El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

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A Gudiña-Laza

21 septiembre 2008

34,4 km (8 horas 30 minutos)

 

Como cada día somos los primeros en levantarnos. Ya he comentado que los ciclistas, por seguridad, comienzan a pedalear cuando el sol está a punto de elevarse sobre las montañas.

Como no queremos molestar, trasladamos la mochila y el resto de nuestras pertenencias a la planta baja, donde podemos encender las luces (aunque es el sensor eléctrico el que se encarga de hacerlo)  y preparar la salida. Josep ya tiene la frontal dispuesta y calza sus botas. Salimos como dos sombras, y caminamos en fila, como una Santa Compaña de nuestras tradiciones gallegas, pero que en vez de velas, llevamos linternas. Vamos en ascenso, hasta Venta do Espiño da Cerdeira, una aldea en lo alto de la montaña que tiene su máxima cota en el Alto do Espiño, a 1.098 metros sobre el nivel del mar, precedida por un indicador oxidado que no permite reconocer todos sus caracteres.

Algunas farolas dan luz a las calles de Venda do Espiño. A nuestras espaldas, el cielo adquiere tonalidades rojas, amarillas, naranjas, y una luminosidad que contrasta con los nubarrones oscuros que llevamos encima de nuestras cabezas. Hemos observado, a la derecha, un fuego en alguno de los montes que se ven desde esta altura. Quizás ya han dado el aviso de un posible incendio a los servicios correspondientes de extinción.

Una señal sirve para dibujar la flecha amarilla que nos orienta, pero alguien ha dejado, también, un mensaje de ánimo muy elocuente. Bueno, si sólo es uno, tampoco pasa nada: el problema surge con las imitaciones, que llegan a ocultar las flechas y a afear el soporte. Con el día ya alto, observamos el paisaje que nos rodea desde esta atalaya que son las montañas ourensanas. "Pasarán ustedes por zonas preciosas, van por la montaña y ya verán qué paisajes", nos anunciaron ayer en A Gudiña. Y claro, caminamos por los techos gallegos, que aunque no son los más altos, si nos permiten estampas impresionantes.

De lejos, las montañas son suaves lomas: un olejae verde que se extiende en todas las direcciones. En la Venda da Teresa un cartel impide beber el agua de una fuente bajo la amenaza de que no es potable. Desde esta aldea, ya vemos la sierras de San Mamed, la de Queixa, los Montes do Invernadeiro y Cabeza de Manzaneda. El fuego continúa, y decido llamar al 112 "Ola bos días. Chamo para informar dun posíbel lume no monte". Me hacen algunas preguntas procurando la mejor localización: "Saíndo da Gudiña a Laza, por Venda do Espiño, da Teresa, podemos velo á nosa dereita, nas proximidades do embalse de Portas...". Y me quedo más tranquilo

Las imponentes montañas cortan todo intento de ver más allá. Encajonado entre las alturas, se atesora el agua del embalse de As Portas. Un helicóptero sobrevuela las montañas. "¡Antón!", me llama Josep que va unos metros por delante "Ya están reconociendo el incendio". Poco después se aproxima también un avión contraincendios y comienza a actuar.

Las vías del tren destruyen, desde nuestra posición, el concepto de que las líneas paralelas nunca se encuentran; claro es una ilusión óptica. A una media hora de Venda de Teresa ya estamos en Venda da Capela, cuyo cartel informativo nos adelanta la siguiente aldea: Venda de Bolaño.

Josep no quiere perderse la bella estampa que crea el embalse menguado ahora de agua y rodeado de imponentes montañas verdes.

Durante un rato nos detenemos para contemplar estos extraordinarios paisajes y los que dejamos a nuestras espaldas. La temperatura, ahora es más agradable.

El topónimo "Venda" (venta), como la de Bolaño, nos recuerda que estas montañas fueron lugar de paso de comerciantes y pasajeros que descansaban, en sus desplazamientos, en las ventas u hospedajes que se establecían en estas montañas, y que con el paso de los años terminaron por convertirse en pequeñas aldeas que adquirieron el nombre de los propietarios de esas ventas.

Tras dejar atrás Bolaño, en nuestro descenso para llegar a Campobecerros, nos alcanza el vasco Ibón, que hizo noche, también, en A Gudiña. Aunque hace el recorrido con un amigo, se han decidido por alternativas diferentes, y su amigo va por Verín, para encontrarse en Laza, donde finalizarán esta experiencia. Mientras Ibón se deja caer carretera por delante y pronto lo perdemos de vista, nosotros seguimos regalándonos los paisajes de los valles de los ríos Parada y Camba...

...con pueblecitos de 'nacimiento' acurrucados en el regazo de las montañas, y a los que se acerca, parece que tímida, alguna carretera que termina por entrar en ellos. Un mojón nos envía por un sendero a Campobecerros, que ya vemos allá abajo, dibujado sobre la corteza de una loma.

