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Aldea del Cano-Casar de Cáceres
10 septiembre 2007
35 km (9 horas)
Son las 5 de la mañana cuando cuatro linternas
alumbran la noche. Otra vez cantan los grillos a las grillas, y el
cárabo advierte a sus congéneres hasta dónde llega su territorio. Como
cada mañana, sólo la palabra de Taka describiendo la salida en la
grabadora digital, interrumpe otros sonidos de la naturaleza. La palabra
de taka y nuestras pisadas, son lo más extraño a los ruidos propios de
la noche en el campo.
Desandamos el medio kilómetro que, ayer, nos
separó de la Vía de la Plata. Seguimos por tierras adehesadas, y en la
distancia sabemos que se alzan los castillos de Arguijuelas, el de
Arriba y el de Abajo, que no podemos ver por la oscuridad, pero que yo
recuerdo de la ruta que hice en el año 2005.
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Para llegar a nuestro destino hemos de cruzar un
aeródromo. Y ahí surgió el conflicto porque no teníamos referencias en
la oscuridad. Al menos, no conseguimos encontrarlas. Cada uno por su
lado intentamos buscar las flechas. Y pasaron cinco minutos, y diez
minutos, y quince minutos... pero nada. Hasta que, entre las sombras, distinguimos
otras sombras más espesas, que entendimos que debían de ser hangares. El sencillo plano de las guías
marcaba el Camino pasando entre dos de los hangares. De nuevo buscamos
la flechas. Por fin "Cristian" descubre uno de los conocidos cubos con
los que la Junta de Extremadura señala la Vía de la Plata, y ya pudimos
avanzar seguros hasta Valdesalor, una población a 11 km de Aldea del
Cano, a la que entramos cruzando el puente romano, sobre el río
Salor, de donde toma su nombre esta localidad.
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Valdesalor nació en 1963, creada por el Instituto de Colonización surgido de
aquel célebre Plan Badajoz que estudiábamos los, entonces, niños de
bachillerato como una de las grandes empresas de Franco. Valdesalor
tiene 620 habitantes, y es una entidad Local Menor, dependiente de
Cáceres. En sus regadíos se cultivaba algodón, tabaco y maíz, pero con
las disposiciones europeas, hubo una "regulación" de estos
cultivos. |
A la entrada de Valdesalor, hacemos un descanso
para desayunar de lo que hemos comprado ayer. Takahiro Hirai,
Taka, con su buen humor nos obsequia con unos pases que lo mismo
pueden ser de danza oriental que ejercicios gimnásticos.
Y el sufrido Josep acude a los remiendos
médicos, para hacer frente a sus dolencias. Al este, se abre hueco entre
las nubes el Sol.
Aunque nos encontramos a muchos kilómetros de
distancia, interpretamos que el resplandor que observamos en el
horizonte son las luces de Cáceres.
Cruzamos la carretera local que entra en
Valdesalor, donde se elevan una torre campanario sin historia
arquitectónica dibujada, y nos detenemos en una gasolinera.
Excepto Josep que no lo consume, los demás nos servimos un café y
aprovechamos para hacer un descanso.
Pero Cáceres nos llama y unos minutos después ya
estamos en la carretera y, más tarde, dibujamos huellas sobre otras que
ya están marcadas. Hay días en que el sendero parece prolongarse más que
las distancias que indican los mapas. Y hoy es uno de esos días
interminables: uno camina y camina, pero siempre vemos lejos y
empequeñecida la ciudad.
Quizás
la posibilidad que se ofrece de ver, en este caso, Cáceres desde muchos
kilómetros antes de cruzar sus calles, nos produce una falsa percepción
de las distancias, y es que aquí las referencias son distintas a las del
norte donde las formas del relieve nos facilitan la medida del tiempo y
del espacio. La pista por la que vamos, sigue paralela a la N-630
que en algún lugar cruzamos por un túnel.
Otra charca más para los cerdos ibéricos y
ya vemos Cáceres, precedida por un cubo que señaliza la Vía de la
Plata.
Las grúas de las futuras urbanizaciones asemejan
un bosque de hierros a las puertas de Cáceres. Un rebaño de ovejas
abreva en una colección de bañeras puestas en fila india. A pocos metros y en una de las primeras
iglesias de Cáceres observamos que todavía las cigüeñas ocupan sus nidos.
Antes de llegar a la ciudad monumental, ascendemos
una cuesta.
Nos detenemos en una de sus plazas y disfrutamos de sus edificios
medievales.
