El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

  

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Grimaldo-Carcaboso

12 septiembre 2007

30 km (8 horas)

  

No falta el humor en las madrugadas. Son las 5.30 de la mañana cuando abrimos la puerta del albergue de Grimaldo y sacamos las mochilas al exterior, para terminar de organizarnos sin molestar a quienes duermen. Hoy se une a nosotros Cristina, Los primeros ochocientos metros los hacemos por carretera, luego tomamos un desvío que nos separa del asfalto durante once kilómetros. Hasta Galisteo (o San Gil) son casi veinte kilómetros sin un pueblo, sin una casa. La referencia del camino es un infinito muro de piedra que seguimos y en este trayecto abriremos y cerraremos más de una docena de cancelas.

Cuando hemos pasado la carretera de Ríolobos, vienen, en sentido contrario, cuatro peregrinos. Dos hombres y dos mujeres. Ellos arrastran unos carritos en los que transportan las mochilas y otros enseres. En los carritos, los símbolos del Camino de Santiago. Con acento extranjero, nos saludan. Son franceses.

Cuando hacemos el primer descanso para desayunar de lo que llevamos, descubro que he olvidado las sandalias en Grimaldo. Las sandalias las utilizamos para entrar en las duchas y, en los pueblos donde decidimos pernoctar, nos permiten desprendemos de los tenis o botas y liberar los pies del calzado que los oprimía.

El Sol nos dio otro día de tregua y la jornada se hizo hoy más fácil. A medida que nos aproximamos a Galisteo, el paisaje va cambiando e irán apareciendo los verdes más vivos. Mientras, se repiten las charcas para los ibéricos; nos orientará una flecha que dejó algún peregrino hecha con las piedras del camino para reforzar una débil marca amarilla, y los senderos encantadores, ajenos al asfalto, a los humos de los vehículos a motor, y a los ruidos.

El camino serpentea entre las lomas y asciende suavemente. Los hitos de la Junta de Extremadura, de forma prismática, son los modernos miliarios que orientan a los peregrinos hacia Santiago.

Ahora la senda deja a nuestra derecha un canal de regadío. Mientras seguimos paralelos al cauce artificial me pregunto cuál será su profundidad, y si alguien como yo que no sabe nadar haría pie. Me asomo, pero los reflejos me llevan allá abajo, donde hay otro cielo azul y en cuyas orillas, todo es al revés. Los regadíos han posibilitado una paisaje "a la gallega", de prados de intenso verde que nada tiene que ver con las tierras ocres de más al sur. Me imagino aquellas vacas de Grimaldo, por ejemplo, si se encontrasen ante esta despensa... Y me imagino al revés, las vacas que pacen en estos verdes, que las trasladasen al sur...

Nos detenemos, antes de Galisteo, bajo un sauce llorón que da sombra a un coche, y, tras el descanso, volvemos al sendero. A la derecha vemos las vacas que antes sólo imaginaba.

Suponemos que están en la recolección de las hojas del tabaco, porque vemos los remolques cargados de esta planta que, nos explican, pondrán a secar. El camino se bifurca: un ramal asciende hacia Galisteo, a tiro de piedra, y el otro, continúa a San Gil. Y por San Gil, vamos nosotros sin entrar en Galisteo, que dejamos a nuestra izquierda.

A lo largo de la jornada, hacemos alguna que otra parada para comer algo de lo que llevamos y recuperar fuerzas. En la ruta de hoy, descubrimos los nidos de las cigüeñas también en las torres del tendido eléctrico y nos imaginamos lo bien que se deben llevar las familias para compartir el "mismo edificio".

En la distancia ya vemos Carcaboso, Ahora seguremos por la carretera que atraviesa esta población extremeña, situada a 11 km. de Plasencia por la carretera EX-307. El nombre de Carcaboso procede de cárcava, que es una zanja grande producida por una corriente de agua.

Sobre la horizontal de los tejados se eleva la torre de la iglesia de Santiago, que delata en su nombre el camino de peregrinación. Cuando Cristian, Cristina y yo llegamos Carcaboso, Josep y Taka ya llevan un rato esperándonos en el bar "Ruta de la Plata", cuyo dueño, que al parecer estaba atento a nuestro paso, nos reclama desde el otro lado de la carretera. "¡Ustedes!. El catalán y el japonés están aquí".

Pedimos unas claras, con limón. En un platito nos ponen, a cada uno, un huevo cocido como tapa. Riquísimo. Preguntamos por Elena, que parece ser la suegra del dueño del bar y en cuya casa, nos hospedaremos.

A media tarde, nos topamos con los italianos que también se han hospedado en Casa Elena. La mujer lamenta no haberme traído las sandalias, y se disculpa, pues pensaban que no coincidiríamos de nuevo, además tenían idea de hacer final de etapa en Galisteo. Bueno, seguramente otros peregrinos sabrán sacarle provecho.

Durante la tarde se presiente la tormenta que no tarda en llegar, y descarga un fuerte aguacero, acompañada de un espectacular aparato eléctrico que nos obliga a retirar la ropa que dejamos tendida en la terraza y que recogemos casi seca. Josep, adopta la posición de loto para iniciar su meditación diaria, entonces me retiro y regreso a la terraza donde permanezco un buen rato disfrutando del espectáculo de los rayos que, multiplicados, caen a derecha e izquierda. Y cuando deja de llover, pero aún con el cielo plomizo, me voy al pueblo.

Primero compro, en una tienda en la que se vende un poco de todo, unas chancletas que me quedan más bien pequeñas. "¿No tiene un número mayor?", "No. Son las que me quedan", y me las llevo, aunque parte del talón me cae fuera de la chancla. Luego, acudo al supermercado, donde Cristian está haciendo también sus compras. Y, finalmente, me voy por las calles de Carcaboso, con el paso apresurado viendo que el cielo se vuelve más pesado, y temiendo un nuevo aguacero.

  

La iglesia de Santiago tiene, en la base de la fachada principal, o pórtico, dos miliarios que forman parte de su arquitectura. Una de sus puerta laterales es un arco de medio punto. El patio lateral acoge otros dos miliarios y distintos elementos pétreos, también roanos.

El aspecto del cielo presagia lluvia. Así que doy por concluida la visita y, mientras voy de regreso a la pensión por camino distinto, observo las casas que se levantan a derecha e izquierda de la calle.

En el albergue, Taka me observa disimuladamente y comenta algo a Cristian que sonríe. Dice Taka que le recuerdo a Ghandi, supongo que será por las barbas que han ido poblando mi cara. Desde ese día, tanto uno como otro utilizarán indistintamente mi nombre y el de Ghandi para dirigirse a mí. Antes de acostarnos, Josep nos entrega a cada uno dos huevos cocidos, que desayunaremos mañana, obsequio de Elena.

Carcaboso-Aldeanueva del Camino