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Puebla
de Sanabria-Lubián
19 septiembre 2008
29,9 km (8
horas 20 minutos)
Ya nos
hemos habituado al horario. A las 6.30 de la madrugada suena una vez más,
como cada día, la alarma del móvil y, sin esfuerzo, como crisálidas que
han completo el ciclo, abandonamos el saco en el que estamos envueltos
para volver a la vida consciente. La despensa del albergue está surtida y nos han dejado la
opción de elegir café con leche o colacao, y disponemos, además
de la cocina, de un microondas. Nos tomamos cierta calma pese a que nos
han pintando la etapa de hoy como dura ya que entramos en la montaña,
sin embargo consideramos que es mayor la exageración del perfil
dibujado, que la subida que nos espera.
Antes de partir,
prendo las cintas que me dejaron Encarni y Adrián en el jersey. Desde
hoy me acompañarán hasta Santiago.
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Cuando salimos, nos apoyamos en las linternas.
Josep en su frontal de bombero, y yo una linterna de mano, ligera,
eficiente, que ha sustituido a aquellas otras más pesadas que me
acompañaron en otros caminos. Ambas utilizan diodos
LED, acrónimo del
inglés
Light Emitting Diode
(que queda muy bien, pero que no tengo ni idea de
lo que significa, hasta que encuentro su traducción: diodo emisor de
luz). Los primeros
kilómetros los hacemos por la carretera de Ourense, aunque las guías nos envían
a la Plaza Mayor, pero ya hemos visitado ayer el centro de Puebla, de
modo que preferimos ahorrarnos el ascenso a estas horas. Terroso, el
primer pueblo al que llegaremos, está a 9,6 kilómetros. Cuando el día se ha
levantado, ya podemos disfrutar del paisaje por el que vamos
acercándonos a Santiago, con sus corredores tapizados de verde por los robles, los castaños y los helechos, que nos sugieren que estamos en
otra región climática.
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Nuestra primera parada la hacemos en la Iglesia de Santiago,
de Terroso, en la que descubrimos una capillita lateral donde se venera al
apóstol Santiago. Cuando me acerco se enciende automáticamente una luz
que ilumina el interior del sencillo santuario, y Josep se 'queja'
porque a él no le respondió el encendido automático.
Asciendo las escaleras que conducen a la espadaña,
observo el entorno, Josep, mientras, termina unas magdalenas que
forman parte de su desayuno de hoy, algo machucadas por el tiempo que
llevan en la mochila, y yo doy cuenta de un melocotón que también sale
herido de los fondos del moderno morral. Sin más demora, emprendemos de nuevo el
camino, ahora hasta Requejo, a donde llegaremos en unos 25
minutos...
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...o eso pensamos, que nos bastarán veinticinco
minutos, pero nos sorprenden y entretienen en el camino los castaños centenarios,
bestiales ejemplares que
vemos en nuestro recorrido y nos dejan con el interrogante de las
primaveras que los habrán alimentado, el número de peregrinos que habrán
amparado, cuántos ojos los habrán recorrido. Cuando entramos en Requejo, tenemos de
frente la ermita de Guadalupe
y, enseguida, vemos la iglesia parroquial atalayando desde la altura
donde la edificaron. Josep conversa con unos paisanos, buscando
recomendación para seguir el Camino que aunque está marcado, procura
un atajo que acorte el recorrido.
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A nuestra izquierda dejamos el cementerio,
y siguiendo los consejos de los paisanos, buscamos un puente, y,
poco después, desembocamos en el Camino recuperando las flechas, alguna
pintada en una piedra hincada en la que se insculturó una cruz que Josep se
apresta a fotografiar. Comenzamos, aquí, un ascenso hacia el alto de Padornelo,
con sus 1.329 metros sobre el nivel del mar. Como me encantan los cantos
gregorianos, por vez primera, desde que salimos de Zamora, me pongo los
auriculares y me sumerjo en las voces de los monjes de Silos y me los
imagino recorriendo el claustro del monasterio, calzados con sandalias,
cubiertas las cabezas con la capucha y caminado sin prisas por el
corredor columnado.