Huele, Cáceres, a historia. Cristian-Harald decide quedarse
hasta la tarde. Yo, aún tengo memoria del recorrido del año 2005, de
modo que atendiendo al interés de Taka y Josep para continuar la marcha,
proseguimos nuestro camino hasta Casar de Cáceres. La verdad es que los
tres tememos al calor, a ese calor que se empeña en acompañarnos un día
sí, y el otro también. Aunque hasta Cáceres hemos tenido una temperatura
ideal para caminar, desde aquí el calor ya es el pan nuestro de cada
día. "¡Venga!", exclama Taka. Venga es una palabra
que,
para el grupo lo mismo significa una orden: 'ya hemos descansado
bastante y hay que partir'; una expresión de ánimo 'ya falta menos';
o una propuesta '¿que os parece si nos ponemos en marcha?',' ¿qué os
parece si hacemos una parada?', incluso, a la vista de una cafetería, la
invitación a tomar algo.
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Mochilas a la espalda, y bordón en la mano, "¡venga!!,
o sea, reanudamos la marcha. Pasamos por la Plaza Mayor de
Cáceres, nos encaminamos hacia la Plaza de Toros, y continuamos
camino, hacia el final de nuestra etapa de hoy, a 13 km de Cáceres. No hablar la misma lengua no
es mayor obstáculo
en el Camino para ninguno de los cuatro. Hay un lenguaje universal que
nos facilita la comunicación: chapurreando palabras en inglés, francés,
castellano, y con gestos y con dibujos logramos entendernos
perfectamente: la hora de salir, dónde parar, qué comer. Hablar de
nuestras familias, de nuestras profesiones. Hasta gastarnos algunas
bromas o contar algún chiste, es posible.
El monumento a la Lavandera, es la última
referencia del Cáceres ciudad, antes de pisar una pista peatonal
y para bicicletas que nos evita un tramo de la carretera.
Pero no tardamos en regresar al asfalto
infinito, que como un río negro corta el paisaje dorado que se extiende
hasta el azul del horizonte, a uno y a otro lado de la carretera.
Aproximadamente veinte minutos después, una flecha nos conduce a
una pista de tierra, paralela a la N-630, más descansada para los
sufridos pies y en la que aun encontraremos algún que otro arbusto
solitario que nos permita un pequeño descanso bajo su sombra.
Josep no se detiene, Taka, continúa. Una hora
después aprovecho la sombra de una encina y me permito un descanso. Doy
cuenta de los melocotones que aún me quedan. Observo el tránsito de los
coches y cuando me parece, dejo la encina y cojo el sendero. A la
entrada de Casar de Cáceres, me observan curiosos, unos becerros que,
primero, se asustan y salen en estampida, para luego, tímidamente,
irse aproximando a la cerca que delimita su espacio.
A las dos de la tarde un cartel publicitario
anunciando "Grandes Festejos Taurinos", parece confirmar que ya estoy en Casar de Cáceres,
localidad a la que han dado fama sus exquisitas Tortas de Casar. Josep y Taka hace un buen rato que ya se han
acomodado en el albergue. A mi me pesan los kilómetros.
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Me interno en el parque donde las sombras tapizan
el suelo y observo al cónsul romano ¿Quinto Servilio Cepión?,
descendiendo las escalinatas. Una niña, desde la otra acera, me observa: quizás
le resulta extraña la presencia de alguien que se cubre con un sombrero,
carga con una mochila y se apoya en el bordón. "Mira, Paula, ese señor
viene caminando desde muy lejos, desde muy lejos", oigo que le dice el que debe ser su
padre. Entonces la niña, de unos 4 ó 5 años, mira a su padre y vuelve
los ojos hacia el peregrino, acaso con mayor curiosidad que la que antes
tenía. "Es un peregrino y va a Santiago", explica el padre. Y yo siento
cierto rubor convertido, de pronto, en héroe para aquella niña que no
aparta su vista del extraño que golpea el suelo con su bordón y le
presta una sonrisa, aunque supongo que la niña no sabe qué es un
peregrino ni dónde queda Santiago, pero el tono que empleó su padre
eleva a categoría superior al extraño.
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"¿Busca el albergue?", pregunta el hombre viendo mis
intentos por reconocer en alguna de aquellas casas el alojamiento que
Casar de Cáceres ofrece a quienes van a Santiago. "Sí, señor", asiento desde
el otro lado de la calzada. "Siga usted la Calle Larga, hasta la
placita, allí mismo tiene el albergue. Buen Camino". "Gracias", y alzo el bordón
en señal de agradecimiento, y el hombre acaricia la cabeza de la niña
sonriendo y satisfecho. En el ayuntamiento, justo enfrente al albergue,
sello la credencial y me estampan, ocupando dos de las casillas, uno de
los sellos más hermosos del Camino.
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El cielo se ha ido adornado de nubes oscuras y, a
las cinco de la tarde, ya hechos los peregrinos (duchados, aseados,
comidos), descarga un aguacero que
no viene solo. Relampaguea y truena. Josep retira del balcón del
albergue, el tendedero con la ropa recién lavada. Cristian dormita en su
cama. Taka anda por la cocina. Yo me asomo al balcón y observo la calle
mojada, y descubro los cuchillos plateados que cortan el cielo gris.
