El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

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Oseira-Laxe

25 septiembre 2008

29 km (8 horas 45 minutos)

 

Cuando nos disponemos a dejar el albergue, el francés de mayor edad enciende las luces. Estamos en la puerta, y le damos con la mano, despidiéndonos. Somos dos sombras que se mueven en la oscuridad y van subiendo la carretera que bordea el Monasterio. Desde más alto hay una bella estampa del cenobio, pero es imposible disfrutarla a estas horas. Otra vez el canto del cárabo anuncia que estamos en su territorio y nos acompañará un buen rato. Josep me cuenta su experiencia de ayer. "Luis me ha dicho que quería pintarme". Y a Josep le hubiese gustado ser modelo de uno de aquellos cuadros del fraile y yo hubiese presumido de tener un amigo inmortalizado en un lienzo, pero nuestra corta estancia en Oseira lo impidió. Me dice que "a través de aquí" -y señala su frente- "ha visto cosas en mí... y ha acertado en lo que me ha contado". Josep, no sé si lo he dicho, me recuerda a uno de esos santones hindúes, con una profunda convicción en el hombre; con una fe en la que es posible la comunión entre distintas creencias, que, al fin y al cabo, concluyen siempre en el mismo origen. Lo mismo entra en una iglesia, donde deja una oración, como se detiene a la salida del sol para agradecerle una nueva oportunidad al astro. Capaz de creer en ese Dios al que nos han llevado de niños, que en la reencarnación. Josep  siempre tiene un hombro dispuesto a ofrecerte para que te apoyes, una mano tendida para llevarte, y una huella en el camino, para hacer el sendero. Tras contarme algo más de su experiencia de ayer, me vuelve a preguntar, con una afirmación, "¡Tú no crees en estas cosas!". "Claro que creo, Josep. Pero a mi modo, sino no estaría haciendo el Camino", y como le respondo sonriendo, quizás no muy convencido de mi respuesta me asegura "Pues hay algo, Antón, hay algo", y sigue sendero adelante.

 

Con la ayuda de las linternas hacemos agujeros a la noche por los que vamos pasando para volver a cerrarse otra vez las sombras detrás de nosotros. Los amaneceres van rompiendo la noche y alcanzamos Vilarello...

...y poco después, Outeiro de Coiras, y luego, A Grouxa, donde nos reciben algunos perros ladradores, de pequeño tamaño y asustadizos, que nos retan desde la distancia y escondiéndose con cada gesto que hacemos. Aquí nos despojamos de la ropa, y al echar a andar, los perros ladradores huyen como viento que lleva el diablo, y desaparecen.

Un sencillo santuario, con su cementerio, destaca sobre el prado, donde se observan algunas vacas. Por donde ahora vamos, se aprovecha la energía del viento para extraer las aguas subterráneas, y en este ambiente campesino, Josep se detiene ante una de esas almiñas que ya forman parte del patrimonio cultural-religioso de Galicia, respetadas por las creencias populares, en cuyas mesas se dejan espigas y en los limosneros, alguna moneda.

Dos pequeños gatos acostumbrados a las caricias, observan a los peregrinos y se dejan mimar. Reanudamos el camino, dejamos alguna pequeña aldea atrás y llegamos a una población de mayor entidad: O Castro de Dozón, donde nos rebasará, en coche, el peregrino-accidentado que conocimos en Ourense, quien se detiene para saludarnos.

Seguimos un tramo de la carretera hasta que la cruzamos cerca de la iglesia de San Pedro, para hacer un giro a la derecha y dirigirnos a un cruceiro que sirve también de rotonda, donde una vecina parece esperar el autobús. "Sigan ustedes por ahí", nos indica apuntando con el índice. "Ahí ya tienen la flechas, el camino está bien señalizado", afirma como para darnos seguridad.

Una suave pendiente de asfalto nos sitúa en el Alto de Santo Domingo, y a continuación, bajamos hacia el santuario con igual nombre que el del santo. Le ermita del Santo Domingo se recorta a nuestra derecha sobre el fondo azul rodeada de una alfombra verde,

A nuestra derecha destacan los prados protegidos por una fortaleza montañosa al fondo. Y, más tarde, pasamos al lado de una finca con su chalet, cuyos  dueños han labrado en el exterior de la cerca de piedra el itinerario que seguimos: "Vía da Plata", y en otra labra, imitando a un pergamino, se lee: "Año 1996. Puxallos. Balcabado. Vila de María Luz y Castro. 'Camiño Xacobeo' ". En el interior de la finca, hecha en granito, hay una escultura del Santiago peregrino que observa a los caminantes desde su pedestal. Hay, también, un cruceiro de piedra con las imágenes de un Cristo, en el anverso y de la Virgen, en el reverso, como es propio de los cruceiros gallegos. Un gesto que agradecemos tanto por su simbolismo como porque nos asegura que seguimos la senda correcta.

Poco después, dejamos  otro cruceiro, más antiguo, aunque de factura más sencilla, sin imágenes. En otra finca, de características muy parecidas a la anterior, hay sendos bustos dedicados a "Los dos Reboredos-Manuel y Dosinda", que imaginamos que deben de ser los progenitores de los actuales dueños de la finca...

... y a continuación, también sobre la pared que cierra la propiedad, otro texto alusivo al Camino de Santiago.

Tomaremos más allá un sendero y después, cruzaremos por un paso elevado la autopista que parte la montaña en dos, y se esconde detrás de una curva.

La vegetación forma túneles de agradable sombra.  Un cartel nos informa del "Desvío provisional Camino de Santiago", debido a obras.

A nuestro paso un caballo se acerca, curioso, al trote. El caballo se deja acariciar y acepta un manojo de hierba que le ofrecemos. Por el lugar se siguen observando más cruceiros, que junto con los hórreos, son parte de nuestra arquitectura popular.

      

La iglesia, como otras muchas, tiene el atrio cubierto de tumbas, algo que nos sorprende porque no dejan casi hueco para caminar y obligan a pisar las losas, que en otros lugares significaría una falta de respeto para con los muertos. A las seis y media de la tarde llegamos al albergue de Laxe, un "cinco estrellas".

    

Un perro mimoso está empeñado en juguetear, entonces lo persigo, y el huye por la estancia; luego soy yo el que escapa, y entonces, es él el que me persigue. La juerga se acaba cuando uno de los bicigrinos que llegó más tarde decide enviarlo a la calle porque el albergue, se justifica, no es para perros. Josep me ha obsequiado con una foto inédita y descubro una de mis 'poses' dormido y el contraste de las piernas quemadas, por no haber empleado cremas protectoras. Además de Josep y yo, el albergue lo compartimos con un alemán, que también hace el Camino a pie, y once ciclistas a algunos de los cuales ha tenido que llamar la atención la hospitalera por incumplir el horario de estas instalaciones pese a que un letrero informa de la hora en que se cierran las puertas.

A Laxe-Vedra