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Casar de Cáceres-Grimaldo
11 septiembre 2007
42,7 km (11horas
40 minutos)
4.30h, diana. Nos movemos en la
habitación, donde se aprietan las literas, a la luz de una linterna para
no molestar a los que aún duermen. Con el máximo sigilo, llevamos las
mochilas y nuestras pertenencias a la pequeña sala, contigua a la
cocina, para organizar la salida, y a las 5.00h Josep, Cristian-Harald,
Taka y yo, "queremos salir", pero la puerta está cerrada. Buscamos las
llaves detrás de las puertas, en la mesa del comedor, en la cocina, en
las escaleras. "¿Dónde están las llaves?". Lo sentimos, pero tenemos que
despertar a los ciclistas, que fueron los últimos en llegar. Josep, se
acerca al más próximo a la puerta. Duerme. Lo despierta y este le
entrega las llaves que guardó entre sus cosas por despiste.
Salimos a la calle. Taka, que
ya se ha preocupado de buscar el camino de salida -hay que reconocer que
tiene muy buen sentido de la orientación- nos señala por dónde debemos
ir. Cuando dejamos Casar de Cáceres, con su ermita de Santiago
ennegrecida por la noche, somos cuatro almas en fila -algo
así como la Santa Compaña con sus velas (linternas) en la mano-.
A nuestra izquierda, sin que los veamos, ladran dos perros que nos
persiguen detrás de una alambrada. Y sus ladridos aún se oyen
más allá del cierre metálico.
Las salidas son siempre
silenciosas, salvo los primeros minutos en que la voz de Taka, con su
inseparable grabadora, deja constancia de que iniciamos una nueva
jornada. La voz de Taka, y los grillos, y los búhos; las pisadas, el
bordón... Caminamos uno detrás de otro. Habitualmente, es Josep quien
abre el camino. Los demás no tenemos un puesto fijo, aunque yo, por no
sé qué, suelo quedarme en la retaguardia. Es el especial momento de la
reflexión. El silencio y la oscuridad invitan a pensar. Es un tiempo
íntimo y privado que cada uno se reserva para él.
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Las campanillas nos descubren
un rebaño de ovejas que no vemos. Más allá, tras la alambrada, y con la ayuda de
la luz que nos proporcionan las linternas, observamos una colección de
miliarios, algunos tumbados y otros inclinados. La presencia de los
miliarios en las vías romanas, con la misma función que nuestros hitos
kilométricos en las carreteras, es abundante en la Vía de la Plata.
Algunos, incluso, forman parte de los muros de las fincas o de la
estructura de edificaciones, como en alguna iglesia.
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Y otra vez, cuando el Sol se descubre, nos
detenemos ante su presencia: "Para y óyeme ¡oh sol! yo te saludo / y
extático ante ti me atrevo a hablarte: / ardiente como tú mi fantasía, /
arrebatada en ansia de admirarte / intrépidas a ti sus alas guía." (Espronceda).
Cristian, Josep y Taka imitan a los tres mosqueteros en una unión
simbólica de Alemania, España y Japón.
Comienza a hacerse el claro, y
allá, en el horizonte, vemos pasar otro gran rebaño de ovejas.
Casi tres horas después de haber comenzado a
caminar, nos detenemos y hurgamos en la mochila en busca de nuestro
desayuno. Se oyen, otra vez, los cencerros de las ovejas, y el balido de
algunas de ellas.
Unos
pastores llevan alimento
al rebaño. Los perros, se acercan a los peregrinos, y, a la voz de sus
amos, se retiran.
Iniciamos el descenso.
