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Carcaboso-Aldeanueva del Camino
13 septiembre 2007
38'6 km (11
horas)
Por vez primera nos acompaña la lluvia en la Vía
de la Plata. Cristina se ha quedado en Grimaldo, para salir más
tarde, así que, en el Camino estamos los cuatro de cada madrugada.
Cristian-Harald, que ya armó la linterna frontal en su cabeza, se
dispone a vestir el impermeable bajo la mirada de Taka que ya
está preparado y Josep inicia la marcha. A las
cinco de la mañana caen unas gotas que tampoco resultan una molestia
especial. El suelo está embarrado y resvaladizo por lo que caminamos con
prudencia. En el
sendero se han formado grandes charcos que salvamos con algún que otro
equilibrio.
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Hoy, también por vez primera, nos encontramos con
alguna cancela imposible de abrir. Un fuerte alambre enrollado entre los
barrotes asegura que esté cerrada; pero también hay candados que
garantizan que nadie abra las cancelas. Sin embargo la flecha indica que
debemos cruzarlas. Alumbrándonos con las linternas "escalamos" la
primera de esas portelas. En lo alto de ella, pasamos una pierna al otro
lado, y después la otra. Me pregunto qué hará el doctor Karl Richard Fösel
cuando llegue y tenga que repetir nuestra acción, a menos que en la guía
que lleve se lo advierta y se decida por otra alternativa. Ciertamente,
lo hemos comprobado ya en el Camino del Norte y ahora con la guía que
lleva Cristian-Harald, las guías alemanas deben ser como un GPS por lo
precisas, pues recogen referencias tan exactas que los alemanes nos
ganan en esto de orientarse o seguir por la mejor dirección, excepto
cuando, por la oscuridad, no se consiguen ver esas referencias. A medida
que se hace el día, el paisaje se vuelve a dehesar y desaparecen
ya los verdes de Galisteo.
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Además de las cancelas, también tenemos que salvar
algunos muros que delimitan las fincas por las que transcurre parte del
sendero, y al otro lado de uno de esos muros se acercan, al trote,
una yegua y un caballo que se muestran agradecidos cuando reciben
las caricias de los caminantes.
Los desnudos alcornoques nos revelan que,
con la ganadería orientada a la producción de carne, otra de las
actividades económicas del lugar es el aprovechamiento forestal. En este
paraje, nos detenemos en un breve descanso para repostar, y ser,
también, un poco niños. Cristian y Taka juegan a demostrar
quién tiene más fuerza, aprovechando la inclinación de un alcornoque.
Venta Quemada no es más que una finca
particular, y la única casa que vemos en los 38'6 kilómetros que separan
Carcaboso de Aldeanueva del Camino. La que debe ser su propietaria, nos
saluda a nuestro paso. Nos habla de distancias, del mejor día que hoy
tenemos para caminar con el cielo gris y nos desea buen Camino. Los
rollos de paja, que esperan a ser recogidos, se dispersan por el
campo. Una liebre, asustada, corre pegando saltos y se pierde entre el
matorral.
Estamos deseando llegar a Cáparra, las ruinas de
la ciudad romana que llegó a tener 2.000 habitantes, según algunas
fuentes, una cifra muy superior a la población de algunas de las
localidades que cruzamos, algunas de las cuales apenas superan el
centenar de vecinos. El paso de los caminantes ha ido trazando
senderos que ahora utilizan los peregrinos. Para evitar, cuando se
producen, los grandes charcos que impiden el paso, se habilitaron unos
pontones de granito que Taka no necesita utilizar hoy.
Una manada de vacas se cruza en el Camino y
se pierden en el interior de una finca. Unos de los pastores nos explica
el destino que les espera. Cerca de Cáparra, es un rebaño de ovejas
el que ocupa la castigada calzada de asfalto y piedrecillas sueltas.
Taka dispara algunas fotos. Las ovejas, ante los peregrinos titubean, se
muestran tímidas y se aprietan para separarse de los caminantes.
Finalmente se deciden y pasan de largo.
