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Tábara-Calzadilla de Tera
16 septiembre 2008
33,6 km (11horas)
Si ayer nos demoramos 15 minutos, hoy el ajetreo
se inicia a las 6.15 de la mañana. Hace un rato que estoy despierto.
Duermen aún los ciclistas cuando los de 'a pie' dejamos las camas. Nunca
encendemos las luces para no molestar a los que duermen, pero hoy
alguien ha roto esta norma. Aún así los que duermen no se quejan. Los alemanes, que siempre portan su despensa, demoran la salida para
desayunar. Nos acercamos al comedor donde se reúnen y nos despedimos,
seguros de que en unas horas nos volveremos a encontrar.
Hoy no hacemos el camino Josep y yo únicamente. Nos
acompañan Adrián y Encarni. Hoy, sin saberlo, se encederán
otras dos estrellas en el cielo interior del Camino de Santiago.
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Caminamos horadando la noche
con la luz que sale de nuestras linternas buscando las flechas que lo
mismo se dibujan en los árboles, en una piedra del camino, en una
acequia o en un monolito. Encarni, parece que tiene alguna
molestia y Josep, que posee un montón de recursos mentales (aunque yo
soy escéptico a gran parte de ellos "tú no crees en esto, Antón?", me
preguntó en una ocasión. Y yo sonreí, y él que es un buenazo, sólo dijo
"pues hay algo, Antón, hay algo..."), y también físicos, le coloca una
cinta flexible por debajo de la rodilla, a lo Nadal, vamos, o como
explicaría el bombero, son remedios muy antiguos. Josep, camina
todos los días con estas cintas colocadas de igual manera, por debajo de las
rodillas. Josep es un
hombre extraordinario, de profundas creencias, politeísta. Admiro esa fe que tiene
en la vida y ese mundo interior al que se retira cada tarde durante un
tiempo. Muchas veces, mientras camino en los largos silencios que
hacemos por los senderos que recorremos, y lo veo muchos metros por
delante, pienso en la suerte que he tenido haberlo conocido. Josep nos enseñó a 'vivir' la
salida del sol y a dar gracias porque la vida nos concede una
nueva oportunidad con cada amanecer.
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Nuestros pasos andan las pistas ocres, eternamente
largas, donde el sol, cuando está ya en lo más alto, nos castiga un día
más. En estos itinerarios sólo nos adelantan los ciclistas, como José Luis, que ya nos ha dado alcance al subir un repecho y se pierde, poco a
poco en la distancia que aún tenemos que recorrer.
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De modo espontáneo, Adrián y Encarni, Josep y yo
nos hemos emparejado. Adrián, suele caminar con Josep, que avanzan más
rápidos; Encarni y yo (a mí me gusta disfrutar más del entorno, disparar
la cámara, beber de esta atmósfera, y sentarme cuando me place),
vamos en la retaguardia. Hacia Bercianos de Valverde van alternando las
veredas que nos proporcionan agradecidas sombras que mendigamos sin
rubor, y senderos que nos niegan el cobijo deseado, porque están
huérfanos de esas mismas sombras. Las pacas
cilíndricas, secas ellas, se dispersan por los campos que amarillean, contrastando con
los verdes maizales que se yerguen altivos sobre los campos segados. Al
fondo, asoman las primeras casas de Bercianos de Valverde.
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En esta población buscaremos un lugar donde
desayunar. Cuando entramos en Bercianos, llegan también los extremeños
Miguel, José y Miguel,
los tres peregrinos que en el albergue de Riego del Camino, por causas
que no merece la pena nombrar, buscaron
acomodo en el exterior. Nosotros, los extremeños y, poco después, el
grupo de alemanes, nos reunimos en el único bar de Bercianos de
Valverde que parece que hay, y aunque está cerrado algún vecino nos
indica que llamemos a la puerta. Nos atiende una señora de edad.
Terminado casi el verano, el bar dormita por falta de clientes. Y la
buena señora, que tiene la cafetera apagada, nos hace un café con leche,
de los de casa. En unos minutos, el pequeño local cuenta con un
inesperado grupo de trece clientes.
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Aquel café con leche familiar, servido con timidez
por la buena mujer, y en taza grande, está tan bueno que hay quien
repite. Repuestas las fuerzas, Adrián, Encarni,
Josep y yo, reanudamos la marcha para recorrer los seis kilómetros y
medio que nos separan de Santa Croya de Tera.
Josep se muestra eufórico y optimista. El paisaje va cambiando y,
lentamente, alternan otros cultivos que rompen la monotonía de los
cereales. Las choperas, crean un bosque que, seguramente en los meses de
julio, agosto y primeros días de septiembre, acoge a los peregrinos que
pasan por estos pagos agradecidos por las sombras que prodigan.
En nuestro camino a Santa Croya dejamos a un lado
una especie de cabaña, dotada de una rústica mesa y asientos de troncos
aserrados, quizás utilizada como descanso de los lugareños. Y cuando
estamos apenas a cinco minutos de Santa Croya, volvemos a ver una de
esas construcciones embutidas en la tierra...