"Estamos en el desierto de Extremadura", comenta Josep. El lago
Alcántara ya se deja ver allá abajo. En este claroscuro del amanecer
descubro los domos de granito adoptando formas caprichosas creadas por la Naturaleza para imitarse a sí
misma. Son enormes animales pétreos que ni Josep, ni Taka ni Cristian
han visto. Un oso, un toro y un dinosaurio esculpidos por el viento y la
lluvia durante miles de años. Cuando les doy alcance para enseñarles las
fotos, Cristian mira a su alrededor tratando de descubrirlas ("No
busques, ya quedaron muy atrás", le explico ayudándome de gestos), y
Taka está interesado en fotografiarlas. Sonrío pícaramente por la
"exclusiva", pero prometo que se las enviaré, como les enviaré todas las
fotos del Camino.
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Una señal nos da dos alternativas: unas flechas
nos invitan a seguir de frente, para salir a la N-630, con importante
tráfico pesado y reducido arcén. Otras flechas nos sugieren un sendero,
castigado en tramos, pero sin duda más recomendable, frente al asfalto.
Optamos por el sendero, desde el que seguimos viendo, a la
izquierda, el embalse de Alcántara. Y el sendero, que nos evitó varios kilómetos de
asfalto, desemboca en la carretera. El paso de los camiones, provoca un
remolino, así que mejor llevo el sombrero en la mano.
Cruzamos dos largos puentes, elevados sobre los
ríos Almonte y Tajo. Aquella altura me produce vértigo y busco mi
"seguridad", bajando la estrecha acera y caminando, mientras no pasan
vehículos, por la calzada. La arañas se han instalado, ajenas a
la altura, entre los barrotes del puente. Josep, Taka y Cristian, otean los horizontes
y observan el discurrir de las aguas, desde aquel balcón. "¡Que esto es
muy seguro, Antón!", me anima Josep para que también me asome a la
baranda. Al paso de los camiones, se percibe la vibración del puente.
Apuro el paso para salir de aquellas alturas, pero antes,
disimuladamente, hago un intento de asomarme al "balcón", para tirar una
fotografía e, instintivamente, aprieto la cámara y casi sin dar tiempo a
enfocar, presiono el botón de disparo.
La torre de los Floripes, se eleva sobre las aguas
aparentemente inmóviles del embalse que ahogó las tierras de Alconétar y
es la torre quien nos descubre que allí, antes de que se construyese el
embalse, se levantaba un pueblo.
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La etapa es larga, y las tres
últimas horas se estiran como una cinta elástica. Las huellas en
el camino son una referencia, cuando escasean las flechas, o no
las hemos visto, para asegurarnos que vamos en sentido correcto.
Desde que salimos de Zafra, siempre hemos visto las huellas de
las herraduras de los caballos y yo he tomado buena nota del
dibujo del calzado de Josep, Taka y Cristian por esa manía de
quedarme a la zaga y detenerme más asiduamente ante el paisaje o
los edificios que reclaman mi atención. Así que, más de una vez,
me han sacado del apuro de determinar por dónde ir. |
Mientras caminamos disfrutamos del paisaje.
Interpretamos una solitaria construcción como casa de pastores y
cruzamos entre una manada de vacas que, aunque separadas del
camino por una alambrada, el cierre de la finca está abierto y ellas
deambulan por aquí y por allá.
Llegados a una señal, tenemos dos opciones:
entrar en Cañaveral, o seguir directamente a Grimaldo, y propongo
dirigirnos a Cañaveral, primero, distante sólo un kilómetro, donde podremos comer y
descansar. De lo contrario, haremos los nueve kilómetros que nos quedan
sin reservas de agua y, al fin y al cabo, qué importa llegar una hora
antes que una hora después.
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Abrimos una cancela para tomar el camino
que nos lleva a cruzar el puente de San Benito, del siglo XIV, y
ascendemos una pequeña pista de tierra que nos conduce a la
carretera que cruza Cañaveral, donde nos detendremos a comer en el único
restaurante que hemos visto abierto, y en en el que no parecen ser bien recibidos
los peregrinos. Quien lo atiende, se desentiende de nosotros, a quienes
ya no nos sorprenden estas actitudes, pues se han repetido antes en
algún otro de la Vía de Plata. Pero queremos comer, y nos resignamos.