Pasada la tormenta, me voy al pueblo procurando la
misma referencia de cada jornada, que es la iglesia o la plaza
principal. Observo un movimiento extraordinario de feligreses en el
exterior de la iglesia de la Asunción, y en el interior cada vez
van quedando menos bancos vacíos. Hay también muchos curas. Algunos sacerdotes
están vistiendo ropajes propios de una celebración especial, aunque aquí
lo que habrá será una concelebración de un oficio religioso importante.
Corbatas, algunas mantillas; peinados. Saludos efusivos, pero también
sentimientos tristes.
Tomo asiento en uno de los bancos que aún quedan
vacíos, cerca de la puerta principal. A mi lado se sienta un
sacerdote joven que me saluda educadamente. Otro se acerca, y el cura
que está a mi lado se levanta para saludarle con una ligera reverencia. Finalmente, pregunto.
"¿Qué celebran hoy en la iglesia, padre!". El cura se inclina
ligeramente "El funeral de un sacerdote". "Ya", digo, con una expresión
y un gesto de haber saciado mi curiosidad y, al mismo tiempo,
agradeciendo la explicación. Aún permanezco un rato en el interior de la
iglesia. Me acerco a algunos de los retablos e imágenes que adornan el
templo y dan satisfacción a las demandas espirituales de los fieles. Mi
"pinta" contrasta con quienes se han dado cita en el funeral.
La iglesia de la Asunción es un edificio de
los siglos XV y XVI, en el que predomina el estilo gótico. Coronándolo,
destacan varios nidos de cigüeñas "o un campo de ¨nidos de cigüeñas",
según pienso.
De regreso, el cielo va perdiendo las nubes y
crecen los azules. Observo la arquitectura popular y me voy
despidiendo de la Calle Larga de Casar de Cáceres.
En el albergue, Cristian-Harald cura las ampollas.
Taka, anda entre cazuelas, en la cocina y en vez de cubierto, emplea los
clásicos palillos orientales. Josep está organizando la
mochila, y yo, sentando en uno de los cabezales de la mesa, escribo mis
impresiones del día en el diario.
Una mujer, que aparenta más edad de la que debe de tener,
se acerca
a Cristian que ya ha terminado sus curas y observa a Taka, que se mueve
entre pucheros. La mujer, antes de darle dos besos a Cristian-Harald, exclama, abriendo los brazos "¡Oh!",
con esa expresión de sorpresa que se produce cuando uno se
reencuentra con alguien inesperado. Cristian-Harald le tiende su mano,
pero ella prefiere dedicarle dos besos. Yo supongo que se conocen, y
Cristian me mira con cara de no menos sorpresa. La mujer, se acerca
ahora a mí, y repite la acción. Cristian, sonríe. Yo recibo los besos, y
Taka, que ha seguido a hurtadillas la obra de teatro desde la cocina,
pícaramente nos ignora a
todos. La mujer se dirige a las habitaciones, ocupadas por
un matrimonio de peregrinos, que no hemos podido saludar aún. Otra vez
la misma escena. Y cuando parece retirarse, nos pide unas monedas y se
va.
Bajo los soportales un grupo de jóvenes se mofa
de la mujer que responde a sus burlas con expresiones no menos soeces y
gestos, como levantar el dedo corazón, igual que hacían los romanos de
Castra Servilia (destacamento militar que algunos historiadores sitúan
en Casar de Cáceres).
Pero la mujer, finalmente, accede a acercarse al grupo. Uno de los
chicos le ofrece un cigarrillo y otro le regala un mechero. Los
adolescentes hacen comentarios obscenos y la mujer alardea de tener doce
hijos. Cierro la ventana que da a la placita, y que tiene enfrente el
ayuntamiento.
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Alrededor de la mesa nos acomodamos los seis
peregrinos que en esta jornada coincidimos en Casar de Cáceres. La falta
de tazas se suple con cazuelas, cuando tomamos un descafeinado con leche.
Isaías y
Marina, que hacen la ruta hasta Salamanca, son burgaleses, de Miranda de Ebro, y cuando sé de dónde son, les digo que conozco a un peregrino, y
amigo, de Miranda. "Antonio", digo, "se llama Antonio, Antonio...", y
trato de recordar el apellido "... es de la Asociación de Amigos del
Camino", quiero explicarles por darles alguna referencia más. "Zorrilla, seguro que es Zorrilla", interrumpe Marina. "¡Sí,
Antonio Zorrilla!", confirmo. Y hablamos durante la cena de Zorrilla, un
enamorado del camino a quien los mirandeses reconocen la labor que hizo,
y hace, en favor de la ruta de peregrinación, señalizando, incluso, la
vía que pasa por Miranda de Ebro.
A las diez de la noche, entran en el albergue tres
bicigrinos (es el nombre que se les da a quines hacen el Camino de
Santiago en bicicleta). Desde la litera, en la penumbra, los saludo. Y
sin darme cuenta, me hundo en el limbo de los sueños.
Casar de Cáceres-Grimaldo |