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Todo transcurre en verde ahora. Nada tienen que ver estos
paisajes con los que, hace unos días, recorríamos. Aquí abundan las
sombras, y el agua corre, saltarina y juguetona, sorteando las piedras; clara y limpia, por
cauces milenarios. Aprovechamos para beber en estos regatos, y notamos
el frescor del agua resbalando por nuestra garganta.
Un rústico puentecillo de madera salva el regato
aunque, ahora mismo, no se precisaría utilizarlo, pero seguramente en los
días de lluvia intensa se hace imprescindible. Y yo, por aquello de
cierto romanticismo, voy y lo cruzo. Como en la mochila llevo
algún tomate que ayer compré en Puebla de Sanabria, aprovecho esta breve
parada para acabar con él. Josep se interna en el bosque buscando algún
arbusto que le permita armarse con un bordón.
Y mientras Josep trabaja con una
pequeña navaja la vara, yo continúo el sendero. El ascenso nos lleva a pasar por debajo de los
viaductos del Padornelo
que rompen, grises y elevados, el verde que lo invade todo. Verde
y azul son ahora los colores que se dibujan por todo el paisaje.
Apenas unos minutos después de la una y media de la tarde,
alcanzamos el Padornelo, cuya iglesia vemos también a nuestra izquierda.
"¿Van a Santiago?", nos preguntan unas mujeres que conversan
en el lado opuesto de la carretera. "Vamos a Santiago", les responde Josep.
"Van ustedes cansadiños", interviene otra. "Un poquiño", dice
Josep intentando galleguizar la respuesta. En Padornelo
decidimos hacer una parada y aunque son horas casi del yantar, Josep se conforma con una clara y yo con un café con leche.
En unas dos horas pensamos alcanzar Lubián.
A casi cuatro kilómetros de Padornelo está Aciberos, donde
deberíamos internarnos para seguir a Lubián. Yo, distraído como voy,
sigo carretera adelante, y Josep no me advierte que he saltado las
flechas que nos desvían por Aciberos, y me sigue, lo que nos hace entrar
en Hidroso, alargando unos tres kilómetros
más el camino. El nombre de Lubián aparece más tarde de lo previsto. La
señalización nos va conduciendo al albergue...
...una casa acogedora que atiende Irene, la
hospitalera, quien ya nos ha visto llegar y sale a nuestro encuentro
acompañada de Luna. Luna es una perra que trajo un peregrino que la
salvó, nos cuenta Irene, de ser linchada en Portugal; parece ser que le gustó el trato que
le dio la hospitalera y decidió quedarse en Lubián. En el albergue hay un
ciclista, Antonio, de Sevilla, que estudia la etapa de mañana.
Por la tarde me dejo llevar por las calles que
serpentean en Lubián. Pero antes me he cruzado con una pareja de
ciclistas franceses que acaban de llegar, reventados, a Lubián. "Muy
duro", se queja él aludiendo a la etapa, y espera a su su
compañera que llega agotada. Les indico la cercanía del albergue, y sigo
mi recorrido por el pueblo. Alcanzo su iglesia y observo los horizontes de
fondo azul, sobre los que se dibujan, nítidamente, los perfiles de la
montaña. Me he sentado un momento en uno de los bancos de la Plaza e,
inconscientemente, he vuelto a los días anteriores, de modo que decido
seguir caminando para evitar la nostalgia...
...y me elevo sobre los tejados de pizarra de las
casas que surgen en la hondonada. Cuando voy de regreso al albergue, se acerca
Irene, y pido a la hospitalera hacerle una
fotografía. Ella, amable, acepta y disparo a
Irene, a
Antonio y a
Luna.
En el comedor, Antonio y yo, conversamos un rato.
Antonio hace el Camino por vez primera, y se lanzó a esta aventura en
solitario porque buscaba la reflexión interior. Le parece, me dice, una
experiencia única, y no se arrepiente de haberse ido a la Vía de la
Plata. Yo le hablo
del Camino desde la experiencia de quien está 'enganchado' a esta ruta
única que es el Camino de Santiago.
Lubián-A Gudiña |