Contrasta este comportamiento con la amabilidad de los vecinos. Al fin
conseguimos que "el gran jefe" -eso sí, secamente- nos pregunte qué
deseamos y visto el desinterés, nos conformamos con un bocadilo.
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A las 14.30, volvemos a la carretera en dirección
a Grimaldo. Como no podía ser de otra manera, el sol, un día más nos
achicharra mientras caminamos por el asfalto que eleva la temperatura de
nuestros pies. Cerca de la ermita de San Cristóbal dejamos la carretera
y emprendemos la subida al Puerto de los Castaños, que es un infierno,
sobre todo por el calor que se deja caer a estas horas. A Josep, lo pierdo allá en lo alto. Cristian y Taka se esfuerzan por
vencer también la empinada subida. Y yo, yo me empujo a mí mismo en
aquella pendiente, con el paso breve y la mochila con el sol dentro.
Arriba nos permitimos un descanso, y otro más
volveremos a hacer aprovechando las sombras de los pinos. Me dejo caer
sobre la espalda, sin importarme las piedrecillas que incordian la piel.
¡¡Uff!, bebo, y como los peces en el río, vuelvo a beber. Pese a todo,
sonrío, mientras abandono las piedrecillas que se me empiezan a clavar.
"Antchon!", me nombra Cristian con ese acento particular cuando
pronuncia mi nombre. "Antchon!", y también sonríe.
"¡Venga!". Es ahora Taka quien anima a continuar,
ya un poco más relajados. Vamos entre las sombras de los pinos, y el
inmisericorde sol que nos acosa; pero vamos, también a favor de camino.
Nos desviamos a la izquierda entre alcornoques, salimos a la
carretera. Antes de una cancela, que debemos cruzar, unos perros atados
a una cadena hacen amago de perseguirnos. Volvemos a otro sendero.
El sendero discurre entre encinas en un
suelo ocre con montoncitos de escrementos diseminados por todos lados.
Pasamos entre las vacas; algunas no se inmutan, otras nos siguen, curiosas, con la
mirada. Casi todas aman las sombras que proyectan las encinas.
Y otra parada, y después la cancela de salida y ya
seguimos la carretera que nos acerca a Grimaldo.
El albergue, modesto, ha mejorado con respecto al
año 2005, cuando pernocté en él.
En Grimaldo ya se han acomodado seis peregrinos
cuando llegamos nosotros: dos italianos; una alemana o austriaca, y tres
españoles (aunque no estoy muy seguro si uno de los que interpreto como
español, no será también extranjero).
Y, como cada jornada, ducha, colada, una caña y
el cotidiano paseo. Taka, agotado, sestea.
Saludo a los dos españoles, que no han dejado de hablar y
ocupan una de las mesas del pequeño bar-restaurante contiguo al
albergue. "Parece catequista", oigo que le dice uno al otro. Y sonrío
para mis adentros. Por la carretera que andaremos también mañana, me
acerco a la torre desmochada de los
Grimaldo, muy cerca de la iglesia.
A la vuelta, y mientras no llega la hora de la
cena, pido una caña y ordeno los apuntes que he ido tomando. El
peregrino italiano me envía un saludo; y los dos españoles entablan
pronto conversación. Me cuentan sus experiencia en otros caminos y que
ellos son de hacer pocos kilómetros cada día y no "darse esos atracones
que se meten algunos peregrinos". Yo callo mis casi 43 kilómetros,
para no dar la nota. En
otra mesa, Cristian-Harald conversa con Cristina, la peregrina austríaca
o alemana que está también en el albergue.
A las ocho, excepto Cristina, que quizás ya ha
comido algo, todos los demás tomamos asiento alrededor de la mesa y nos
sirven la cena. Ha sido una velada compartida muy agradable.
Grimaldo-Carcaboso |