. Todo lo contrario que varios perros que se me antojan del tamaño de caballos, envalentonados acaso por ser más de dos y de tres. Aún a pesar de la distancia que se tercia entre nosotros, comienzan a ladrar a mi paso y me pongo en guardia por si acaso. Tres de ellos se lanzan a la carrera a mi encuentro, pero una cerca metálica y alambrada les corta el paso "espero que no tengan alguna salida", pienso con cierta preocupación. Y ellos a ladrar y, yo, apurando el paso y girando de cuando la cabeza hacia los perros-caballo, me alejo sin más de sus ladridos que va ahogando la distancia.

Fuente de Cantos. Aquí reside Manolo Pereira con su mujer y sus hijas, naturales de A Guarda. Les llamo, pero no consigo comunicarme. Pregunto en la Plaza municipal y, curiosamente, un señor mayor que se acerca, me explica que es familiar político de una de las hijas de mis amigos. A través de él les envío recuerdos ante la imposibilidad de visitarles.

En Fuente de Cantos Josep, que viene arrastrando molestias en la ingle por unas rozaduras a las que ha hecho frente con remedios caseros, acude a una farmacia procurando mejor arreglo. Hasta Santiago queda mucho recorrido aún, así que le animo a acudir a un dispensario médico. Mientras, yo desayuno en un bar en las inmediaciones de la iglesia de Nuestra Señora de la Granada.

Josep parece una farmacia ambulante. Le sobran las gasas que compró en la farmacia y me devuelve, como Cristo con el milagro de los panes y los peces, las que yo le cedí multiplicadas con calculadora. Las curas y el vendaje experto le alegran el caminar cuando dejamos la Plaza de la Constitución.

Tras Fuente de Cantos son los viñedos los que se prodigan. Sobre el ocre de los campos, y recortándose en el fondo azul celeste, vigila uno de los toros negros de Osborne indultado cuando se retiraron las vallas publicitarias de las carreteras. Por la pista que nos acerca a Calzadilla de los Barros nos adelantan dos ciclistas que hacen sonar los timbres de sus bicicletas. "¡Buen camino!", nos desean levantando sus manos. Devolvemos el saludo y los mismos deseos. En uno de los latifundios, iniciaron la vendimia. Ellos también nos envían sus mejores deseos "¡Que Santiago les guíe!"  Hasta Calzadilla de los Barros hay 6'5 km.

En esta localidad hacemos otra parada y observamos la imponente iglesia del Divino Salvador, almenada en el ábaside, lo que le da un aspecto de fortaleza.

Iglesia del Salvador de Calzadilla de los Barros y puerta lateral. Su construcción se inicia en el último tercio del siglo XV. Posee uno de los mejores retablos gótico-renacentistas, que no hemos podido ver por estar cerrada.

A la sombra, conversa un grupo de calzailleros. "Parece que van a Santiago". Y nos preguntan de dónde partimos, y hablan del calor y dicen algo del albergue. Preguntamos por un bar y nos dirigen al más próximo.

A las 13.17h, tras vaciarnos una clara con limón, volvemos a la plaza, donde siguen los vecinos. "¡Qué tengan buen Camino!" "Vayan ustedes por ahí, ya verán la flecha". El último tramo de nuestra jornada, hasta Puebla de Sancho Pérez, son 15 km, unas tres horas, sino fuera por el calor que nos impide agilizar el paso.

Las distancias son espejismos de cercanía. El sol, que me ha quemado las fuerzas de caminar me arroja inmisericorde sobre una somera sombra que no consigue protegerme totalmente, al amparo de una columna que sostiene la cancela. Me he quedado sin agua. En aquel yermo, donde llevo tumbado veinte minutos, por cruzar no lo cruza ni un ligero aire que pudiera mendigar. "Es que no pasa ni un alma... Si se acercase alguien en un coche al que pudiera pedirle un poco de agua...". Pienso en alto. Me quedo con las ganas y bebiendo mi propia sed. Uno no sabe si los milagros existen o si el señor Santiago camina a nuestro lado. De pronto me parece oír el ronquido de un motor. El coche se detiene donde yace un peregrino derrotado y sediento. "¿A dónde va usté con la caló que está cayendo?" "¿No llevará usted un poco de agua?", pregunto en forma de petición.