La bajada a Campobecerros, en el parque del Monte do Invernadeiro, es por un sendero pedregoso; claro que quien se queje y prefiera mejor descenso, puede seguir la carretera que conduce a esta población. Así que hay alternativas para unos y para otros; personalmente me gustan los senderos irregulares, que a veces ponen a prueba la plata de los pies y la capacidad de sacrificio. A la izquierda del Camino alguien ha levantado dos pequeños montículos de piedras que desafían el equilibrio.

En Campobecerros no nos detendremos. Pasamos por delante de la iglesia de la Asunción, presidiendo su fachada, y en una hornacina, un Santiago peregrino con su bordón, sus veneras y el clásico atuendo de los peregrinos. Otra vez las tumbas ocupan el atrio y las lápidas llegan a adosarse a las paredes exteriores del templo. La arquitectura es tradicional...

...aunque también hay casas rehabilitadas y otras de nueva construcción. Alguna vivienda se comunica con la del otro lado de la misma calle por medio de la que llamamos "casa-puente".

A menos de una hora de Campobecerros está Portocamba a donde nos lleva una carretera  flanqueda de carballos y castaños. Las primeras casas está en ruinas, y algunas, con el tejado ya hundido, sólo conservan las paredes. En lo que debe ser la calle principal, otras construcciones amenazan con venirse abajo. Hay pueblos que van quedándose sin gentes y amanecen sin risas de niños, sin llantos de niños; hay pueblos donde las casas, se van muriendo de soledad y en Portocamba, como antes en otros pueblos, vemos algunas de estas casas. Son pueblos tristes, que guardan en sus vientos hombres y mujeres que se van apagando poco a poco, y que cada vez, acaso más encorvados, miran con mayor insistencia a la tierra que les ha de acoger.

Un breve ascenso nos conduce hasta un milladoiro, que al parecer se eirigió en memoria de los peregrinos fallecidos en el Camino. También nosotros cumplimos el rito de dejar nuestra piedra que, con las otras, abrazan el varal. Un indicador señala la dirección hacia Cerdedelo, pero nosotros vamos a As Eiras, así que tomamos el camino que sale a la izquierda de la cruz, para andar la montaña siguiendo una pista que la recorre longitudinalmente...

...y desde la que observamos pequeñas aldeas que parecen jugar al escondite ocultándose y reapareciendo en el bosque según desde donde las veamos. En As Eiras curioseamos aquí y allí, y nos quedamos con pequeños detalles, como los cierres de los portales que bien podrían ser un "tres en raya".

Las piedras de una cerca, que limita con uno de los caminos de As Eiras sirven de lienzo a algún incipiente pintor del lugar y en una diminuta extensión de tierra se prodigan diferentes cultivos... En la pequeña plaza de As Eiras, con una fuente que ofrece agua al peregrino, se sienta un hombre entrado en años con el que conversamos. "Aquí", nos dice con resignación y una sonrisa de pena (porque también hay penas de sonrisa irónica), "sólo quedamos los viejos que vivimos de la paga del estado". El hombre juega con una vara que tiene en las manos y que le servirá de apoyo en sus paseos. "Yo tengo cuatro cabritillos para entretenerme". A Josep el lugar le parece muy tranquilo y donde se respira mucha paz. "Vive usted en un lugar donde sólo se escuchan los pájaros", dice Josep y asiente el hombre dejando escapar una risita casi apagada.

Los prados visten de intenso verdor este lugar, descubriendo su generosidad para con esta tierra. En Laza, nos encontramos con el apoyo que los propietarios de una de las casas dan a los peregrinos, incorporando al paño la flecha y la vieira.

Y como estamos en Laza no pueden faltar las referencias a los Peliqueiros, personajes del Carnaval, con cencerros, careta, trajes llamativos y un palo con mallo para perseguir a quienes se topen con ellos. Una de las escultura de Nicanor Carballo, nos señala la dirección del Camino que seguiremos mañana, y otro panel bos indica el sendero para llegar al albergue, y aunque no tiene pérdida, un vecino del lugar acompaña a Josep hasta sus proximidades

El albergue lo compartimos con un grupo de militares que realizan labores de vigilancia en los montes, para evitar incendios. Tras la ducha, también llegan las curas y descubro que las uñas de los pies se me están ennegreciendo. Siempre me pasa, de modo que ya no es una sorpresa y esperaba de un momento a otro que se 'tiznaran'. En tres meses (allá por diciembre) me habrán caído, y su lugar lo ocuparán otras. Como este proceso no es doloroso ni causa molestia alguna, tampoco me preocupan. Una ampolla se instaló bajo una uña, ¡caramba, tuvo que ser en la que está más sana! Pues será la primera en caer, no le doy más de mes y medio de vida. Pincho la ampolla, elimino todo el líquido, masaje posterior sobre la zona, betadine, y listo.

Y como cada día, lo que queda de tarde será para recorrer el pueblo acercándome, entre otros lugares, a la Iglesia de San Xoán. Poco antes de las siete, descarga otra vez el cielo que también ruge como león enfurecido. Pero ya estoy en el albergue, el cual, por cierto, es curioso que no posea ni enchufes ni interruptores ni puntos de luz en las habitaciones. Nos manejamos con la luz que llega del exterior, a través de las ventanas o con la ayuda de las linternas.

Laza-Xunqueira de Ambía