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Fuenterrobles de Salvatierra-San Pedro de Rozados
15 septiembre 2007
28,6 km (6
horas 45 minutos)
La etapa de hoy es relativamente corta. Son poco
más de veintiocho kilómetros y medio para los que hemos calculado unas
siete horas. Así que decidimos no madrugar, de todos modos a las 6.30h
nos hemos levantado, lo mismo que hicieron casi todos los peregrinos que
están en el albergue de Fuenterrobles.
En la cocina, Rogelio ya nos ha preparado el
desayuno y nos sentamos a la mesa. El desayuno es copioso y en el
albergue no cobran pensión. Cada uno entrega la voluntad. Y eso hacemos
teniendo en consideración que nos hemos alojado y que nos obsequian con
la primera comida del día.
Nos despedimos del hospitalero con un
agradecimiento especial por lo bien que hemos sido recibidos y tratados.
A las siete y media, partimos.
La niebla invade el camino y también las
distancias. Sin los rigores del sur, aquí nos abrigamos. Dejamos el
asfalto y caminamos por una cañada. En el campo aparecen las otoñales
quitameriendas que anuncian el final del verano. Por la vasta
llanura, dorada, moteada de verdes encinares, se traza el sendero
que muchos pies han ido marcando. Un rebaño de ovejas pace a la derecha.
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A un lado, descubrimos una sencilla cabaña
hecha con ramas de encinas. A su entrada, un desvencijado
sombrero, y precediéndola una no menos sencilla cruz que tiene
en su base, tallado en una pieza circular, un nombre: "Antonio".
Pero ni en la cabaña ni en las
proximidades vemos al supuesto ermitaño que nos imaginamos que
vive en ella. La observamos y no hay indicios de ocupación: ni
en el interior ni en el exterior. Seguro que en los días de más
calor será un lugar ideal para descansar y, probablemente,
muchos de los peregrinos que cruzan por aquí lo habrán hecho. |
En nuestro recorrido de hoy, también encontramos
ganado vacuno y porcino. E islas de encinas que en los paisajes amplios
dan descanso a la vista.
A un lado del camino encontramos una lata de
melocotones a la sombra de arbusto. Está cerrada. Pensamos que algún
peregrino que llevaba exceso de peso se ha desprendido de ella y la ha
dejado donde otros la pudiesen ver. Con la navaja multiusos, la abrimos.
Josep lee, antes, la fecha caducidad. "Qué están para comérselos", dice.
Y entre bromas y risas, repartimos unos melocotones que están de vicio,
según expresión que se prodiga ahora. "Cuentan de un sabio, que un día /
tan
pobre y mísero estaba,/que
sólo se sustentaba / de unas yerbas que cogía. / ¿Habrá otro, entre sí
decía, / más pobre y triste que yo? / Y cuando el rostro volvió, / halló
la respuesta, viendo / que iba otro sabio cogiendo / las hojas que él
arrojó", es lo que escribía Calderón de la Barca, para nosotros las
hierbas, son unos sabrosos melocotones.
En el llano coincidimos algunos de los peregrinos
que nos albergamos en Fuenterrobles y volvemos a saludarnos sustituyendo
las palabras por una sonrisa.
Los senderos se multiplican, y la señalización se
pierde, pero nosotros
seguimos de frente hasta que uno de los peregrinos extranjeros que nos
preceden, gira a la izquierda y sale a una pista que seguimos y que nos
acerca a la finca Morucha, donde se cría ganado bravo. Sin entrar en
ella, la dejamos a nuestra derecha y vamos en ascenso, hacia el Pico
Dueñas, a unos 1.200 metros de altitud. El sendero discurre entre
robledales.
A tramos, se levantan cruces de un Calvario
en el que ha tenido mucho que ver el padre Blas y la Asociación de
Amigos del Camino de Santiago-Vía de la Plata, pero también de los
voluntarios que colaboraron en este tarea. Algunos peregrinos se
detienen frente a cada una de ellas, y luego continúan el ascenso.
A medida que subimos, se levantan gigantescos, los
aerogeneradores con sus aspas dando vueltas monótonas "¡shshin! ¡shshin!
¡shshin!". Un pastor conduce el ganado acostumbrado ya al peculiar
sonido que producen las aspas molineras. Las vacas, con sus becerros, vienen en
sentido contrario al que van los peregrinos, pero por senderos
distintos. Ellas unos metros más arriba.
La panorámica desde Pico Dueñas deja ver,
al sur, el corredor de Béjar que contrasta con la llanura salmantina,
que nos trae los versos de Antonio Machado hablando de una Castilla "ancha y
plana como pecho de varón".
Descendemos hasta la carretera que conduce a
San Pedro de Rozados. Desde la distancia San Pedro es una mancha
de paredes blancas y tejados enrojecidos en el páramo
Taka y Josep van disparados. Cristian y yo, más
sosegados, llegaremos a las puertas del albergue donde aguardan ya
ellos. El albergue está cerrado. Llamadas de teléfono; búsqueda de las
llaves. Finalmente una vecina del lugar nos envía a la Piscina, donde
están los dueños del albergue. Dejo la mochila a cargo de mis compañeros
y me voy a por las llaves, aprovechando el recorrido, que pasa por la
iglesia de San Pedro, para fotografiarla.
A la hora de comer, nos encontramos con otro de
esos bares-restaurante donde los peregrinos no parecen ser bien
recibidos. Tras ocupar una mesa, esperamos, y la espera se alarga.
Decido levantarme y me acerco a la barra. "¿No atienden ustedes a los
peregrinos?". El joven que está al otro lado del mostrador me mira con
seriedad "¡Pida usted!". Le indico la mesa, donde nos sentados,
frente al mostrador. "Somos cuatro y queríamos comer!". Empleando un
tono despectivo: "¡Vengan aquí!". Me sorprendo por los modales
que emplea: "¿Cómo vengan aquí?". Le miro y sin más se va al otro lado
de la barra.
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Decidimos buscar otro lugar. Pasamos por un bar
que está cerrado y entramos en otro establecimiento que no sirven
comidas y tampoco hacen bocadillos, pero que nos indican que quizás en la piscina nos den de comer.
La piscina, que regentan los dueños del albergue, cierra hoy. Están
recogiendo lo poco que les queda, y de ese poco, pero variado, porque hay
que conseguir completar cuatro platos, cenamos y cenamos bien.
Como de costumbre, Takahiro Hirai saca una fotografía del plato.
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De regreso al albergue, Cristian-Harald
remienda sus pies llagados. Y más tarde escribimos las
experiencias de este día. Es cierto que en ocasiones, cargados con los
kilómetros de una pesada jornada, no apetece mucho, o más bien nada,
coger el bolígrafo, sin embargo bien merece el esfuerzo pues ahí están
las anécdotas, el día a día, las pequeñas cosas que de otro modo serían
patrimonio del olvido y que, cuando termine esta experiencia, y sobre
todo, cuando pasen los años, recordaremos con nostalgia y mucho cariño.
Hacemos planes para maña. Hasta Salamanca, donde
decidimos hospedarnos, son sólo 23,7 kilómetros.
Por la noche ya refresca y no nos sobra el abrigo.
Ya no dejamos las ventanas abiertas.
San Pedro de Rozados-Salamanca
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