Cinco minutos después entramos en Cáparra, la ciudad romana nos detendrá
casi media hora. Josep sigue con molestias en una rodilla, debido a que
por las ampollas, ha ido cargando más sobre una pierna, y permanece
descansando contra un miliario. Taka, Cristian y yo, cada uno por su
lado, nos abandonamos entre las ruinas de la ciudad romana que, según
los historiadores, debió de tener unas 15 hectáreas. Y entre las ruinas
nos imaginamos, quizás, ser uno de aquellos hispanorromanos
dirigiéndonos, acaso, al anfiteatro, al templo o a los baños.
Cuando nos preparamos para continuar hacia nuestra meta de hoy, en Aldeanueva del Camino, vemos a
los italianos que llegan a Cáparra.
La senda se estrecha, ahora, franqueada por
arbustos y matorrales que en los días despejados, sin duda serán de
agradecer. Unos ciclistas nos adelantan y, como de
costumbre nos desean buen Camino. A la derecha, discurre, infranqueable,
la sierra de Gredos
Con los muchos kilómetros, y pese a lo bondadoso
del día y a lo excepcional del paisaje, las últimas horas se hacen largas.
Taka cruza sobre los pontones para salvar el agua; la sierra
de Gredos, sigue impresionándonos...
...una fila de casas abandonadas producen
cierta tristeza en estos parajes donde el sinfuturo llevó a sus
huéspedes a procurar mejor fortuna.
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Las obras de la futura autopista,
interrumpen el camino. Buscamos salida y nos cubrimos de barro
reblandecido por las lluvias y el paso de la maquinaria. A veces
parece que las botas, o los tenis, en mi caso, se calvan
en el fango. Algunos de los obreros nos orientan por donde ir en
aquel tramo. Taka, simulando impaciencia, alza los brazos al
cielo como pidiendo ayuda para salir de aquel barrizal. Por fin,
y siguiendo las indicaciones de otro operario, pisamos asfalto.
Nos desprendemos de parte del barro que se adhirió al calzado,
golpeando el suelo, y continuamos camino. |
Por fin ya estamos en
Aldeanueva del Camino donde nos acomodamos en la planta baja del
albergue. A Cristian le toca una cama con el metálico curvado,
resultando especialmente incómodo. Así que, con la ayuda de Josep,
intenta devolverle su forma original.
Tras las "primeras labores" cotidianas (lo
clásico: ducha, colada, sustento), un pequeño descanso, y me voy al
pueblo. Me acerco al puente sobre la Garganta de la Buitrera. me
llama la atención la rotulación de los nombres de las
calles, sobre azulejos; predominan, en la plaza principal, las casas
abalconadas; algunas fachadas lucen símbolos y leyendas
curiosas; me acerco a la iglesia de San Servando, me dejó ir por
cualquiera de sus calles y paso por el ayuntamiento. Y
antes de regresar al albergue, sello la credencial con la sorpresa de
que el sello es el precioso ejemplar que ya habían estampado en
Casar de Cáceres.
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A la entrada del albergue están Taka, que
ha descubierto el sabor de las pipas, y Cristian. Taka no consigue
abrir las semillas de girasol, con la misma facilidad que nosotros, y aunque intentamos
explicarle, cada vez que quiere se le giran entre los dedos.
Así que las come "a su manera". A Taka también le encantan las
aceitunas y la cerveza. Lo primero que hace, cuando llegamos a un albergue, y
mientras nos deja el primer turno para nuestro aseo, es ir a por una
botella de cerveza de un litro que saborea en cada sorbo. Taka es muy
curioso. En la comida y en la cena prueba platos desconocidos para él,
pero antes saca una fotografía del contenido. Si alguno no es de su
agrado, lo come igual, pero nos explica que no entrará en sus
preferencias.
Por la tarde han vuelto los nubarrones y también
la tormenta. En el albergue, en la primera planta se han acomodado quienes han llegado más tarde: los
italianos; Cristina, Goisane, una joven guipuzcoana que hace la ruta en
bicicleta y a la que hemos saludado en el sendero que nos condujo hasta
Aldeanueva. También llegará, más tarde, otro joven ciclista. |
A Josep le aumentan los problemas, y no da curadas
las ampollas. "Camino con la cabeza, que si fuese con los pies, ya
habría abandonado", dice mientras se hace las curas y algún festo
de dolor se dibuja en su caara.
Aldeanueva del Camino-Fuenterrobles
de Salvatierra |