Una acequia justifica la presencia de los maizales cerca de Santa Croya
de Tera...
y un hito nos anuncian la llegada a esta población
de la que ya vemos sus tejados.
Tras pasar una conducción de regadío, por fin, entramos en Santa Croya...
...aunque aquí no nos detenemos, excepto una breve parada que hacen
Adrián y Josep para acudir a una farmacia y reponer el botiquín.
El río Tera da nombre a las poblaciones que recorre: Santa Croya de Tera,
Santa Marta de Tera, Calzadilla de Tera, Olleros de Tera...
En Santa Marta de Tera, a poco más de ocho
kilómetros de Bercianos de Valverde, donde desayunamos, decidimos hacer
una nueva parada y aprovechamos para visitar lo que queda del que fuera
monasterio de Santa Marta de Tera, con notables ejemplos arquitectónicos
y escultóricos románicos y la curiosa entrada al cementerio parroquial.
Columnas con capiteles historiados, y un Santiago peregrino de los más
antiguos del Camino, pues data del siglo XII.
Rodeamos el ábside de la iglesia y observamos con detenimiento
su oferta románica. La iglesia está en obras, y, como ocurre en tantas
otras, sus puertas cerradas. Aún así, lo que ofrece exteriormente es de
agradecer.
Encarni dejando huellas en el Camino y en el
corazón, cuando nos dirigimos a Calzadilla de Tera. Hay momentos muy
especiales en la vida en que esta nos da la oportunidad de descubrir la
persona que llevamos dentro y entonces uno está en condiciones de decir
que sí, que ha merecido la pena hacer el Camino, porque la meta, no está
en Santiago, sino en el corazón de los otros...
Pasa callado el Tera y descansan a la sombra de
las encinas los peregrinos. ¡Ay, quién fuese poeta para cantarle
al río, para cantarle al agua y a la encina que acoge al peregrino!
Si en otras ocasiones nos hemos referido a las
distintas señales que van guiando a los peregrinos que van a Santiago,
también hemos de hacer referencia a las huellas que se dibujan en el
camino y que, muchas veces, desvelan la dirección a seguir, sobre todo
cuando, como ocurre otra vez con la señalización del mojón y la flecha
amarilla, siembran la duda en los peregrinos sobre cuál es la dirección
correcta que se debe seguir.
Calzadilla de Tera. El punto y seguido de nuestra
jornada. Los últimos kilómetros hasta alcanzar el albergue fueron,
emocionalmente, muy intensos. Todavía hoy, trascurrido algún tiempo
desde ese día, no puedo evitar emocionarme cuando recuerdo esos últimos
cuatro o cinco kilómetros caminados, porque hay vivencias que no se
pueden explicar, sentimientos sin palabras que los describan, y caminos que se abren al andar...
Miguel, que es enfermero, cura los pies doloridos
de José...
...y también los de Adrián donde se han instalado
las ampollas. Miguel, el enfermero, las pincha e inyecta betadine donde
antes había pus, y Adrián contiene la queja que busca salir de su
garganta y se abandona sobre la cama. A mí nunca me ha gustado
inyectarme betadine, prefiero el otro método totalmente indoloro y
eficaz: pinchar la ampolla; exprimirla una y otra vez hasta que se
elimina totalmente el líquido interior, y cuando eso ocurre, aún después
de que ya no hay nada que expulsar, sigo masajeando la parte dolorida un
buen rato. Finalmente, extiendo un poco de betadine exteriormente y
termino cubriendo la herida con una tirita. A la mañana siguiente puedo
pisar, saltar y hasta 'molestar' la zona que ocupaba la ampolla, porque
los dolores han desaparecido.
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Encarni, que ha hecho un esfuerzo superior, se
abandona sobre una de las camas del albergue y piensa... y, después, recibe
también los auxilios de Miguel. En el Camino nadie es un extraño;
aunque, claro, también hay excepciones. Se comparte lo que se tiene, y
se ayuda en lo que se puede.
Mi cuaderno de notas se merece una referencia
en esta historia, porque él es la memoria del Camino; el confidente de
un peregrino desorientado; a veces, también, el consejero en momentos
contradictorios... Antes de que la tarde decline, regreso a las calles
de Calzadilla de Tera para conocer sus construcciones tradicionales...
...y sus edificios principales. De camino
converso con unas vecinas del pueblo que, en la despedida, me piden que
abrace al Apóstol
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En un restaurante de Calzada de Tera,
contiguo a Calzadilla de Tera, nos reunimos los siete peregrinos
que hoy nos encontramos en el albergue: José, Miguel, el
enfermero; el joven Miguel, Encarni, Adrián, Josep, y
yo.
A estas alturas de septiembre, por la Vía de la Plata, el número
de peregrinos es muy escaso; aún así, comparado con el año 2005,
se ve que esta alternativa la eligen, poco a poco, cada vez más
peregrinos. |
Calzadilla de Tera-Mombuey |