El hombre, que después me daría su nombre, Juan Manuel Pozo ¿Cifuentes?, de Hornacho, se derrumba como si le hubiesen sacudido un golpe. La sonrisa se torna angustia y la alegría del saludo, una disculpa amarga. "Lo ciento. É que no llevo nada, que se la daría a usté". "Pues nada, no se preocupe. En Puebla ya beberé".

El coche deja una efímera polvareda en el aire. Yo sigo allí, estrechándome para ganar todo el ancho de una sombra que me permita recuperarme. Quiero olvidarme del agua, y pienso y canto. "Polo río abaixo vai unha troita de pé...", pero hasta en el cantar está el agua. La sed hurga omnipresente en mi cabeza. No han pasado cinco minutos cuando regresa Juan Manuel con un litro de agua, fresca, vital. Saca su mano por la ventanilla y me ofrece aquella botella. "¡Tenga usté! Hay que dar de beber al sediento". Bebo. Vuelvo a beber. Me levanto y el hombre sale del coche. Le tiendo mi mano agradecido. "Y si quiere", se ofrece, "le acerco en el coche al pueblo". Se lo agradezco, pero le digo que el Camino tengo que hacerlo a pie. Sellamos aquel encuentro con un fuerte apretón de manos y él regresa al coche y desaparece por el mismo camino polvoriento por el que había llegado. Yo vuelvo a sentarme a la breve sombra que me dio cobijo y me emociono "Estas son las grandes experiencias del Camino", pienso viendo a Juan Manuel dándome aquella botella de agua capaz de devolverme al camino.

  

Voy dejando las huellas en la senda que me lleva a Puebla de Sancho Pérez, pero al llegar a la carretera, desaparecen las señales, o al menos yo no observo ninguna flecha. Cruzo la N-630 y entonces veo la flecha, hecha con las piedras del camino, que me dejó Josep para mi orientación.

 

Ahora proliferan los cultivos, lo que queda de los cereales, olivares, melonares y vides que al contrario que en la rías Baixas, aquí crecen acariciando el suelo, supongo que procurando la humedad que desprende el aliento de esta tierra seca. Se inclinan reverentes los girasoles, como ancianos que ya miran a la tierra que será su descanso.

 

A las 17.12h estoy en Puebla de Sancho Pérez. Josep hace media hora que cruzó sus calles engalanadas para celebrar las fiestas en honor a la Virgen de Belén. La rúa que sigo finaliza en la plaza donde está la iglesia parroquial de Santa Lucía.

 

El albergue está en el complejo de la Ermita de Belén, adosada a la plaza de toros, con la que se comunica, un poco separado del pueblo. Continúo por una amplia calle cuyos carriles los separa un moderno Vía Crucis. Después, una pequeña bajada y ya aparece, blanca, la ermita de la Virgen de Belén con la plaza de toros contigua y abanderada.

 

Samia, una joven marroquí, toda ella amabilidad y dulzura, recibe a los peregrinos que llegan al albergue con una sonrisa inmensa. Más tarde llega "el ermitaño", Antonio, encargado del santuario y no menos amable que Samia. Antonio conversa con el peregrino recién llegado y se ofrece a mostrarnos la iglesia.

 

Acomodados y aseados dejo el dormitorio. Josep, regresa a sus ejercicios de yoga. Antonio me guía en una visita excepcional por el interior del hermoso santuario que tiene a su cargo. El lugar es acogedor. Antonio barre las hojas secas del patio. Yo converso con Samia, quien me da una lección de cultura religiosa-islámica y asegura sentirse mejor "cuando cumplo mis obligaciones (religiosas)".

Visito la plaza del pueblo que sabe a fiestas. Una atracción impide disfrutar del conjunto monumental de su iglesia. Y poco a poco, va despidiéndose la tarde.

Regreso a la Ermita de Belén cuando un pastor conduce sus ovejas por el asfalto. Antonio conversa con unos vecinos en la sombra. Samia ha preparado su cena, a la que nos invita y que comparte con Josep, porque yo ya he cenado en el pueblo y "el ermitaño" se ha comido parte de un bocadillo que le ha preparado su madre.

Son las once de la noche y por vez primera desde que iniciamos el Camino, aún no nos hemos retirado a descansar. La compañía tan agradable de Antonio y Samia demora el momento del sueño.

Puebla de Sancho Pérez-Villafranca de los Barros